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El origen oscuro de las marcas

logotipo de Semana Semana 13/11/2017 Semana
Hugo Boss fabricaba los uniformes del ejército nazi y explotaba en sus fabricas a los prisioneros de guerra. Fotos: Getty Images: VIDAmoMARCAS1854 © Semana VIDAmoMARCAS1854

En 1908, la Ford Motor Company lanzó el famoso Modelo T, un coche sencillo, popular y barato, que alcanzaba una velocidad máxima de 72 kilómetros por hora. Con esta versión, Henry Ford revolucionó el mercado automovilístico. Para 1926 ya había logrado la hazaña de vender 8 millones de ejemplares, y para 1947, cuando murió, su emporio ya era multinacional. Pero muchos desconocen que el fundador de esa prestigiosa marca también era un reconocido antisemita que culpaba a los judíos de todos los males del mundo: la Revolución bolchevique, la Primera Guerra Mundial, el contrabando y hasta la música jazz. Este odio lo llevó a aliarse con los nazis para quienes creó vehículos y armamento durante la Segunda Guerra Mundial. La simpatía entre Adolf Hitler y Ford llegaba a tal punto que el Führer tenía en su oficina una foto suya, y en 1938 le otorgó la Gran Cruz del Águila Alemana, el mayor honor que los nazis ofrecían a personalidades extranjeras.

Este detalle oscuro del genio industrial es apenas uno de los tantos que incluye el historiador Matt McNabb en su nuevo libro La historia secreta de las marcas, en el que relata los inicios grises de Chanel, Adidas, Hugo Boss y Kellogg’s, cuyo producto, según el libro, inicialmente pretendía curar el apetito sexual, ya que su creador, John Harvey Kellogg, estaba obsesionado con la masturbación y el acto sexual y los consideraba tan negativos que nunca consumó su matrimonio.

Aunque el autor aclara, en primer lugar, que ese pasado no refleja para nada la situación de dichas empresas hoy, los relatos de espionaje, alianzas con los nazis y vínculos con sustancias prohibidas han generado gran asombro, por decir lo menos.

En el caso de Ford, McNabb lo describe como “despiadado e inculto, un campesino analfabeto”. Creía que los judíos preparaban una conspiración para destruir Estados Unidos y eso lo llevó a comprar un semanario local en Dearborn, Michigan, el mayor medio de difusión antisemita. Ford murió a los 83 años, de una serie de infartos, y, según el autor, al momento de su partida de este mundo le preocupaba sobre todo que su fortuna llegara a manos de los judíos.

Ford no fue el único que tuvo vínculos estrechos con el nazismo. Los hermanos Adolph (Adi) y Rudolf Dassler, fundadores de las marcas Adidas y Puma, crearon las botas militares para el Ejército nazi, pero a medida que avanzó el conflicto mundial su fábrica comenzó a producir el lanzagranadas Panzerschreck. El gobierno luego llamó a los hermanos para trabajar para el Estado. Adi lo hizo por un año mientras que Rudolf permaneció en la Gestapo. Eso llevó a la ruptura, pues Rudolf denunciaría a su hermano por confeccionar ropa deportiva para los beisbolistas norteamericanos. Ese odio fraternal llevó a que Adi fundara Adidas y Rudolf, Puma, dos marcas que hoy compiten fuertemente en el mercado de ropa deportiva.

Hugo Ferdinand Boss, creador de la famosa marca de ropa alemana, también fue un referente en la Segunda Guerra Mundial por fabricar los uniformes para las tropas nazis. En 1923, Boss era un costurero en un taller de sastrería en Metzingen, al sur de Stuttgart. En medio de las dificultades económicas que enfrentaba, decidió unirse al partido nazi, y creó vestimentas a la Waffen Schutzstaffel (las SS), organización paramilitar al servicio de Hitler. En 1930 vendió las primeras camisas caqui y los uniformes negros de la Juventud Hitleriana. Se calcula que explotaron a 1.241 personas en sus fábricas, entre ellos, prisioneros de guerra franceses detenidos en un campo sin comida y poca higiene. A causa del oscuro pasado del fundador, la compañía años después expresó su arrepentimiento por todo ese pasado y pidió excusas.

