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Por el túnel de la soledad

05/02/2015
La niña que vendía rosas, una historia vivida en carne propia

Tras el éxito e impacto de la película de Víctor Gaviria, “La Vendedora de Rosas”, Circulo de Lectores presenta al público la historia personal de Lady Tabares, quien a sus trece años protagonizo escenas de su propia vida; un mundo que encerraba drogas, alcohol y prostitución, convirtiéndose así en leyenda para todos los colombianos. Reproducimos uno de los capítulos del texto del periodista Édgar Domínguez.

Por el túnel de la soledad

Leidy era tan pequeña como vivaz. Siempre tuvo el cabello largo y muchas pecas, como chispas de oro, en la nariz. Muy rápido se cansó de los estrujones y regaños de su mamá y empezó a buscar otras compañías, o salir sola a trabajar.

A los cuatro años y medio, las calles son inmensas y la orientación se pierde unas cuadras más allá del hogar. La norma era no pasar las fronteras de Niquitao, un barrio repleto de inquilinatos y callejones, donde florecen las plazas de droga y reinan los jíbaros. El sector en algunas partes amenaza ruina y en otras alberga talleres de mecánica y negocios de pintura en screen.

Salir de allí podría ser un viaje sin regreso. Por eso Leidy se quedaba en El Palo, una carrera que atraviesa el barrio de sur a norte, transitada a diario por miles de carros con destino al centro de la ciudad. En un semáforo trataba de vender una rosa o algún dulce, mientras distraía sus ímpetus infantiles tarareando alguna ronda o jugando a la comidita, con piedras y palos pequeños que conseguía en la calle.

Más allá de Niquitao, la ciudad pasa de los senderos miserables a la opulencia alucinante con solo caminar algunas cuadras. Por la Magdalena, abajo de la avenida Oriental, se llega a Guayaquil. Veinte años antes el sector era el punto de acopio de los buses de la flota Magdalena, que descargaban en ese lugar a los viajeros de todo el país. Allí abundaban los burdeles, en donde las prostitutas daban rápidamente placer a los borrachos.

Por muchos años Guayaquil fue el centro de la ciudad. El sitio del mercado, las flotas, los bares, las tertulias y los negocios. También el del rebusque, las bandas y las grandes ventas de droga.

Al norte, la calle San Juan separa a Niquitao de El Samaritano, un sector de hoteles de mala muerte. Pequeños edificios que sirven para esconder a las bandas que permanecen en guerra con las de Niquitao. Cualquier tarde se enciende la balacera entre ellas, sin importarles que muy cerca quede el Comando de la Policía Metropolitana.

El sendero de los lujos y la ostentación queda al otro lado, al sur. Allí, en el centro comercial San Diego, la gente «bien» gasta su dinero en restaurantes y boutiques, mientras el sector es invadido por rebuscadores y delincuentes a la espera del duro, con quien hacer negocios por lo alto.

A finales de los ochenta, algunos locales aledaños a San Diego se transformaron en clubes de striptease. En ellos muchas niñas de Niquitao aprendieron a vender su cuerpo, y la glorieta que domina el sitio se llenó de carros lujosos en busca de aventuras sexuales que, en ocasiones, se convirtieron en historias míticas. Como la de «las terneritas de Niquitao», quienes, según dicen, no tenían más de quince años y practicaban sexo oral a sus clientes por un par de billetes. Fueron muchos los ejecutivos de la ciudad que pasearon por allí a baja velocidad buscando comprobar la historia. Generalmente se fueron satisfechos.

San Diego es el abrebocas de un mundo deslumbrante. Siguiendo hacia el sur, desde la avenida El Poblado se ven inmensas vitrinas con autos relucientes, antes de desembocar en la calle Diez, la zona rosa de la ciudad, en donde muchos habitantes de Niquitao descubrieron el poder del dinero y codiciaron alcanzarlo, a costa de lo que fuera.

