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Los abusos de los restaurantes bogotanos

logotipo de Kienyke Kienyke 18/07/2015

"En la capital todo está sobrevalorado: la vivienda, la cerveza, los parqueaderos."

Por: Javier Borda Díaz

Se entiende que un restaurante imponga su “estilo”, pero no a costa del consumidor.

En Bogotá nos están cobrando como si estuviéramos en París. Por ejemplo, en Bagatelle, en la calle 109 con 18, se vende un caldo de costilla (“Cald´ de costille” para ser fieles al menú) de 23.500 pesos. Un “tamalé envuelté”, un tamal, amigo mío, vale allí 22.500 pesos.

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Pero eso es lo de menos porque ya sabemos que en la capital todo está sobrevalorado: la vivienda, la cerveza en los bares, los parqueaderos…

En la cocina, al menos, uno paga por lo que quiere pagar y para eso va donde quiera ir. Sin embargo, más allá del precio de los platos, podríamos reclamar por lo que está pasando en otros restaurantes de la ciudad.

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En Crepes & Waffles, mi hermana pidió su almuerzo, yo el mío. Pero mi mamá, mujer de poco comer, preguntó si podía ordenar algo más “pequeño” porque ya había pedido un café y unos mini waffles. Quiso un menú infantil, pero la orden fue negada por orden de la administración, así que finalmente tuvo que pedir una comida que desbordó su apetito.

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Crepes no es un restaurante tipo rodizio, donde se cobra por puesto. Así que resulta de muy mal gusto condicionar al consumidor a pedir más de lo que quiere, con la salvedad, claro está, de que en la mesa ya se había ordenado lo suficiente para estar ahí. No se estaba calentando el puesto.

Ahora, en Casa Brava, en La Calera, mi esposa y yo sufrimos otra incomodidad. Ordenamos nuestros platos y ella instó al mesero a empacar el corte argentino que le había sobrado (casi todo, en realidad). No obstante, le dijeron casi con desprecio, que eso estaba prohibido. ¿Y por qué? -preguntó-. ¿Acaso qué van a hacer con la comida que sobra? -cuestionó-. Nos fuimos entonces, indigestados con la pésima atención.

Lo anterior no es ramplón. Sí lo sería pedir llevarse cuatro cucharadas de un ajiaco o empacar las mínimas sobras de cualquier comida. Nada de penoso hay en exigir nuestros derechos. Existen restaurantes -y personas- que buscan conservar apariencias estúpidas.

Finamente, lo que parece un chiste más en Twitter, pero que es la realidad del “engaño” al que estamos sometidos:

-Señor, ¿me da un “jugo de naranja” del Valle?

– Aquí tiene. Son $3.000.

-Le pago $90 que corresponden al 3% de jugo.

No es broma. Esa es una “Bebida con jugo de naranja” que en realidad solo “Contiene 3% de jugo”.

Un principio de la ley del consumidor es tener acceso a “una información adecuada” que nos “permita hacer elecciones bien fundadas”. Y eso, claramente, no está pasando. Seguramente usted también ha sufrido más que un chascarrillo en algún restaurante de esta variopinta ciudad.

Para hablar del tema: #AbusosDeRestaurantes

@javieraborda

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