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El guerrillero del San Viator

logotipo de Semana Semana 27/09/2016

Su nombre de guerra es Chepe, a secas. A sus 32 años de edad, porta ya una calva prematura que lleva con cierto donaire.

Su historia de vida es tan compleja y simple como la guerra misma: Chepe tuvo la suerte de haber conocido a su padre antes de que lo mataran. Supo de él, por primera vez, a los 10 años, cuando la familia que lo había acogido como si fuera un hijo más decidió que era hora de que supiera la verdad. De ese modo se enteró de que no había nacido en Bogotá sino en un campamento de las Farc y que no era hijo de estos padres que adoraba sino de uno que no conocía.

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Su padre era Jorge Briceño, conocido como el Mono Jojoy, comandante del poderoso bloque Oriental de las Farc, y su madre, otra guerrillera a quien tendría la fortuna de conocer años más tarde cuando un día cualquiera tocó en la puerta de su casa en Bogotá y se le presentó muy acongojada. Chepe la escuchó y la detalló pero no le salieron palabras. ¿Qué le podía decir si ella no lo había criado ni lo había mimado?

Con esta verdad revelada, la rutina cómoda que hasta entonces llevaba, la de los jóvenes que viven en el norte de Bogotá cuando salen todos los días a tomar el bus de su colegio privado, se perturbaría para siempre. Chepe decidió entonces ir a conocer a su padre. Recuerda haber ido por lo menos cinco veces a visitarlo durante las vacaciones del colegio, pero en realidad solo lo vino a medio conocer cuando se iniciaron los diálogos en El Caguán y se les permitió a los guerrilleros recibir la visita de sus familiares.

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En 2000, cuando el proceso entró en crisis, Chepe se encontraba en El Caguán con su padre. Había ido allá no solo a visitarlo, sino en busca de refugio debido a que las amenazas habían arreciado en los últimos meses. “Estaba estudiando en el San Viator, pero no pude volver al colegio debido a las amenazas constantes que me llegaban de la inteligencia del Estado. Todo por el hecho de que yo era el hijo del comandante Briceño”, me dice sin parpadear. “Por eso me tocó tomar una decisión y venir no solo a acompañar a mi padre, sino entrar también a formar parte del proceso revolucionario”.

Su familia adoptiva, preocupada por la posibilidad de que no regresara, fue hasta la selva a pedirle que volviera, días antes de que se rompiera el proceso. Él, con una tristeza infinita, solo pudo recibirlos con una frase: “Lo que diga mi papá”. Cuando el entonces presidente Andrés Pastrana ordenó al Ejército entrar a la zona de despeje, los hechos no le dieron mayor margen a Chepe. Con solo 16 años a cuestas, se fue con las Farc selva adentro de la mano de su padre. No hubo más marcha atrás: no volvió al San Viator ni al seno de la familia que lo crió y lo mimó.

Al principio la vida en la selva le dio muy duro; no se la iba bien con los mosquitos pese a su piel cetrina y no entendía las expresiones ni el lenguaje que utilizaban muchos de los guerrilleros. Tampoco estaba acostumbrado al trabajo físico extenuante y llegó a pensar que no iba a resistir. Sin embargo, con el paso del tiempo Chepe aprendió a levantar bultos como sus compañeros, a levantarse a las 4:30 de la mañana, y empezó a comprender la importancia de lo colectivo. Como él mismo lo dice, se convirtió “en un revolucionario” y en un convencido de la lucha armada como motor de cambio. Y aunque parezca extraño, precisamente en la fatalidad de la guerra él tuvo la oportunidad de conocer realmente a su padre. Entre intensos operativos militares y bombardeos a la medianoche, consiguió compartir con él diez años de su vida, hasta que un bombardeo letal se lo llevó para siempre.

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El bombardeo y la muerte de Jojoy

El 22 de septiembre de 2010 murió el Mono Jojoy junto con 30 guerrilleros de su guardia. Los medios colombianos registraron la noticia como la mayor derrota de las Farc en toda su historia y mereció incluso una reacción de la Casa Blanca, que felicitó al pueblo colombiano, a sus Fuerzas Armadas y al presidente por seguir adelante en la lucha contra las Farc.

Jojoy no solo era la cabeza del bloque Oriental, que en ese momento representaba la mitad de los hombres armados de las Farc, sino el segundo hombre de esa guerrilla después de Alfonso Cano. Era, además, el hombre más protegido de ese grupo guerrillero, ya que se movilizaba con una guardia de cerca de mil hombres. La imagen que tenían la mayoría de los colombianos del Mono Jojoy era la del hombre cruel e inhumano que había mostrado el documental de Jorge Enrique Botero en el que se le veía con su boina pasando revista a unos secuestrados que las Farc mantenían encerrados como animales en unos espacios rodeados por alambres de púas. Tal sería la dinámica que traía la guerra en esos tiempos que hasta el presidente Juan Manuel Santos, quien se encontraba en Nueva York en la Asamblea General de las Naciones Unidas, registró con esta frase la noticia de la muerte del Mono Jojoy: “El símbolo del terror ha caído”.

Todas las inteligencias de las Fuerzas Armadas del país habían planeado cuidadosamente por más de un año el operativo contra el Mono Jojoy. Sin embargo, fue la Policía la que logró ponerlo en marcha, al conseguir que un envío de botas nuevas para él pasara todos los anillos de seguridad hasta llegar a su destino. En una de ellas, la inteligencia había puesto un microchip.

Chepe recuerda muy bien cómo esas botas pasaron los detectores y los controles sin ningún problema. Inteligencia sabía que el Mono Jojoy tenía problemas de diabetes y que debía usar un calzado especial, muy acolchado, para proteger sus pies. Esas botas dieron muchas vueltas y finalmente llegaron a su destino ocho meses después.

