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La herencia del kirchnerismo

INFOnews INFOnews 24-04-2014 Francisco Balázs

El lunes pasado, en el marco de una videoconferencia que se realizó en Casa de gobierno, en un tramo de su discurso, la presidenta se refirió al país que recibirá el próximo gobierno que asuma en 2015.

"Lo que quiero dejarle al próximo presidente es un país mucho mejor que el que nos tocó a nosotros; van a recibir un país totalmente diferente, de eso no tengo ninguna duda."

A partir de entonces, y como ya es habitual ante cada dicho de la presidenta, tanto la dirigencia política y medios de comunicación opositores aprovecharon la oportunidad para generar todo tipo de conclusiones y balances. La arremetida pronosticadora de catástrofes arrojó como denominador común de todas las conclusiones que al finalizar su gobierno el país estará igual o peor que cuando lo recibió Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003.

Dar respuesta a semejantes pronósticos continúa siendo una de las arduas tareas que habitualmente se disputan en la arena de los debates políticos que enfrenta tanto la parcialidad afín al kirchnerismo, como para quienes aún con discrepancias y críticas no pierden de vista los notables avances y transformaciones que se iniciaron desde el año 2003. Enumerar los logros obtenidos, marcar las diferencias entre los ciclos políticos que precedieron al que dio comienzo en el año 2003, aunque muchas veces parezca en vano, es esencial y debe ser incansable para que las malas artes no sean las que manden. La tarea de narrar la biografía del kirchnerismo, y contraponerla al relato opositor, debe de ser escrita todos los días, por más abrumadora que sea la misma. Inevitablemente, narrar esa historia requiere, también, no esquivarle a incluir los errores y los desafíos pendientes.

Aventurar qué sucederá en el próximo año y medio restante del gobierno nacional es un enorme desafío para cualquiera que intente arribar a algún tipo de conclusión prudente y responsable. Las dificultades que viene enfrentando el gobierno son innegables. Además de las referidas al plano económico, y a la desatada furia opositora que no repara en límite alguno para lograr el tan ansiado y catastrófico fin de ciclo, se suma que el oficialismo no cuenta con un claro candidato que satisfaga las expectativas de continuidad de gran parte de la afición kirchnerista como del electorado que se encuentra en su periferia ideológica. Más aun, si el oficialismo dispusiera de un claro candidato, sería muy difícil de sostenerlo al margen de las turbulencias que el gobierno viene enfrentado sin pretender que las mismas no erosionen sus aspiraciones presidenciales. En tal caso, la decisión más prudente sería no exponerlo, al menos esperar a que las aguas bajen más calmas.

La consigna "cuanto peor mejor", que solía pertenecer en el pasado a ciertos sectores de la izquierda, es parte de la estrategia que utiliza la derecha argentina, tanto la que encarna Mauricio Macri en la actualidad, como la de la otra derecha, la que se dice progresista, que, como queda de manifiesto diariamente, culminarán abroquelándose para cumplir el sueño de derrotar al kirchnerismo.

El "cuanto peor mejor" ha sido desde el año 2007 la recurrente estrategia que da cuenta de la impotencia opositora, conocedora de sus limitaciones estructurales para conformar un armado político sólido que aspire a triunfar en 2015.

En el pronóstico y deseo de catástrofe que arroje un final de gobierno desmadrado, la oposición juega todas sus fichas como el único antídoto que encuentra para derrotar al kirchnerismo. La intensidad del deseo de catástrofe es proporcional al enorme temor y desconcierto al que los enfrentaría, en cambio, un final de gobierno controlado, con variables económicas y sociales ordenadas.

Esa posibilidad es aterradora para el universo opositor. Que el gobierno recupere niveles de previsibilidad y contenga los embates destituyentes, mediáticos y del establishment económico (como de hecho lo viene haciendo en contra de los previsiones que arreciaron durante los meses de enero y febrero), será en definitiva lo que hará más factible imaginar la continuidad del proyecto político que hoy representa y conduce Cristina Fernández de Kirchner.

Recurriendo a una metáfora futbolera, para ganar hay que jugar los 90 minutos que dura un partido, ni un triunfo ni una derrota es previsible sino hasta el silbato final del árbitro.

Si los primeros dos años representaran el primer tiempo de su actual período de gobierno, en la actualidad se encontraría transitando la mitad del segundo tiempo. En términos históricos, el resultado es favorable, va ganando, aunque en los últimos minutos se le esté complicando el juego y el equipo contrario, sabiéndose perdedor, recurra a todo tipo de infracciones y trampas, mandándose con todo hacia adelante. Si el gobierno logra parar la pelota, reorganizar al equipo, y renovar oxígeno, habrá logrado llegar a un final del corriente año en condiciones favorables para mantener el resultado a su favor, y podrá encarar el tramo final del partido que se disputará a partir de 2015 con altas posibilidades de mantener el resultado. Los últimos minutos en los que se definirá el partido dependerán de cómo llegue el equipo, y sus jugadores serán los que en definitiva harán que los logros obtenidos durante los 12 años transcurridos tengan que ser reconocidos, aun por los malos perdedores. Falta mucho por jugar, el partido está bravo. Alienta y mantiene firme la esperanza de un buen resultado el elemento fundamental en cualquier competencia: hay conducción, y hay equipo.

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