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Chapecoense: la tragedia que unió corazones contrarios

logotipo de Semana Semana 04/12/2016

Hay algo que se desata en lo profundo del corazón humano cuando un rival decide deponer las armas y rendirse para exaltar al contrario. Tal vez eso le ocurrió a José Serra, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, cuando se le quebró la voz ante 40.000 hinchas que sin distingo de camiseta estallaron en aplausos para el equipo Chapecoense en el estadio Atanasio Girardot. Sin contar el río de gente que rodeaba la unidad deportiva y los millones que seguían la transmisión por televisión. “Acá (…) nos ofrecen un grado de consuelo inmenso, una luz en la oscuridad cuando todos estamos tratando de comprender lo incomprensible, los brasileños no olvidaremos jamás la forma en que los colombianos sintieron como suyo el terrible… (se le entrecorta la voz, hace una pausa) desastre que interrumpió el sueño de este heroico equipo del Chapecoense, una especie de cuento de hadas con final de tragedia”, dijo. Y es que daban físicas ganas de llorar.

Cuando el fallecido filósofo Luis Villoro Toranzo –padre del escritor Juan Villoro– iba al estadio a hinchar por su equipo, se quejaba en las graderías de que los locales nunca animaban al contrario. Y por eso lo tildaban de loco. “¡Si antes tenemos que aplaudirlos! Sin los rivales no habría juego posible”, solía decirle a su hijo. Lo que sucedió en el estadio de Medellín hizo realidad el sueño de Villoro. Pero, incluso, fue mucho más que eso. Era el reflejo de lo que ocurre cuando la competencia deja de importar para darle paso a la solidaridad. Este fue, como pocos, un año de extrema polarización en el mundo. Las votaciones del brexit en Reino Unido, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el plebiscito en Colombia, entre otros hechos políticos, mostraron que parte del planeta estaba ideológicamente partido a la mitad, trenzado en discusiones eternas, odios, insultos. Pero la tragedia de un equipo de fútbol ablandó corazones. Ahí no cabían colores ni triunfos ni pérdidas ni camisetas. Qué importaba un trofeo de la Copa Sudamericana si acababan de morir trágicamente 71 personas, entre jugadores, cuerpo técnico, periodistas y tripulación. El desenlace trágico del Chapecoense está lleno de pequeñas historias de leyenda. Antes de despegar hacia Colombia, el defensa Alan Ruschel grabó un video que conmueve las entrañas. En pocos segundos se le ve sonreír al lado del arquero Danilo Padilha. Un breve paneo de la cámara del teléfono celular dejó ver el ambiente de fiesta y camaradería que transcurría en la cabina. Que la mayoría de personas que se ven al fondo de la imagen murieran hizo quebrar a millones de personas en el mundo. Ruschel se recupera de una cirugía en la columna que le practicaron en la Clínica Somer de Rionegro, lo que le impedirá muy seguramente, según los médicos, volver a jugar al fútbol. En cuidados intensivos lucha por su vida. Danilo, su compañero de silla, en cambio, falleció en el hospital tras un difícil rescate. Era demasiada desdicha junta: la historia de Thiago da Rocha Vieira, el delantero que un día antes de montarse en el avión recibió la noticia de que iba a ser padre, o la de Jackson Follman, el arquero a quien debieron amputarle la pierna derecha, o los hijos que se quedaron huérfanos o el drama de las madres, los hermanos, los hinchas. Las directivas del Atlético Nacional y sus aficionados estuvieron a la altura de las circunstancias. Para el recuerdo quedará que renunciaron a un título tan pronto se conoció la noticia del siniestro. En La Unión, donde el avión de la aerolínea LaMia de Bolivia se estrelló luego de quedarse sin combustible, lloraron a los muertos como si fueran suyos. El alcalde de ese municipio no tuvo que pedirles a sus habitantes salir a las calles para un homenaje, porque ellos mismos, por cuenta propia, ya estaban encendiendo veladoras y pintando pancartas que decían “Héroes en la tierra, campeones en el cielo”.

