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Bubba Watson se viste de verde en Augusta por segunda vez

AS AS 14/04/2014 Juanma Bellón

Bubba Watson es un golfista de “emociones”. En 2012, cuando se enfundó su primera Chaqueta Verde, lloró desconsoladamente abrazado a su mujer, Angie; el año pasado le pesó la preciada prenda (“Estaba abrumado, la presión me pudo”, decía); y en esta edición volvió a tomar el control de su juego para ganar la partida a Jordan Spieth, un niño de 20 años que desafiaba el récord de precocidad de vencedor del major en posesión de Tiger.

Con casi imperceptibles empujones por detrás de Kuchar y el sueco Blixt, y con dos bogeys en tres hoyos del Pisha Jiménez, el día final del Masters de Augusta se quedó pendiente del partido estelar, el que protagonizaban Watson y Spieth. El chaval de Dallas, que debutaba en el Masters, comenzaba fuerte, sin gestos de flaqueza, y embocando un soberbio birdie en el hoyo 4. Parecía hacer valer las palabras que Watson le dedicó en la previa: “Tiene 20 años, para él la presión no será ningún problema, sino un aliciente”. Y Spieth, que se había prometido “controlar las emociones”, llegó hasta -8, sacando tres golpes a su compatriota. A Bubba se le cambiaba el gesto y su juego de pegador y putt, muchas veces errático, daba síntomas de debilidad. Así que parecía disolverse de nuevo.

Pero Augusta siempre guarda sorpresas... y más a los novatos. El hoyo 8 fue un bogey para Spieth, el 9 otro, y cuando eso sucede en el Masters, mal asunto. El niño ya no era una piedra, sino que se volvía a transformar en un adolescente. Y en el hoyo 12, el corazón de Amen Corner, se fue al agua. Justo después iba Watson, que, viendo el fallo de Jordan, se pasó el green para asegurar un par que valía más de una manga de la Chaqueta Verde. Bubba sonreía al público con el que soñó de crío. “Oía esos rugidos los domingos y siempre quise ser parte de ellos”. Lo estaba siendo por segunda vez.

Adam Scott poniéndole la chaqueta verde a Bubba Watson. © JIM YOUNG Adam Scott poniéndole la chaqueta verde a Bubba Watson.

Salidos de Amen Corner, en el hoyo 14 se entró en la fase caliente, la que le gusta al protagonista del día, “cuando empiezas a sudar más de la cuenta, el momento en que un putt significa mucho más”. Y Bubba lo gestionó de maravilla, apoyándose en su espléndido juego largo, ideal para Augusta, que se ha convertido en un campo para pegadores de clase. Bubba ahora era una roca, que caminaba inexorablemente a la Chaqueta Verde. Jiménez remontaba entonces... pero era tarde. Aun así fue cuarto, el mejor puesto de su vida, que llega a los 50.

Y para acabar el torneo, en el green del 18, Bubba, religioso y amante de Estados Unidos, volvió a llorar junto a Angie y su hijo Caleb. En la Casa Club de Augusta, Adam Scott le volvía a vestir de verde por segunda vez en tres años. Bubba, ese golfista emotivo, de juego errático pero genial, volvía a tener un Masters.

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