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logotipo de Pulso Pulso 07-12-2016

El origen de la inmigración es connatural al ser humano. Todos fuimos nómadas. Tras milenios unos pocos se asentaron. Su forma de vida se esparció por medio de la migración. Fue el movimiento de personas lo que permitió el intercambio de ideas, inventos y cultura, y trajo el desarrollo que creó el mundo que conocemos. Fue la pólvora china, los números romanos, el cero árabe, la filosofía griega, la brújula portuguesa, la matemática francesa, el acero inglés.

Recién en el siglo XV el rey Enrique V crea un tipo de pasaporte para, en lugar de cercar su reino, proteger a sus súbditos en el extranjero. Los controles fronterizos se instalan tras la Primera Guerra Mundial para dejar a los espías afuera y a los científicos adentro.

Con el tiempo, el pasaporte toma relevancia pues la divergencia económica entre países y el desarrollo de políticas sociales levantan fuertes presiones migratorias. Las que se acrecientan en las últimas décadas, con menores costos de transporte e información y fuertes limitaciones a la inmigración. El Consenso de Washington, la receta económica de las últimas décadas, contempló la libertad de comercio, de capitales, de tipos de cambio, pero nunca de personas. Las barreras fronterizas se izaron de la mano de los pasaportes, confinando a miles de millones en países fracasados. Sorprendentemente el principal predictor del ingreso a escala global es la nacionalidad.

Si bien la inmigración es un fenómeno complejo, su problema principal es que está cargada de estigmas. La nueva ley de inmigración para Chile debe ser escrita con seriedad. Porque Chile necesita inmigrantes, y muchos.

El furor del cobre ya va quedando atrás y la competencia global es por talento. La tecnología no se traslada en computadoras ni máquinas, sino en cerebros y manos. Son las personas experimentadas las capaces de construir las nuevas industrias que traerán crecimiento y empleo. Además, el talón de Aquiles de nuestra economía no es la falta de capital, sino la productividad. ¡Qué mejor forma que darle un empujón atrayendo el conocimiento que necesitamos!

Mientras nos gastamos US$100 millones en Becas Chile en capacitar compatriotas, nos farreamos a miles de inmigrantes calificados dificultándoles su llegada. La nueva ley de inmigración debería considerar incentivos tributarios, como una exención temporal de impuestos, para aquellos extranjeros que traigan experiencias valiosas. Debemos destacarnos como destino para quienes crean el futuro del mundo. Al fallar, arriesgamos un destino mediocre, dependiente del commodity de turno. Y la discusión hasta ahora está al revés.

*El autor es ingeniero civil PUC y MBA-MPA Harvard  (@jieyzaguirre).

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