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Así empezó todo entre el Gobierno y las FARC

28/11/2014

Reproducimos uno de los capítulos de “Así empezó todo”, el más reciente libro del periodista y escritor Enrique Santos Calderón, quien hizo parte de los primeros acercamientos secretos del Gobierno con las FARC, en los diálogos de paz hace tres años en Cuba.  

Con información de primera mano, el texto, novedad de Intermedio Editores, detalla el recorrido de su experiencia y comparte sus reflexiones sobre un proceso que actualmente está suspendido por el secuestro de un alto oficial del Ejército.

© Intermedio Editores

El comienzo del cara a cara

En la mañana del 23 de febrero del 2012, en medio del mayor sigilo, los seis miembros del equipo abordamos un viejo avión de la Policía Antinarcóticos rumbo a La Habana.

Me cuesta trabajo creer que voy en esta misión hacia lo desconocido. La verdad es que no sabemos cómo puede resultar. Ni qué esperar de la contraparte. Apenas despegamos comienzo a repasar las notas que he tomado estos meses sobre cómo debería desarrollarse idealmente el primer encuentro. Se trata de demostrar desde el principio que el Gobierno va en serio y que estas conversaciones serán muy diferentes de las anteriores. No debemos parecer muy afanosos ni ambiciosos, pero sí esta reestablecer un procedimiento y reglas del juego básicas. Y, en lo posible, desarrollar alguna «química personal».

Hay varias cosas que deben quedar claras: un regreso a la agenda del Caguán es inviable; el factor tiempo esimportante, pues el espacio político para un diálogo-negociaciónse está reduciendo y los enemigos del mismo ganan terreno; este primer encuentro es exploratorio, para establecer si hay disposición de las Farc de renunciar a la violencia (y por ende condiciones para volverse a reunir); un eventual proceso de negociación de agenda no será público y debe tener plazos acordados. Debemos tratar, también, de alinear intereses y establecer narrativas compatibles (que recojan tanto la historia y luchas de las Farc como las obligaciones y deberes del Estado), para facilitar decisiones conjuntas que conduzcan a una salida realista y civilizada del conflicto.

Me retumba en la cabeza una recomendación reiterada de uno de los asesores externos, que jugó papel crucial en el acuerdo del gobierno británico con el Ejército Republicano Irlandés (Ira): armarse de paciencia frente a las previsibles arengas ideológicas contra el Estado capitalista, la oligarquía guerrerista, la política paramilitar... Darles espacio para el desfogue, no empujarlos a tomar decisiones, pero sí mucha claridad en que todo esto es porque asumimos que de lo que se trata es de ponerle fin al conflicto armado.

Hace quince años no voy a Cuba y, en medio de dudas sobre el papel preciso que voy a cumplir, siento una mezcla de curiosidad, nerviosismo y aprensión. Pero nada es casual, me digo. Con mi pasado no del todo absolutorio a cuestas, con tanta jodencia de tantos años sobre la paz y el conflicto, lo que me ha correspondido es tal vez lógico, ineludible y necesario. Deber político, obligación personal, compromiso moral... lo que sea.

Todo eso me cruza la mente en las largas horas de vuelo hacia el encuentro con las Farc en la capital emblemática de la izquierda revolucionaria latinoamericana. Pienso en la primera vez que vine, en 1974, como jurado del Premio Casa de las Américas, cuando Cuba aún era símbolo de la esperanza de cambio continental. Quién se iba a imaginar que cuarenta años después regresaría en este plan.

Luego de cinco horas de vuelo, con tanqueada furtiva en Barranquilla (el avión es muy viejo), aparece a los lejos,en medio de un cristalino mar azul turquesa, la legendaria isla. El «primer territorio libre de América», como proclamabanlas arengas de Radio Habana de los años sesenta. Ingresar de nuevo a territorio cubano me emociona, y sobrevolar la bahía de Cochinos me evoca ambiguos recuerdos de los años heroicos de la Revolución. Desde el aire se divisa un paisaje muy verde, pero desolado e inmóvil; buenas carreteras y pocos carros. Ya sobre La Habana, alcanzo a ver mansiones con piscinas vacías.

