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Una revolución desde el living

logotipo de Pulso Pulso 22-12-2016

EL 45% de los chilenos cree que la llegada de inmigrantes es mala, el 63% está en desacuerdo con que un eventual aporte adicional al sistema de pensiones vaya a un fondo común, y el 63% de los padres y madres prefiere que sus hijos se eduquen en un establecimiento donde los alumnos tengan un nivel socioeconómico parejo y parecido al suyo.

¿Qué tienen en común estos datos? Todos representan posiciones ampliamente compartidas-mayoritarias en algunos casos-, pero que se encuentran en la zona de lo políticamente incorrecto, eso que se puede pensar pero no decir, lo que se comparte sólo con los círculos familiares y de amistad más íntimos.

El que estas ideas tengan poca difusión en proporción a la adhesión que generan parece contradictorio, pero tiene algunas explicaciones. Una de las más convincentes la encontraremos en los medios de comunicación masivos y las redes sociales, espacios a los que, en las sociedades modernas, se les atribuye con razón una gran capacidad de influir en la opinión de las personas.

Basta poner atención al tratamiento que se da en los espacios noticiosos de televisión o al tono que prevalece en las redes sociales cuando se habla de temas como diversidad de género, raza o cultura, para darnos cuenta de que en esos ámbitos, la batalla cultural e ideológica la ha ganado la moral progresista por lejos, promoviendo principios como la integración, la tolerancia y la equidad. En otros tiempos, la muñeca inflable de Roberto Fantuzzi quizá hubiera sido una anécdota simpática, pero hoy resulta indefendible, incluso para quienes en el fondo de su corazón no lo encuentran tan grave.

El efecto que produce el predominio de los valores progresistas en las plataformas de comunicación masivas es la sensación de que toda la opinión pública avanza rápidamente en esa dirección, generando una espiral del silencio de los puntos de vista conservadores. El discurso progresista, como cualquier otro, cuenta con representantes sinceros y cínicos, serios y charlatanes, realistas e ingenuos, pero más allá del juicio que cada uno haga sobre quienes lo promueven, el resultado es un clima de fuerte condena pública hacia los que desafían estos valores o no hacen un esfuerzo por disimular su desacuerdo con la inmigración abierta, los aportes solidarios en el ámbito de las pensiones o la restricción de la educación privada, entre otros temas.

Como a la mayoría de las personas no les gusta ser objeto de juicios sociales ni bullyng, muchas de estas opiniones quedan en los márgenes de los espacios de difusión masivos, pero toman fuerza en las conversaciones privadas, en el interior de los hogares, donde encuentran complicidades y se potencian lejos de una esfera pública que las enjuicia.

En tiempos en que los medios y las redes sociales han sido canalizadores del descontento contra el poder político y económico en todo el mundo, levantando demandas y coordinando movimientos a una velocidad que ha descolocado a las instituciones, parece una ironía que las ideas más revolucionarias puedan ser aquellas que fundamentalmente se están compartiendo en los livings de las casas. Pero es posible.

La baja aprobación hacia los resultados del actual Gobierno no significa necesariamente que la sociedad renuncie a una agenda inspirada en valores progresistas. Sin embargo, en un contexto de bajo crecimiento económico, alto temor por el desempleo, trabajadores chilenos que se quejan porque los inmigrantes parecen estar ocupando sus puestos, hastío con la delincuencia, y considerando que las reformas en pensiones y educación escolar pueden chocar con una masa de ciudadanos que no comulga con los principios progresistas, la posibilidad de que cobre fuerza un discurso conservador depende fundamentalmente de que emerjan actores capaces de interpretar esas opiniones, que las saquen de las sombras de lo políticamente incorrecto y estén dispuestos a competir por el espacio de los medios de comunicación y la esfera pública en general.

Buena parte del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos está explicado por fenómenos de este tipo, antecedidos por una fuerte polarización entre progresistas y conservadores que espero no veamos en nuestro país y que nuestros líderes tendrán la responsabilidad de evitar.

Chile, con sus propias complejidades, está empezando a vivir algo similar en cuanto a la tensión entre valores progresistas masivamente difundidos por los medios y valores conservadores distantes de estos espacios pero fuertemente arraigados en buena parte de la ciudadanía, esperando por intérpretes que les den forma de propuesta política en ámbitos como inmigración, educación, pensiones y agenda valórica, y que de tener éxito en el corto plazo, cambiarían radicalmente el escenario electoral de 2017.

*El autor es director general de ICC Crisis, magíster en Comunicación de la UDP y profesor en la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.

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