—La plata está en San Diego —le repetían a Leidy sus compañeros de semáforo. Niños que la doblaban en edad y le contaban historias mágicas, de personajes repletos de dinero que andaban en carros lujosos repartiendo su riqueza. Estos comentarios iban minando su pequeña voluntad, y cada vez era más difícil negarse a seguir a los muchachos, quienes la convidaban a aventurarse fuera del barrio.

—¿Entoes qué pelaíta...? Si quiere véngase conmigo que yo le pongo cuidado —le dijo una mujer que vivía en el inquilinato, mientras le extendía la mano ofreciéndole protección.

Para Leidy fue una oportunidad única de ampliar sus fronteras y conocer todas las fantasías que le habían relatado. Entonces, por primera vez, tomó una decisión.

Caminaron rumbo al sur, hasta llegar a la glorieta de San Diego. Solo habían avanzado cinco cuadras y atravesado una calle, pero para ella fue como traspasar un umbral y sumergirse en un túnel del que tardaría varios años en salir.

La mujer desapareció sin que Leidy tuviera claro por dónde quedaba su casa. Los carros giraban alrededor de la glorieta en sentido contrario a las manecillas del reloj y se perdían por diferentes avenidas como manejados a control remoto. Leidy buscaba a alguien que la ayudara pero, por un momento, solo vio llantas, humo y vidrios oscurecidos por su propio pánico. Ningún rostro a quien suplicar ayuda. En ese instante conoció por primera vez el miedo. También la soledad. Esta la acompañaría hasta el día de su regreso.

Leidy empezó a extrañar a su mamá mientras caminaba sin rumbo, por la misma acera en que desapareció la mujer. Nunca tuvo el valor de atravesar la avenida. Un rato después se encontró frente a una caseta de hojalata, en donde una señora servía cervezas a un grupo de obreros. Allí se declaró perdida.

Nunca supo el nombre de aquella mujer, rolliza y bonachona, que intentó tranquilizarla y llamó a la policía para que le prestaran ayuda. Pasaron tantas cosas ese día que casi no se dio cuenta de que era la primera vez que montaba en automóvil. Los únicos vehículos que conocía por dentro eran los buses de Belencito Corazón, en los que subía con su mamá cuando sobraba dinero de la venta de las rosas.

La patrulla olía a naftalina. En la silla de atrás una mujer policía la acompañaba. Leidy no paraba de llorar. Luego de unas horas en una estación, el día culminó en un internado en La Estrella, una población ubicada en las afueras de Medellín. Seis monjas de impecable hábito blanco le dieron la bienvenida. «La que las mandaba era una monita zarquita. Una monjita muy bonita», recuerda Leidy. Allí durmió en un salón grande, con dos hileras de camarotes llenos de niñas. A ella le tocó un segundo piso. Explica: «Yo dejé de orinarme en la cama desde muy chiquita, pero desde ese día lo volví a hacer casi todas las noches. Me castigaron muchas veces por eso.

A lo último me pasaron al pabellón de las mionas», comenta con indignación, «como castigo nos ponían a lavar las cobijas. Eso para mí era muy difícil porque yo estaba muy chiquita».

En ese internado pasó alrededor de un año. A menudo se escapaba y las monjas la volvían a encontrar. «De allá me volaba con Esmeralda, una niña que tenía como quince años y a la que quise mucho. Ella conocía a una señora para donde nos íbamos cada que lográbamos escaparnos», recuerda Leidy, mientras asegura:

«La señora nos trataba muy bien y nos daba comida, pero siempre nos aconsejaba que no nos voláramos y ella misma llamaba a las monjas para que fueran por nosotras».

La hermana Florinda era la encargada de recibirlas después de cada fuga. Con una regla metálica dejaba marcado en la piel de las niñas cada intento por escapar. Florinda se convirtió para Leidy en la bruja del cuento. Cada reglazo sembró en su vida las primeras semillas de rencor.

