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Una nueva era fiscal monetaria

logotipo de Pulso Pulso 29-11-2016

Hasta hace pocas semanas, pre elecciones presidenciales en EEUU, parecía que hablar de mayor gasto fiscal era tabú, ya que parte de los esfuerzos que venían realizando los gobiernos de los países desarrollados era enfatizar la necesidad no sólo de controlar el gasto sino que el endeudamiento fiscal, que había generado degradaciones crediticias de las agencias clasificadoras de riesgo y desanclajes en las tasas soberanas, en particular de los países periféricos europeos.

En el ínterin, los presidentes de los bancos centrales de los desarrollados, incluyendo EEUU, Europa, Reino Unido y Japón, danzaban verbalmente mandando mensajes a los gobiernos sobre la necesidad de implementar reformas políticas estructurales para evitar un sobreendeudamiento en deuda pública, controlando el gasto fiscal. Sin embargo, tras la elección del republicano Donald Trump los índices accionarios estadounidenses se han encumbrado hacia sus máximos históricos, dejando al S&P 500 por encima de 2.200 puntos y al Dow sobrepasando los 19.000 puntos, bajo la presunción de que el nuevo Gobierno inducirá mayor gasto fiscal en infraestructura y defensa, una reducción en la base impositiva corporativa e implementará un proceso exhaustivo de desregulación en diversos sectores.

Estos preceptos, a su vez, han cambiado las expectativas de crecimiento e inflación, traduciéndose en un salto abrupto en las tasas soberanas de largo plazo estadounidenses, las cuales en cuestión de días han pasado desde 1,8% hacia 2,3% (+50 puntos). Entre medio, y repentinamente, algunos estamentos a nivel mundial, incluyendo autoridades de la Reserva Federal (Fed) y la Unión Europea, han argumentado que en el actual ambiente de esfuerzos monetarios titánicos con tasas de interés extremadamente bajas y programas de liquidez extraordinarios, un cambio en la política fiscal levantaría un peso de encima a los institutos emisores fijando con ello una nueva era fiscal monetaria.

A medida que nos acercábamos a la elección en EEUU, ya la presidenta de la Fed, Janet Yellen, argumentó la posibilidad de que el instituto emisor podría permitirse grados de libertad dejando que la inflación se acelerase por encima de la meta inflacionaria de 2%. Por ahora, la inflación general estadounidense se encuentra en 1,6% año a año y la inflación subyacente, aquella que excluye los precios de los alimentos y energía, en 2,1% liderada fundamentalmente por un repunte en la inflación salarial del país. Sin embargo, conocida a grandes rasgos la nueva agenda económica presidencial, otros mandatarios del instituto emisor empezaron un discurso pro gasto fiscal, similar al planteado por el próximo Gobierno.

El más fehaciente apoyo vino del vicepresidente de la Fed, Stanley Fischer, quien argumentó hace algunos días que una combinación de políticas que incluya una mejoría en la infraestructura pública, mejor educación, promoción de la inversión privada y una regulación más adecuada, jugaría un rol fundamental para acelerar el crecimiento y mejorar los estándares de vida, replicando en locución monetaria casi los mismos puntos que ha expresado el Gobierno entrante. El mismo Fischer, que viene argumentando a favor de un cambio en el direccionamiento fiscal, señaló que incluso permitiría normalizar la estructura de tasas y proceder con mayores alzas en la tasa de instancia monetaria. Es bajo dicho entendimiento que el mercado está dando por hecho que la Fed subirá su tasa de instancia desde 0,5% hacia 0,75% (+25 puntos base) el 14 de diciembre, delineando posiblemente un calendario de alzas más exhaustivo en 2017. Sin embargo, este cambio en el discurso pro gasto fiscal también se dejó sentir en Europa luego que la Comisión Europea inicialmente dictaminase que ocho de sus miembros no cumplirían con las metas fiscales acordadas para el año en curso, incluyendo España, Italia y Portugal. Sin embargo, las autoridades fiscales europeas dieron a entender que darán un margen para que la mayoría de los países miembros puedan gastar en adición a lo presupuestado un 0,5% marginal para sustentar el crecimiento económico, dada la incertidumbre que presenta la salida del Reino Unido de la UE. Es de esperar que el presidente del BCE, Mario Draghi, el 8 de diciembre argumente que un mayor gasto fiscal alemán permitiría alivianar las tasas de interés negativas que se registran, algo que ya viene expresando entre líneas desde finales de septiembre.

En Reino Unido, el entrante ministro de la Tesorería, Philip Hammond, ha argumentado que será difícil cerrar el déficit fiscal del país, contra argumentando lo que venía señalando su predecesor y dando a entender que el costo de la salida de la UE requerirá mayor gasto fiscal. Por su parte, el presidente del Banco Central, Mark Carney, en más de una ocasión ha dicho que los gobiernos deberían aprovechar las bajas tasas de interés para financiar inversión productiva en infraestructura, adhiriéndose al discurso de que habría márgenes para aumentar el gasto fiscal. Por su parte, el presidente del Banco Central de Japón, Haruhiko Kuroda, expresó, en el simposio anual de Jackson Hole, en Wyoming, la necesidad de recibir apoyo por parte del sector fiscal para sustentar mayores expectativas de inflación. Sin embargo, el anuncio fiscal del Gobierno japonés, a principios de agosto, fue extremadamente confuso, depurando un monto marginal casi insignificante para enfrentar la deflación. En conclusión, a medida que entramos a 2017, da la impresión de que una política fiscal más expansiva será bienvenida siempre y cuando no extienda un proceso inflacionario distendido o un exceso de endeudamiento fiscal impagable.

*El autor es gerente general de BCI Securities en Estados Unidos.

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