Aterrizamos finalmente en el aeropuerto José Martí, adornado con sus vistosos colores amarillo y verde y un gran eslogan que proclama: «Patria es humanidad». El piloto se equivoca de terminal y no hay nadie para recibirnos, lo que genera un enredo burocrático de dos horas. Caía el sol cuando salimos en tres modernos carros negros oficiales hacia El Laguito, antigua y exclusiva zona residencial de la vieja oligarquía habanera, donde hoy el Gobierno aloja a dignatarios extranjeros y celebra reuniones confidenciales.

En el trayecto veo imágenes de la misma Habana austera de antes: los viejos carros americanos, encantadoras reliquias de los años cincuenta, rodando por calles semivacías (también modelos menos viejos de Europa oriental: Skodas polacos, Ladas checos, motos rusas con puesto para acompañante, que parecen salidas de la Segunda Guerra Mundial); gente caminando sin premura o esperando el colectivo; ni una pancarta alusiva al «socialismo o muerte»; afiches ya descoloridos del Che. Otros menos desteñidos de Chávez llaman a «hacer realidad los sueños de Martí y de Bolívar». Una enorme consigna mural me impacta: «Por los humildes y siempre humildes». Saltan a la vista la parsimonia y la vestimenta de la gente.

En medio de una visible penuria que conmueve, hay una implícita dignidad en las carencias de un pueblo inteligente y recio. Tras su extroversión caribeña se alcanza a percibir también cierto aire de resignación. Me pregunto hasta dónde la escasez se debe a la iniquidad del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos y hasta dónde a burocráticas ineficiencias del sistema político que hace más de cincuenta años rige con mano dura a la isla.

Rumbo a nuestro destino, en un bello atardecer, a lo largo de amplias avenidas flanqueadas de frondosos árboles y destartaladas edificaciones, no deja de sorprender la sensación de tranquilidad, de tiempo detenido, que irradia La Habana. El aire transparente y puro, la ausencia de trancones, el encanto marino de El Malecón y sus olas embravecidas, el ambiente casi provincial de la ciudad contribuyen a la peculiar sensación de saberse en una sociedad comunista en las barbas del Tío Sam.

Ya es de noche cuando llegamos a El Laguito, un verde enclave de grandes mansiones que será nuestro lugar de residencia y reuniones. La nuestra es la Casa Veinticinco; de seis alcobas, tres salones, amplio comedor y gran jardín. Hay que desempacar y organizarse rápido porque para las siete y media los garantes noruegos han organizado una recepción informal para «romper el hielo» (con copa de vino blanco y salmón traído de su país), donde las delegaciones –la de las Farc había llegado antes– puedan conocerse antes de iniciar las sesiones formales al día siguiente.

Es una buena idea de los representantes de Noruega, país ducho en estas materias, que dedica gran parte de su presupuesto nacional a promover iniciativas de paz en el mundo. Cuenta con el obvio beneplácito de los garantes cubanos. Nosotros aceptamos de inmediato. Existía una lógica expectativa por conocer rápidamente a los tipos. Ver las caras, mirar a los ojos y estrechar la mano de quienes tendríamos al otro lado de la mesa por quién sabe cuánto tiempo.

Fatigados, pero inquietos y expectantes, hacemos antes de salir una veloz reunión del equipo para afinar detalles. Como los de procurar hablar por aparte con cada uno de ellos, ser cordiales sin caer en francachelas caguaneras, llegar muy puntuales y tener presente que, más allá de su informalidad, el acto de esta noche será una inicial «medida de aceite». El comienzo del cara a cara.

Las dos delegaciones llegamos casi al mismo tiempo al sitio de la reunión. Es en la llamada Casa de Piedra, una amplia y acogedora edificación de dos pisos (obviamente de piedra) ubicada sobre una pequeña colina, que había pertenecido a un hijo de Batista. Se encuentra a pocas cuadras de la nuestra y será también sede de las reuniones.