La misma noche en que se conoció la desaparición de la aeronave, pasaron señoras con olladas de chocolate y aguapanela caliente para ofrecer a los rescatistas. Hasta las familias de los bomberos, incluyendo mujeres y jóvenes, se ofrecieron para ayudar a sacar heridos y muertos. Ese espíritu solidario no se quedó en Colombia. En solo 24 horas se vio el homenaje en Anfield Camp, donde el Liverpool se enfrentaba al Leeds. La hinchada gritaba como si fuera la final de la Champions. Pero después de que el narrador del estadio anunció el minuto de silencio y explicó la tragedia, el gentío se hundió en un pesar espeso, en un silencio como de piedra. Las prácticas del Real Madrid y del Barcelona empezaron con un respetuoso tiempo de recogimiento. Ya se cuentan jugadores, como Juan Román Riquelme y Ronaldinho, dispuestos a abastecer el hoy diezmado plantel del Chapecoense. El mundo contempló esta semana un accidente que recordó que la vida es, por encima de todo, vulnerable. En esos pasajeros, en esa tripulación –la mayoría joven y llena de sueños– se vio el reflejo de cada habitante del mundo. Porque el accidente le pudo pasar a cualquiera. Cuando se entendió aquella verdad, comenzó la solidaridad.

El drama de los rescatistas

La vida de los rescatistas no será la misma luego de este accidente. Aeso de las cinco de la mañana, los rescatistas perdieron definitivamente las esperanzas de encontrar más sobrevivientes. Pero cuando dejó de llover se escuchó la voz lánguida de Helio Neto, el defensa de Chapecoense a quien creían muerto junto con 70 pasajeros más. El comandante de los Bomberos de Rionegro, Elson Zuluaga, no entiende cómo Neto, de 1,95 metros de altura, aún respiraba aprisionado entre una decena de muertos.

Dos bandos peleaban por el muchacho. De un lado la muerte, bregando a llevárselo. “Y del otro nosotros tratando de quedarnos con él. Y ganamos esa partida”, dice. Zuluaga tiene 20 años de experiencia de bombero. Pero cada vez que recuerda que uno de los jugadores del Chapecoense murió agarrándole la mano a Neto, y que para llevar a cabo el rescate hubo que separarlos, se le vienen de nuevo las lágrimas. Lo que tuvieron que presenciar los rescatistas que llegaron de inmediato a Cerro Gordo desborda a cualquiera. Primero llegó el médico Juan Pérez, de 28 años, quien, en medio de la oscuridad, del estrés y de los gritos, le hacía un torniquete a la pierna destrozada del arquero Jackson Follman.

Cuando menos se lo esperaba, el mismo paciente le susurró: “Calma, calma”. “Que el mismo herido te diga eso en un momento así, es una de las lecciones más grandes que me ha dado la vida”, dice, conmovido.Arquímedes Mejía, comandante de bomberos de La Unión, dice que imaginó un accidente distinto: “Yo me esperaba una avioneta pequeña. No un avión con más de 70 personas. Los gritos de la gente pidiendo auxilio por todos lados. Mis muchachos (17 bomberos) no sabían para dónde correr. Hubo gente que murió allá por hipotermia, desangrados, por fracturas. No teníamos la forma de poderlos sacar al instante, porque era una zona muy abrupta. Se hubiera necesitado un helicóptero, pero el tiempo era terrible. A punta de mano, sin maquinaria, logramos sacar a la azafata Ximena Suárez”, cuenta.Juan Diego Gómez Patiño, un bombero voluntario de solo 17 años, dice que nunca será el mismo luego de ver morir a un miembro del cuerpo técnico de Chapecoense, tras auxiliarlo. “Él me respondía palabras muy simples en inglés. Para mantenerlo despierto lo estimulaba. Y le decía: ‘Usted puede, no se me quede, luche, luche, usted puede’, y él me entendía”. No resistió por la cantidad de traumas en el cuerpo. “No puedo olvidar a ese ser humano que hubiera querido conocer”, dice.Haber rescatado a seis sobrevivientes no fue poco. Seis milagros que los rescatistas lograron arañar de un avión que se precipitó a tierra desde 9.000 pies de altura y posiblemente a 500 kilómetros por hora.

