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El abrazo de la serpiente

logotipo de Semana Semana 14/01/2016

Esta película colombiana, que participó en el Festival de Cannes, se inspira en las memorias de dos etnobotánicos del siglo XIX y XX para emprender un viaje alucinado y elegante al corazón de la selva amazónica. ****

El abrazo de la serpiente, reseña de Manuel Kalmanovitz G.

 

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País: Colombia

Año: 2015

Director: Ciro Guerra

Guion: Ciro Guerra y Jacques Toulemonde Vidal

Actores: Antonio Bolívar, Jan Bijvoet, Brionne Davis y Nilbio Torres

Duración: 122 min

La región amazónica ocupa buena parte del país y para muchos de nosotros es un misterio absoluto. Aunque sí tiene un lugar en nuestro imaginario cultural –de la mano de los colonos de Alfredo Molano, del Arturo Cova de La vorágine o de las pinturas coloridas y densas de Carlos Jacanamijoy– hasta ahora su riqueza no había sido protagonista de una película.

Pero la espera ha terminado y, gracias a Ciro Guerra, este paisaje caótico y abigarrado se despliega en imágenes majestuosas en blanco y negro que nos permiten acceder a un lugar inquietante y misterioso.

Aunque formalmente es muy distinta, con planos largos y lentos que los personajes ocupan inciertamente confrontados como están por un entorno tan poderoso, El abrazo de la serpiente retoma de forma madura un elemento clave de La sombra del caminante (2004), la primera película de Guerra, donde un hombre afectado por la violencia recibe una segunda oportunidad gracias a una planta misteriosa que le entregan unos indígenas.

Acá quien recibe la segunda oportunidad es un etnobotánico alemán (Jan Bijvoet) –es decir, un investigador de la relación entre hombres y plantas– que padece una extraña enfermedad curable solamente por una planta que conoce Karamakate, el último miembro de su tribu (Antonio Bolívar).

Es una película alucinada y alucinante, con la lógica perturbadora pero tranquila de un sueño. Una segunda historia se entreteje con la primera, de otro etnobotánico, esta vez estadounidense (Brionne Davis), que sigue los pasos del primero décadas después y que se encuentra con el mismo Karamakate (Nilbio Torres).

Al saltar constantemente entre estos dos encuentros, El abrazo de la serpiente nos sumerge en un tiempo esencialmente diferente al transcurrir cotidiano y lineal de la ciudad. Es un tiempo con forma de espiral que da vueltas una y otra vez, haciéndonos pasar por lugares parecidos aunque levemente distintos.

La mayor parte de la película tiene lugar en canoas remontando el río y eso le da un ritmo particular, un deslizarse hipnótico y sosegado, que contrasta con los momentos en tierra donde encuentra, entre otras cosas, un resguardo para niños indígenas manejado en el primer viaje por un irascible sacerdote capuchino español y en el segundo por un brasileño que se autoproclama Mesías.

El abrazo de la serpiente transcurre entre el fluir del río y la exaltación frenética en tierra, y entre los dos es posible ver que la selva, con todo su atractivo y su terror, puede producir una manía bien particular. Es una locura que ha estado ligada a sus posibilidades económicas –a la explotación de la tierra y de los humanos que allí se encuentran– y que, según la película, también tiene un componente místico, una iluminación que escapa a las palabras y se manifiesta en la tensión entre su caos aparente y su coherencia interna.

Con elegancia, inteligencia y un paso sosegado, esta película teje su propio hechizo, acercándonos a la complejidad de la selva y al tiempo espiral que a veces nos visita en sueños.

**** Excelente ***½ Muy buena *** Buena **½ Aceptable ** Regular * Mala

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