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Sueños de defensa

Tiempo Argentino Tiempo Argentino 28-05-2014 Tiempo Argentino



Soñé que viajaba al pasado
Y que un milico me decía
vamos a permitir que seas
el defensor de tus padres
antes de que desaparezcan
entonces yo temía ser mal abogado
 y perder el juicio que me llevara
al mismo lugar que cuando despertaba.

Los juicios de Derechos Humanos que se llevan adelante en la Argentina parten de una premisa elemental: el mal no se combate sin garantías. El mal no se combate con métodos que no son los métodos de la democracia. Los únicos métodos admisibles –de los que no gozaron nuestros padres– son los métodos de la Constitución. La superioridad moral (que los verdugos y sus cómplices, paradójicamente, le achacan a los organismos de Derechos Humanos y a la política de Memoria, Verdad y Justicia) no está en la épica, en la batalla cultural ganada para siempre por los Derechos Humanos, no están en los discursos, está en un hecho solo, que marca la superioridad de esta época: los genocidas tienen derechos, los genocidas son juzgados en juicios, tienen abogados, no hay venganza, hay justicia. Porque hay garantías. Hay debido proceso. Hay libertades. Hay derecho a defensa. El mal tiene su abogado defensor. Tiene sus medios. Aun ahora. Hay un derecho a defender lo que no parece admitir ya no defensa, sino palabra. Por eso el mayor desafío no es romper las estrategias y dilaciones vergonzantes de las defensas, que se desmoronan solas en el círculo de la infamia, (en la silla vacía de los acusados que no asisten, pero como dijo Bretal, "ya sé que tienen ese derecho, pero me hubiera gustado verles la cara, como ellos nos las vieron tantas veces a nosotros") sino los pactos espurios que aún subsisten detrás. El mayor desafío es romper el silencio, los pactos de silencio de quienes eligen callar la verdad, callar las pruebas. Enterrarlas. Muchos deciden no decir lo que saben. Muchos no pueden decir lo que saben. No se atreven a decir lo que saben. No buscan ya justificarlo, porque no pueden: prefieren callar. No admiten su historia porque la sola verdad –que callan– los condena. Por eso eligieron vivir y morir sin decir la verdad (haciéndole el juego a los que curiosamente, montados sobre estos pactos de silencio, legitimando estos pactos de silencio, siendo parte de estos pactos de silencio, sabiendo que existen pactos de silencio, piden sin embargo "verdad completa"), decidieron morir sin aliviar el dolor de los que aún esperan. De las madres y abuelas que aún buscan a sus hijos. De los que aún cavan la tierra.
Pero también está el otro dilema. El dilema inverso. El dilema del poema que hemos escrito. El de los abogados hijos de desaparecidos. El dilema de los que hubieran querido tener la posibilidad de la defensa. De la palabra. De defender a nuestros papas, como hijos, como abogados. La posibilidad de defender a los desaparecidos en el juicio que ellos nunca tuvieron. En una audiencia moral, ética, imaginaria, de ruptura. Última. Ante tanta aberración, ante tanta tortura, ante tanto horror, ante tanta miseria, ante tanta mentira, ante una sociedad que elegía comer el Obelisco de Pan Dulce, disfrutar del fútbol y el "arte", mirar para otro lado en vez de estar "informada", cómo hubiéramos hecho la defensa de nuestros papás. Cómo lo hubiéramos hecho. Qué hubiéramos dicho. Cómo se hubiera hecho esa defensa. Qué significa defender. De qué hubiera significado para nosotros tener unos segundos, un momento para poder hablar. Como abogados. Un momento para poder decir: no. No sólo "no lo hagan". No. Un momento para poder –como correlato de la ignominia de los defensores de genocidas, que están vivos y tienen un juicio justo, que no son dignos de las garantías y derechos de que disponen– hacer de la defensa un momento de dignidad, de justicia. De vida. De Derecho.
E. M. Cioran escribió que todo abogado –todo buen abogado– es hijo directo de los sofistas. Nosotros preferimos ser hijos de los pharresiastas, esos primeros defensores de la libertad, primeros cultores de la libertad en la palabra honesta de la que habla Foucault, esos primeros en poner su saber, sus técnicas de libertad de expresión, a disposición de los otros, esos primeros en defender una verdad o su contraria, ya que el hombre (homo mensura) es "la medida de todas las cosas". Esta afirmación esconde a su vez una verdad profunda: todo hombre tiene derecho a ser escuchado. Todo hombre tiene derecho a participar. La defensa se vincula así con la historia de la palabra. Con la historia de la poesía, del estilo, de la participación, con el debate político público. La paradoja es los que usan este derecho para callar. Los que usan este derecho, con toda su historia, para negar la historia. Para negar la poesía. Para negar la palabra. En el fondo esta "defensa" no es una defensa en el sentido histórico de la palabra, es una contradicción.
Hoy el derecho de defensa marca la diferencia. Quienes gozan de ese derecho, haciendo un uso indigno del mismo, y quienes nunca tuvieron esa posibilidad, ese derecho. Llegar a tener derechos es llegar a tener palabra. Llegar a tener voz. Que esa voz se oiga. "Soñé que viajaba al pasado / Y que un milico me decía / vamos a permitir que seas / el defensor de tus padres/ antes de que desaparezcan/ entonces yo temía ser mal abogado / y perder el juicio que me llevara/ al mismo lugar que cuando despertaba." Ese lugar no puede estar más. Donde hay palabra, donde se pone palabra (donde el derecho de defensa no se usa para callar) tiene que haber justicia. Tiene que haber palabra.
Esa es la misión de todos los abogados (nuevos): hacer pensar. Abrir las mentes. Despertar ideas. Pensamientos. Críticas. Porque de ahí nace la acción. Ese es su fundamento. La base es lo que pensamos sobre lo justo e injusto. De ahí sale todo lo demás. En todos los planos: de allí (de la indignación ante la injusticia) nace la educación, el arte, la cultura. El Derecho.

* Abogado, coordinador del programa de acceso a la justicia del MPF, ex defensor oficial.
** Abogado UBA, CONICET.

 

Por:     Julián Axat* y Guido Croxatto    

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