Un día logró irse sola y decidió tomar otro rumbo. «Caminé como cuatro horas, hasta que las monjas me atraparon y me preguntaron que si era que no quería estar con ellas. Yo les dije que no. Entonces me llevaron para otro internado», sonríe.

El temor a nuevos castigos la volvió distante y prevenida. En el internado de Mater Dei había más espacio y las hermanas parecían más amables, pero pasó un buen tiempo para que Leidy se sintiera confiada. Fue la hermana Ángela la que logró robarse su afecto y empezó a espantar de su vida el temor y la soledad. «A esa hermana yo la quiero como un verraco. Siempre la visité en el internado hasta que se la llevaron a vivir a la USA», cuenta Leidy, y agrega: «Allá empecé a estudiar. Me preguntaron que pa’ qué año iba y yo de una dije que pa’ primero. Ahí estudié hasta tercero. Fueron unos años lindos...».

A las niñas que se portaban bien durante el año les permitían ir de vacaciones con familias ricas que las querían cuidar. Leidy obtuvo ese premio.

«Me fui para una finca con una familia a la que le guardo mucho cariño. Por estar tan pequeñita no recuerdo bien sus nombres, pero al que nunca olvido es al papito. Un viejito supertierno que me despertaba todos los días a las seis de la mañana para que lo acompañara a ordeñar las vacas. Yo siempre me levantaba y él me tenía lista una taza de leche recién ordeñada», dice sin ocultar su gusto por el recuerdo.

Mientras el anciano ordeñaba las vacas, la niña corría tras las mariposas e intentaba guardarlas en una bolsa. Con él iba todas las mañanas a misa y caminaba por los extensos prados de la finca. Un día una vaca parió un ternero. Los dos lo vieron nacer.

—¿Te gusta el animalito? —le preguntó él.

—Sí, es muy lindo.

—Este ternerito te lo dejo de herencia, es tuyo. Ella quedó muda con el sorpresivo regalo.

Leidy vivió una Navidad maravillosa. Todos la complacían y le daban cariño. En Nochebuena la llenaron de obsequios y caricias. El abuelito era su cómplice inseparable. «Él me llevó adonde había un montón de aparatos que les ponían a las vacas. Esas cosas les chupaban las tetas y esas vacas con las patas amarradas iban desfilando, desfilando por un pasillo que se movía. Ahí las montaban, y ellas desfilando, desfilando, y esas cosas ordeñándolas, ordeñándolas...», cuenta Leidy con aire divertido.

Comenzaba enero y la niña caminaba con el abuelo por la casa cuando él se desplomó a su lado. Leidy salió gritando:

—¡El papito, el papito...!

El anciano murió de un infarto. «Yo lloré mucho a ese señor. Recuerdo que todos me consolaban. Unos días después me devolvieron al internado. No los volví a ver. Tampoco al ternerito».

___________

Hacía varios meses que Leidy no mojaba la cama. Le gustaba estudiar y consideraba el internado como su hogar, pero sus gritos a media noche comenzaron a preocupar a las hermanas. La niña se despertaba jadeante y sudorosa llamando a su mamá, luego lloraba por largo rato antes de volverse a dormir.

—Esta muchachita se va a enloquecer —comentaban las hermanas. Entonces decidieron buscar a María.

«La buscamos durante dos días —dice Leidy—, el primer día yo no decía nada, solamente lloraba todo el tiempo. El segundo día también, hasta que pasando por la avenida Oriental con la calle Los Huesos, reaccioné y les dije: “Vámonos por aquí, por aquí es”... y empezamos a buscar por ahí. Nos fuimos derecho hasta llegar a Niquitao, por un sitio al que le llaman «El Camellón». Entonces nos metimos por ahí, porque era como lo que más me daba vueltas en la cabeza. Ahí encontramos a mi mamá... ¡Qué alegría!».

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