El despliegue bélico y el poder de ataque utilizado en esa operación militar –todos los aviones de la Fuerza Aérea y todos los helicópteros del Ejército– son los más grandes que se han registrado en todos estos 52 años de guerra. Así lo confirman todos los generales que estuvieron al frente de esa operación.

El cuerpo del Mono Jojoy fue encontrado bajo toneladas de tierra, días después de que las fuerzas especiales del Ejército llegaron al lugar del bombardeo. Un soldado descubrió la punta de una bota medio enterrada. Empezó a cavar y constató que era la del Mono Jojoy.

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La muerte de un padre

Para Chepe, en ese infernal bombardeo no murió ‘el símbolo del terror’ ni el comandante cruel que pasaba revista a sus secuestrados, sino su padre. Cuando se le pregunta cómo lo recuerda, alza su mirada y dice que se acuerda de él alzando a los niños en los pueblos y siendo el padre que fue, el que le enseñó, en medio de la adversidad, valores importantes para la vida. Pero sobre todo, lo recuerda por su poder de liderazgo dentro de la guerrilla. “La gente lo quería y lo respetaba”, me dice.

Esa madrugada Chepe se encontraba a unos 100 metros del campamento donde estaba su padre. Por medidas de seguridad, Jojoy había dado la orden de que su campamento estuviera bien alejado de los demás, porque sabía que era a él a quien buscaban. A unos 200 metros del campamento del Mono Jojoy estaban Carlos Antonio Lozada y Mauricio Jaramillo, quienes saldrían ilesos del bombardeo. “A nosotros nos alcanzaron a caer bombas”, me dice con cierta dificultad, como si todavía le doliera recordar esos momentos.

Chepe tenía la costumbre de ir todas las madrugadas, a eso de las 2:00 de la mañana, al campamento de su padre a leerle documentos, revistas, periódicos o lo que fuera importante. Siempre salía de su campamento a la 1:40 para estar a eso de las 2:00. Ese día, por cosas del destino, decidió dormir unos minutos más. Cuando se despertó nuevamente, se dio cuenta de que ya era la 1:55 de la madrugada. Fue a salir de prisa, pensando que le iba a llegar tarde a su padre, pero lo detuvo la lluvia de bombas que empezaron a caer del cielo sin clemencia. “Cuatro minutos más y yo me hubiera muerto allá con él”, me dice con una tristeza infinita, como si sintiera pudor de que se le viera el dolor en sus ojos.

Chepe no pudo hacer nada para salvar a su padre, porque eran tantas las bombas, los tiros, el ruido de helicópteros y de aviones que por momentos pensó que el campamento se había convertido en un infierno. “Mi padre murió”, fue lo primero que pensó Chepe en medio de esa lluvia de bombas. Al otro día, cuando pudo constatar que no se había equivocado, realmente se dio cuenta de que ya no tenía padre. “Sentí un dolor muy verraco”, me confiesa. “Seguramente en esta vida tiene uno que aprender a tomar muchas decisiones y a prepararse para enfrentarlas. Esta es una vida de cambios y de momentos inesperados”.

Pese a que Chepe se había preparado para poder sortear sin desfallecer este momento, cuando finalmente llegó lo tomó por sorpresa. “Me fui haciendo a la idea de cómo podría ser la vida sin estar él. Sin embargo, lo que más me ayudó fue percibir que el dolor no era solo mío, sino colectivo, y eso me dio la fuerza para seguir adelante”.

Así que arropado por esa gran familia que para él representa la guerrilla, siguió adelante con su vida: hizo un curso de mandos y hoy forma parte del frente séptimo del bloque Oriental y desde hace unas semanas ha llegado a El Diamante, en las sabanas del Yarí, para ayudar a la décima conferencia de las Farc.

Hoy, a sus 32 años, está totalmente convencido de que es hora de parar esta guerra que a él tanto le quitó: “Las nuevas generaciones no pueden vivir lo que nosotros vivimos”, me dice con una convicción infinita. “Hay que frenar la escalada de odios para que podamos reconciliarnos, así ni usted ni yo pensemos lo mismo”, me aclara mirándome a los ojos.

Desde que está en El Diamante ha visto cómo el fin de la guerra está cambiando las cosas: muchos guerrilleros buscan a sus familias y muchas familias buscan a sus hijos, hermanos o esposos. Él también siente que su vida está cambiando a un ritmo vertiginoso: quiere ser parte de la transformación de las Farc en partido político, pero también quiere volver a ver a la familia que lo crio y, si es posible, retomar sus estudios.

Pese a todas sus desgracias, parece un joven feliz que ha tenido la inteligencia de no darle cabida al odio ni a la venganza. Ahora piensa hasta en el futuro, ejercicio que hace rato no había vuelto a hacer: quiere retomar la vida que le arrebató la guerra, pero no para volver a Bogotá, sino para quedarse en estas comunidades y ayudarlas a que se desarrollen. A lo mejor, entonces, se decida finalmente a tener los hijos que hoy no se ha atrevido a tener.

Humberto de la Calle dijo en el discurso que pronunció cuando se cerró la agenda del acuerdo que esta es la hora de asumir una responsabilidad como colectividad humana y que no debemos limitarnos a celebrar el silencio de los fusiles porque lo realmente importante son los caminos que se abren “para dejar atrás la violencia y reconstruirnos en el respeto”. Puede que la mejor manera de reconstruirnos desde el respeto sea empezar a respetar el dolor del otro, así ese otro haya sido por 52 años nuestro más feroz enemigo.

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