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Un legado ambivalente

logotipo de Pulso Pulso 28-11-2016

Fidel Castro fue una de las personalidades políticas más polémicas del siglo XX. Su complejo legado histórico será admirado por unos y despreciado por otros. Hijo de un acaudalado hacendado gallego establecido en el Oriente de Cuba, Fidel pasó la mayor parte de su vida adulta combatiendo la sociedad burguesa.

El joven abogado organizó un movimiento guerrillero para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba (1952-58). Con la desaparición de otros líderes de la insurrección urbana (como José Antonio Echeverría y Frank País), Fidel se convirtió en el cabecilla indiscutible de la Revolución Cubana. En 1959 llegó al poder tras el colapso del régimen de Fulgencio Batista.

Posteriormente pasó a ser Primer Ministro, Presidente, Comandante en Jefe y Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, acaparando los principales puestos dirigentes en la isla por casi cinco décadas. Gobernó a Cuba con mano de hierro hasta 2006, cuando le cedió el poder temporalmente a su hermano Raúl, tras una grave enfermedad gastrointestinal que fue menguando sus capacidades físicas y mentales.

El liderazgo carismático de Fidel -caracterizado por su astucia, elocuencia, audacia, energía y fortaleza física- cautivó a miles de seguidores, tanto en Cuba como en otros países. Fidel era un orador público hipnotizante y telegénico que sabía seducir a las multitudes, así como aprovecharse de los medios de comunicación masiva. A la vez, la impulsividad, la capacidad de improvisación, la demagogia y el narcisismo eran rasgos legendarios del Líder Máximo.

En sus largos discursos, Fidel se identificó con “los pobres de la tierra” -para usar la célebre frase de José Martí-, especialmente campesinos y obreros, y elaboró una visión utópica de la justicia social, la igualdad y la solidaridad. Defendió a brazo partido la soberanía nacional de Cuba y otros pueblos contra la intervención extranjera, particularmente Estados Unidos. El papel de David frente a Goliat le valió numerosos simpatizantes en Latinoamérica, el Caribe, África y Asia. 

Fidel abogó constantemente por el acceso público a la educación, la salud y los deportes, generalmente considerados los mayores logros de la Revolución Cubana. A principios de la década de 1960, declaró (prematuramente) el fin de la discriminación racial y más tarde clasificó a Cuba como un país “afrolatinoamericano”. Catapultó a la Isla al escenario mundial, convirtiéndola en un actor político mucho más influyente de lo que le correspondería por su tamaño y población.

La revolución castrista tuvo un enorme costo político, social y económico. La vocación mesiánica de Fidel de salvar al pueblo oprimido por enemigos externos e internos lo llevó a abrazar la lucha armada como estrategia política y a militarizar la sociedad cubana. Entre los años sesenta y ochenta, su creciente alineamiento con el bloque soviético colocó al mundo al borde del holocausto nuclear y generó numerosas confrontaciones internacionales. Cuba desempeñó un papel mayormente subordinado a la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

El afán de consolidar y retener el poder por parte de Fidel aniquiló a los líderes de la oposición y las corrientes alternativas de opinión. Su gobierno desmanteló las instituciones de la sociedad civil prerrevolucionaria y las sustituyó por organizaciones masivas que respondían directamente al régimen. Sus obsesiones personales, como su profunda homofobia o su antipatía juvenil hacia la religión, se tradujeron en la marginación de amplios sectores de la sociedad cubana.

Durante la década de 1960, el gobierno revolucionario encabezado por Fidel expropió todas las empresas privadas, grandes y pequeñas, nacionales y extranjeras, creando un monopolio estatal de los medios de producción y comunicación. Las medidas cada vez más radicales del régimen castrista aceleraron el éxodo de las clases altas y medias, que luego se extendió a capas más amplias de la sociedad cubana y que persiste hoy en día. La Constitución de 1940, las elecciones libres con múltiples partidos y las garantías a las libertades civiles se suspendieron indefinidamente. Durante los años setenta, Cuba implantó el modelo soviético sustentado en los principios marxistas-leninistas del partido único y la planificación central de la economía. La huella de Fidel en todos estos procesos históricos fue avasalladora.

Después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, Cuba quedó aislada de gran parte del mundo y su sistema socialista pareció cada vez más obsoleto. Fidel y sus allegados se vieron obligados a emprender algunas reformas económicas (como legalizar el uso del dólar y reavivar el turismo) para asegurar la supervivencia del régimen durante los años noventa. Pero fue su hermano Raúl el encargado de “actualizar el modelo socialista”, fomentando la expansión de actividades económicas como el trabajo por cuenta propia y la inversión extranjera. Al final de su vida, Fidel reafirmó sus sospechas del sistema capitalista y el “imperialismo yanqui”.

Con la muerte de Fidel, se inicia una fase inédita en la historia de Cuba, donde la élite gobernante deberá traspasar el poder a una nueva generación nacida después de la Revolución. No queda claro quién o qué sistema sucederá a los hermanos Castro, pero es probable que por el momento se mantengan en el poder los cuadros dirigentes del Partido Comunista Cubano, con algunos cambios menores en su composición. El escenario más factible es el de un régimen basado en el modelo chino o vietnamita, centrado en el monopolio estatal de la política y una apertura parcial a la economía de mercado.

Aún queda pendiente si “la historia absolverá” a Fidel Castro, una figura de luces y sombras, amado y odiado por millones de cubanos y otras personas alrededor del mundo. P 

*El autor es Director del Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de Florida en Miami.

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