También se dejó seducir por los nazis, aunque más por conveniencia que por ideología, Coco Chanel, la creadora del legendario perfume Chanel Nº 5, los espléndidos sombreros y el concepto del pequeño vestido negro. Ella cultivó su talento para la alta costura en el lugar más extraño: el orfanato en el que la dejó su padre y donde ella hacía los hábitos de las monjas. Según McNabb, su amorío con el barón Gunther von Dinklage, una importante figura del gobierno alemán, le permitió asumir misiones de espionaje especialmente diseñadas para ella. Se dice que participó en el asalto a los 15.000 judíos que fueron encerrados en un estadio deportivo durante una semana, sin comida ni agua. “Como espía respondía al nombre de Westminster, en referencia a su romance con el duque de Westminster”, dice el autor. La estrecha relación con el barón le permitió llevar una vida de lujos, mientras la mayoría de los franceses moría de hambre. Cenaba todas las noches en su elegante apartamento del hotel Ritz, el mismo donde murió en 1971.

También calificó para el libro otra empresa alemana, Bayer, fundada en 1863 en Barmen por Félix Hoffman y famosa por crear la aspirina. Pero antes de ese hito, la compañía elaboró un producto farmacéutico diez veces más efectivo para la tos, que supuestamente no generaba la adicción de la codeína y la morfina. Su principal ingrediente era la heroína, y en esa época, cuando no había vacunas ni antibióticos, los médicos la recetaban para niños y adultos. En 1889, el medicamento era considerado la droga maravilla y se comercializaba en todo el mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bayer hizo parte del conglomerado alemán IG Farben, con estrechos lazos comerciales con Hitler. Según McNabb, IG Farben utilizó prisioneros en Auschwitz para construir una nueva fábrica cerca del campamento, que comenzó como un campo de trabajos forzados y no como campo de exterminio. “Más tarde, los prisioneros serían usados para hacer experimentos en los cuales IG Farben estaba involucrado”, dice el autor. Los tribunales de Núremberg juzgarían a 24 miembros del conglomerado por esos hechos.


Y si Bayer uso heroína, Coca-Cola se hizo famosa con una bebida, desarrollada por John Pemberton, en Georgia, Estados Unidos, a base de cocaína. La idea surgió cuando este individuo recibió una herida profunda en su pecho durante la guerra de Secesión. Para aliviar el dolor le suministraron heroína, el analgésico de la época, pero se volvió adicto a ella. Después del incidente, Pemberton se embarcó en el proyecto de crear una sustancia que no solo acabara con el dolor, sino con su adicción. La receta, según el autor, tenía nuez de cola, damiana, coca y alcohol y recibió el nombre de Pemberton French Coca Wine. La promocionó como el mejor tónico en el mundo para los nervios y una cura para todos los males: problemas de hígado, insomnio, dispepsia, cansancio, histeria, dolor de cabeza, entre otros. La ñapa era que devolvía el vigor a los órganos sexuales.

Para comercializarla, en 1886, Pemberton se mudó a Atlanta y para ello contrató a Frank Robinson, quien le cambió el nombre a Coca-Cola. Pemberton, sin embargo, tuvo que vender la patente para pagar sus dosis de morfina, sustancia a la que seguía adicto. La compró Asa Candler, quien mercadeó el producto con tal agresividad que llegó a convertirlo en la bebida que todos conocen, eso sí, sin la cocaína, ingrediente retirado al terminar el siglo XIX. Hasta el día hoy, la empresa rechaza que su bebida alguna vez tuviera coca como ingrediente.

Lo curioso es que Ford Motor Company, Coca-Cola, Hugo Boss, Chanel, Bayer, Adidas y Puma son tal vez las marcas con mayor recordación en el mundo. La gente las quiere tener, confían en ellas y muchos pagan fortunas por el privilegio de usarlas. Pero como sucede con muchas historias reales, algunas estrellas que brillan hoy en sus inicios no fueron las más fulgurantes.

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