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Cesc, uno de los nuestros

MundoDeportivo.com MundoDeportivo.com 24/04/2014 Enric Bañeres

Soy de los que nunca pitaría a mi equipo en un campo de fútbol y menos a un futbolista determinado. Quiero decir que no me alineo con los que silbaron la aparición de Cesc Fàbregas el otro día, ante el Athletic, cuando entró en sustitución de Xavi. En ese instante, a falta de veinte minutos para el final, el equipo vasco ganaba por 0-1 y el Camp Nou presagiaba un final de partido dramático.

Pues, lo que son las cosas del fútbol, dos minutos después de la entrada de Cesc, Pedro anotaba el empate y cuatro más tarde, Messi adelantaba a su equipo con el que sería ya el gol de la victoria. ¿Fue providencial la entrada de Cesc? ¿Hizo algo que no hubiera hecho Xavi hasta ese momento?

A mí no me lo pareció, aunque a esas alturas de partido había que cargar baterías y el Tata Martino supo refrescar a su equipo con su entrada y la posterior de Tello. A mí lo que me disgustó fue esa pitada a Cesc, uno de los jugadores que mantuvieron al equipo en lo más alto cuando las lesiones afectaron a algunas de las estrellas del equipo.

Sigue siendo el jugador que ha dado más asistencias de gol, muchas de ellas a Leo Messi, y él mismo ha marcado ocho tantos, una cifra nada despreciable tratándose de un futbolista que ha deambulado por diferentes posiciones en el campo. Algún mérito debe tener que, a estas alturas de la temporada, sus estadísticas sean mejores que las de Iniesta y Xavi.

Pero el público es dueño y señor de sus reacciones, aunque a veces no sean justas o estén equivocadas. Como se equivocaron quienes sacaron pañuelos cuando Aduriz marcó el gol del Athletic y no los volvieron a sacar cuando el Barça remontó, señal de que esa acción, además de oportunista, había sido inoportuna.

Y la considero así porque creo que al equipo propio hay que apoyarlo en los malos momentos: ponerse a aplaudir y a cantar cuando los jugadores ya han levantado el resultado es lo fácil porque al carro del ganador todo el mundo quiere subirse.

Hay aficiones que no desfallecen incluso en los peores momentos, como la del Betis, que sigue aferrada a un imposible y ha continuado entregada a su equipo aún viendo que la permanencia en Primera División se les escapaba de las manos. El pasado fin de semana estaba viendo el partido entre el Chelsea de José Mourinho y el Sunderland de Gustavo Poyet, uno que luchaba por el título de la Premier y el otro colista casi desahuciado.

Y en las tribunas de Stamford Bridge, en campo contrario, una madre y un hijo, ambos con la camiseta rojiblanca del Sunderland, mantuvieron durante todo el partido una pancarta casera bien visible de ánimo a Poyet que decía "los milagros existen, Gus". Contra pronóstico y para monumental cabreo de Mourinho, el Sunderland ganó el encuentro por 1-2 y sigue aferrado a la vida. Los milagros existen pero si los equipos reciben apoyo en vez de broncas, mucho mejor.

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