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Un minuto por los niños

logotipo de Pulso Pulso 18-10-2016

Hace algunos días, periodistas, artistas y líderes de opinión mostraron su preocupación e indignación por lo que ha sucedido y está sucediendo con nuestros niños del Sename. El hashtag #UnMinutoPorLosNiños, devota consigna, es reflejo de dolor, es un pedir perdón por no haberlos visto, es exigencia de dignidad para los niños y jóvenes de Chile que siguen en el Sename. “Ahora, no mañana”, demandan.

Al fin podemos decir que se ha tomado conciencia de la urgencia del problema: la sociedad civil, el Gobierno y la clase política escucharon, se dieron cuenta de que los niños no pueden seguir esperando y de que su cuidado, rehabilitación, reinserción y reunificación familiar debe ser una prioridad país.

Pero una cosa es lo que se dice, otra es la que se hace. “Por sus obras los conoceréis”.

Un país serio, donde las instituciones funcionan, en que el Estado es una herramienta subordinada al bien común de la población, es un Estado en que las decisiones de todo tipo se toman previo análisis y estudio. En que se ponderan opiniones de expertos, se realizan evaluaciones de rentabilidad social y de externalidades positivas y negativas. Hoy, para ser tramitados, los proyectos de ley deben siempre acompañar un informe financiero en que el Ministerio de Hacienda acredita cuánto cuesta lo que el proyecto establece y se asegura la disponibilidad presupuestaria.

Por eso, proyectos de ley que “garantizan” algo (como gratuidad universal), pero “sujeto a disponibilidad presupuestaria”, terminan por ser letra muerta: una declaración de buenas intenciones.

La disponibilidad presupuestaria no puede ser suficiente. Al igual que en casi todas las familias, en un país de necesidades infinitas y recursos limitados las decisiones de gasto público debiesen tomarse en base a prioridades. Prioridades que deben al menos intentar someterse a parámetros objetivos. Ya quisiéramos asegurar todos los derechos y que fuese todo pagado, pero entendemos que es mera fantasía.

El sistema es conocido: hay partidas presupuestarias, no es llegar y trasladar platas de una partida a otra, los presupuestos son anuales y lo que no se gasta “se pierde”. Aun así soy parte del ciudadano común que no logra entender bajo qué lógica se entregan $5.000 millones (nueve ceros) a la construcción y remodelación de un templo religioso (sea de la religión que sea), una semana después de que se anuncia como medida extraordinaria el aporte de $2.500 millones para mejorar la situación del Sename.

La mitad. La mitad para los niños. Y un aumento presupuestario para el próximo año de sólo 0,6%.

Preocupa que alguien crea que lo que se ha hecho es suficiente. No sólo no basta con esa mínima asignación de recursos. No bastan comisiones para saber por qué murieron los niños. Lo que necesitamos es saber por qué llegaron ahí, cuáles son las circunstancias que los rodean, cómo son sus familias y qué podemos y debemos hacer para ayudarlos. Evaluar programas, definir prioridades, asignar y reasignar recursos. El objetivo debe ser recuperar, sanar, reinsertar y mejorar la calidad de vida. Que vuelvan a querer, a confiar y a ser queridos. Que de adultos puedan formar una familia sana o simplemente vivir libremente, sin depender del Estado.

Que no se mueran los niños es lo mínimo que podemos pedir. Nuestro deber como sociedad es que jamás dejen de ser prioridad. Está muy bien #UnMinutoPorLosNiños, pero no olvidar que la exigencia de prioridad es de minutos eternos, es para siempre.

*La autora es directora de Asuntos Públicos de Burson-Marsteller y ex subsecretaria de Carabineros (@CarolCBown).

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