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¿Realmente es tan terrible sonrojarse?

06-07-2014 BBC Mundo

"Chica tímida"

Todos hemos dicho algo estúpido o vergonzoso, y muchos sabemos que es peor cuando empezamos a sentir ese calor repentino en la cara y nos damos cuenta de que nuestras mejillas están visiblemente rojas.

Le tememos tanto a sonrojarnos que una vez empieza, entramos en un círculo vicioso: nos da más vergüenza y nos ponemos más rojos.

El sólo hecho de que nos digan que nos estamos sonrojando así no sea cierto es suficiente para inducirlo, según investigadores.

El mismo estudio encontró que asumimos que la gente nos juzgará negativamente si nos ruborizamos, pero es posible que estemos equivocados.

Mejillas del color de una rosa

No hay duda de que es desagradable, y para unos pocos desafortunados puede estar asociado con problemas de ansiedad social.

Sin embargo, hay estudios que indican que la mayoría de nosotros sobreestima el impacto que tiene.

Cuando nos sonrojamos, los vasos capilares sanguíneos cercanos a la superficie de la piel en el rostro se expanden, dejando que la sangre entre y que todo el mundo la vea, ya sea en tonos rosados en las pieles blancas o en un menos conspicuo pero a menudo perceptible rubor en pieles más oscuras.

Eso en sí mismo no es necesariamente un problema: muchas mujeres compran maquillaje para imitar el efecto y las mejillas rosadas han sido consideradas atractivas por mucho tiempo.

Cuando el psicólogo Ian Stephen le mostró a un grupo de gente fotografías de caras negras y blancas en una computadora, junto con las herramientas para cambiarles el tono de la piel hasta que les pareciera perfecta, la mayoría añadió más rojo (1).

El círculo virtuoso de la confianza

No obstante, la razón por la que no nos gusta sonrojarnos es porque no podemos controlarlo.

Curiosamente, esta falta de control es también la razón por la que quizás no debemos temer tanto que nos pase.

El acto de ruborizarse no se puede fingir, lo que lo convierte en una excelente y confiable señal.

Si quiere realmente saber lo que está sintiendo alguien, fíjese si el color de su piel cambió, como descubrieron los psicólogos cuando observaron a la gente resolviendo la clásica prueba de la cooperación, 'el dilema del prisionero'.

El dilema

Hay varias versiones del juego, pero la idea básica es ésta:

Imagínese que usted y un amigo fueron arrestados bajo la sospecha de que asaltaron un banco.

Si usted dice que fue él, usted será liberado y él será condenado a 20 años de prisión.

Si él dice que fue usted, él será liberado y usted condenado a 20 años de prisión.

Si ambos confiesan, los dos irán a la cárcel por ocho años.

Si ambos guardan silencio, tendrán que dejarlos en libertad.

El dilema es si puede confiar en su amigo.

Traidor con consciencia

En el estudio, la gente jugaba contra un oponente virtual en una computadora y podía ganar o perder dinero en vez de ir a la cárcel (2).

Al principio, el oponente virtual cooperaba, de manera que ambos se hacían más ricos.

Pero en la segunda ronda el oponente desertaba y se quedaba con todo el botín.

Al jugador le mostraban entonces una foto del supuesto oponente y le preguntaban si confiaría en él en el futuro.

Si la persona en la foto estaba ruborizada, había más probabilidad de que dijeran 'sí'. Se asumía que si tenían la cara roja era porque reconocían que habían hecho algo malo, lo que reducía las posibilidades de que lo hicieran otra vez.

Gustadores

Hay incluso evidencia de que preferimos a la gente que se sonroja.

La psicóloga holandesa Corine Dijk les dio a unos voluntarios una serie de fotos de gente, algunos con la cara roja, otros no, acompañada de historias algo que les había pasado, desde haberse vestido demasiado elegantemente para una fiesta hasta haberse tirado un pedo en un ascensor.

Los ruborizados fueron juzgados más favorablemente, a pesar de su indiscreción.

Otros estudios indican que si uno se sonroja es más probable que la gente lo perdone, y puede incluso servir para evitar un conflicto.

Cuando uno está tratando de establecer en quién puede confiar, tiene sentido escoger gente que se sentiría culpable si hiciera algo malo. La persona ideal sería alguien que se sonroje y se ponga en evidencia.

¡Entréguese!

El acto de ruborizarse es más que simple vergüenza. En parte, es la sensación de ser el centro de atención.

Hubo un estudio que les pidió a los voluntarios que cantaran en voz alta mientras alguien miraba un lado de su cara.

El flujo de sangre a la piel y la temperatura de sus mejillas aumentaron debidamente, pero sólo a ese lado de la cara (3).

Y, como Ray Crozier de la Universidad de East Anglia, Inglaterra, encontró, el pudor y la timidez pueden causar rubor tanto como la vergüenza: si alguien aborda un tema que le atañe, así usted no sea el centro de atención ni se sienta avergonzado en público, es posible que se sonroje.

A unas pocas personas les atormenta tanto ruborizarse que se someten a cirugía para evitarlo. Cuando el rubor es muy perceptible, una intervención quirúrgica puede mejorarlo (4); cuando no, la terapia cognitiva conductual puede ayudar, cuestionando las convicciones sobre las consecuencias de que el rostro se torne rojo.

Para el resto de nosotros, sonrojarse sencillamente es desagradable. Así que quizás deberíamos empezar a considerarlo como un recurso social.

La próxima vez que diga algo estúpido y sienta cómo la sangre se le sube al rostro, recuerde que sólo les está mostrando a sus amigos que entiende que cometió un error y que comparte los valores sociales del grupo.

Posiblemente será aún más popular.

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