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El descenso a los infiernos del ganador de la Vuelta 2002

ABC ABC 28/10/2016 José Carlos Carabias
El ex ciclista Aitor González, ganador de la Vuelta a España en 2002. © EFE El ex ciclista Aitor González, ganador de la Vuelta a España en 2002.

«Pensaba que sería mucho peor, algo más escabroso o turbio. Si me dicen que ha sido cualquier barbaridad, un cargamento de algo o una partida de escopetas, no me hubiera extrañado». Así recibió la noticia uno de los pocos amigos que le quedan a Aitor González, el exciclista ganador de la Vuelta a España 2002 que fue detenido por la Policía cuando acababa de reventar los cristales de una tienda de teléfonos móviles con un martillo. No es su primera visita a una comisaría, un lugar que para su desgracia conoce bien en los últimos años el corredor que fue considerado uno de los sucesores de Miguel Induráin. Esta vez se le acusa de delito de robo en grado de tentativa. Otro ciclista que apunta a un destino trágico.

El relato de los hechos estremece al relacionarlos con el deportista que cruzó avasallador el Santiago Bernabéu durante la contrarreloj de cierre de la Vuelta 2002 y consiguió que José María Aznar se calzara una gorra del Kelme en una recepción oficial con Óscar Sevilla. El pasado día 25, un agente fuera de servicio alertó a una patrulla en torno a las dos de la madrugada sobre los ruidos en un establecimiento de la calle García Andreu de Alicante. Cuando llegaron los policías descubrieron al exciclista, que había partido la persiana y roto el cristal.

¿Cómo es posible que llegase a la desesperación de empuñar ese martillo? Aitor González es hijo de un ganadero vasco criador de conejos que emigró a Alicante hace cuarenta años. El exciclista nació en Zumárraga (Guipúzcoa), pero se trasladó con once años a San Vicente del Raspeig, una localidad cercana a Alicante donde daba vida a un anhelo: tostarse «vuelta y vuelta», siempre al sol, en la playa del Postiguet.

«Siempre fue un ciclista diferente, despreocupado, casi rebelde diría yo. No era como los otros, porque casi todos los ciclistas son iguales», recuerda a ABC su exdirector en el Kelme Vicente Belda. «Se solía presentar a las concentraciones de pretemporada con quince kilos de más. Le importaba muy poco ponerse como el tenazas durante el invierno, porque le gustaba disfrutar de los placeres de la vida». «Soy sincero y natural, no un chulo», expresó Aitor en una entrevista a ABC el día que ganó la Vuelta a España, la carrera en la que se exhibió como un tipo desinhibido y espontáneo que atacó a su compañero y líder Óscar Sevilla en una antológica etapa en el Angliru. «Dirán lo que quieran, pero tengo la Vuelta en el bote».

Cobraba entonces 60.000 euros anuales y era medio desconocido para el gran público. Pero ganó la Vuelta en la contrarreloj de cine del Bernabéu, con regalo de camiseta madridista de parte de Florentino, y el dinero creció a su paso. Fichó por el pujante Fassa Bortolo del sabio italiano Ferretti, a razón de un millón de euros anuales.

Dos temporadas en el Fassa, dos millones para su bolsillo, y una preciosa abogada como novia, de nombre María José, hija de un inspector de policía que pretendía conducirlo al altar. «Aitor lo perdió todo por su mala cabeza», cuenta uno de sus ciclistas amigos. Ganó etapas en el Giro y en el Tour, pero nunca cumplió el pronóstico de grandeza que lo acompañaba. Fichó por el Euskaltel en su última fase, dio positivo por esteroides y se gastó 120.000 euros en su defensa. Se retiró en el limbo del olvido.

Invirtió en la noche

Y arrancó una peligrosa espiral en la que desperdició todo lo que había logrado con la bicicleta. Demasiada juerga, demasiado noche, demasiados vicios. Compró una discoteca en Alicante, un negocio ruinoso del que salió trasquilado mientras sus amigos de la banda de la Covatilla (Santos González, Martín Perdiguero) progresaban socialmente sin locuras. Santos es abogado en Elche. Perdiguero se dedica a la política, primero en el PP y ahora en Ciudadanos en San Sebastián de los Reyes. Aitor González invirtió en la noche.

Por la discoteca de Alicante perdió buena parte de su patrimonio y conoció el lado amargo de la ley. En 2007 ya fue detenido por conducir bajo los efectos del alcohol y la cocaína, en 2008 fue acusado de intentar agredir a dos directivos de una inmobiliaria que le debían dinero, en 2011 pasó de nuevo por una comisaría al ser arrestado por una estafa inmobiliaria en León. La inversión en el ladrillo no le resultó productiva.

Le abandonó su novia abogada y él buscó refugio en compañías menos recomendables. Tiene un hijo de una relación menos consolidada. Ha dilapidado la mayor parte de su patrimonio. El torrente de euros de Fassa Bortolo se esfumó en la discoteca alicantina, y Aitor González se fue quedando solo con sus negocios ruinosos y su vida noctámbula. Tampoco han conseguido rescatarlo de momento sus padres y su hermana, sufridores pasivos de una degradación personal. «Tuvo muy mala cabeza», repiten sus allegados, que no encuentran la manera de ayudarlo.

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