Pero aun así, los bomberos hubieran querido más. El pequeño que hizo sufrir a los más grandes El Chapecoense contra todos los pronósticos siempre superó las adversidades. Ahora viene su reto mayor: no desaparecer. Mientras velan el recuerdo de los jugadores, en el césped del estadio Arena Condá pasa por la cabeza de sus hinchas la película de la vida del Chapecoense. Y así ven desde la fundación del equipo, en 1973, hasta el homenaje de un minuto de silencio ofrecido en Wembley, escenario sagrado del fútbol mundial. Todavía recuerdan el primer título catarinense, por allá en 1977, pero nadie olvidará el Atanasio Girardot de Medellín repleto de personas vestidas de blanco. En el campo, esa película presenta el ascenso meteórico que en cinco años llevó al equipo de la cuarta a la primera división a partir de 2014. Eso, luego de pasar por una grave crisis y una reformulación completa. A la vez, el Cristo Redentor y el Allianz Arena de Múnich se tiñen de verde, solidarios con el pequeño equipo de una pequeña ciudad brasileña. Hasta la Casa Blanca emitió un comunicado para enviarles condolencias a las víctimas: un trato que el fútbol solo recibe en ocasiones muy especiales. La repercusión internacional ha sido impresionante. En un partido en Cracovia, los jugadores cargaron una bandera de Brasil. Cristiano Ronaldo, Pelé y Maradona enviaron mensajes de consuelo. El uruguayo Cavani se vistió con la Chape por debajo de la camiseta de su Paris St. Germain. Solo el año pasado los extranjeros comenzaron a oír el complicado nombre del Chapecoense. Ese día cuando Chapecó, el estadio que ahora se despide de sus héroes, recibió al poderoso River Plate.

El equipo local terminó eliminado de la Sudamericana, pero venció al equipo argentino 2 a 1. Particularmente esa noche fue especial para Bruno Rangel, que hizo dos goles para el equipo de la casa. Él se volvería, después, el mayor goleador de la historia del club. Ídolo. Estaba en el vuelo de LaMia. En 2016 el equipo volvió a disputar el torneo. La experiencia de 2015, el título catarinense, la buena campaña en el Brasilerão y la dirección del técnico Caio Jr. eran motivos de sobra para creer. El entrenador pasaba por un gran momento. Recibió homenajes de técnicos del mundo entero. Su hijo, Matheus, no voló el día del trágico accidente porque le faltaban algunos documentos. En el torneo de este año, encontró otro gigante argentino en su camino: la Chape venció a Independiente en los penaltis. Luego vendría el momento de Junior, de Colombia. Hizo el viaje a Barranquilla en el mismo avión que cayó. Entre otras, LaMia también transportó a Messi y a la selección argentina.

La clasificación fue tranquila y era el momento de enfrentar a San Lorenzo, el equipo del papa Francisco, en la semifinal. En el juego de ida, el equipo local salió al frente. Pero Ananías, un jugador de 27 años con cierto recorrido, empató. Él también murió en La Ceja. Los jugadores del San Lorenzo hicieron un minuto de silencio por todos. En el Arena Condá, en el partido de vuelta, en el último minuto el arquero Danilo hizo con sus pies la mayor defensa de la historia del club. Él tuvo la esperanza de salir vivo del accidente, fue rescatado respirando dentro del fuselaje, pero no resistió las heridas. La vida sigue pasando como una película en el Arena Condá. El estadio, ubicado en el centro de la ciudad, no podía recibir la final de la Sudamericana por no tener el tamaño adecuado al reglamento. Apenas puede recibir 20.000 hinchas y la regla exige 40.000. Paradójicamente el día de la velación recibió una peregrinación de más de 100.000 personas. La película no termina ahí. Continúa. El fútbol está vivo.

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