La delegación de las Farc, compuesta por Mauricio Jaramillo, Rodrigo Granda, Andrés París y Marcos Calarcá, aparece acompañada de dos mujeres: Sandra, la viuda de Marulanda (nos enteramos después), y otra cuyo nombre no recuerdo, y dedujimos que debía de ser una operadora de radio, aunque no la volvimos a ver. Nosotros somos seis, ellos también, y con los cuatro garantes noruegos y cubanos sumamos dieciséis personas.

Cordial, pero no efusivo, apretón de manos. Conversación anodina y amable sobre el clima y tópicos internacionales, pasabocas, bebidas y, poco a poco, disgregación en grupos más pequeños. Yo me dirijo hacia Andrés París, el único al que conocía de las épocas del Caguán. De nombre Emilio Carvajalino, un hermano suyo, Rubén, trabajó conmigo tres años en Alternativa. Otros dos hermanos, militantes del M-19, murieron en un tiroteo con la Policía en Bogotá en los años ochenta. Hablamos de eso, por supuesto, y de varios otros temas durante media hora. París es un tipo bien informado, conversador agradable, que salpica su dura línea política con ocasionales brotes de humor negro.

Luego tengo breves diálogos con Mauricio Jaramillo y Rodrigo Granda. El primero, grueso y reservado, entre taciturno y solemne, con aire de guerrero. El segundo, vivaz y locuaz; elocuente, coherente y muy paisa. Al final, sobre las ocho y media, hablo muy de paso con Marcos Calarcá, un tipo inteligente y socarrón.

Aunque se sabe que esta noche no es para entrar en materia, con todos brota en algún momento el tema de la importancia histórica de lo que estamos a punto de acometer. El único representante del ala militar de las Farc es Mauricio, o el Médico, comandante del Bloque Oriental y no por casualidad jefe de la delegación. Los otros miembros, Granda, París y Calarcá, son cuadros políticos más conocidos por su desempeño en encuentros de paz y foros internacionales que como símbolos de una guerrilla campesina.

Más adelante, en la segunda fase, se integrarían a la delegación de las Farc jefes con trayectoria militar como Iván Márquez, Pablo Catatumbo, Fabián Ramírez, entre otros. Salvo el Médico, que fue remplazado por Márquez al iniciarse en Oslo la segunda fase, los tres miembros originales han continuado un eficaz y activo papel en La Habana. De regreso a la Casa Veinticinco, nos sentamos a cenar, comentar minucias de la reunión y a repasar los objetivos del día siguiente. Uno fundamental, después de las intervenciones de rigor de la sesión inaugural, será el de identificar los temas para la agenda y fijar algún tipo de ritmo para las reuniones, donde prime la noción de avanzar. «Sin afanes, pero avanzar» es la consigna que nos proponemos (sin imaginar que el concepto del ritmo resultaría tan diametralmente opuesto...). En aras de la agilidad, habrá que acordar que no es necesario aprobar actas de cada reunión. Más importante concretar un equipo técnico para temas puntuales, en la siempre complicada redacción de textos. ¿Qué se busca en el fondo? Un acuerdo marco sobre el fin del conflicto, avalado por garantes internacionales, con una agenda realista y un cronograma lo más concreto posible, que contemple mecanismos de implementación interna, de verificación externa y de refrendación ciudadana.

Es la estrategia general, que no debemos perder de vista en medio del cúmulo de delicados temas paralelos. Como el de reiterar desde el primer día que el Gobierno no cesará operaciones militares y que lo que suceda en elcampo de batalla no debe interferir el desarrollo de las conversaciones. Se trata de blindar a la mesa del dolor y del ruido de la guerra, que pueden ser muy agudos. Todo eso y muchas otras inquietudes se agolpan en esta tensa noche de víspera... Si no se avanza, ¿se replantea? Si no hay buena fe, ¿nos levantamos? ¿Cómo comunicarse con ellos entre sesiones? ¿Cómo manejar eventuales filtraciones? Son demasiados los interrogantes y demasiado el cansancio. Es tarde y más vale estar frescos para la jornada. Veremos hasta dónde se llega mañana...

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