Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

El primer 'fuoriclasse'

Marca Marca 20/05/2014 Enrique Bernaola. Módena

El Giro de Italia transita hoy entre Módena y Salsomaggiore Terme, una jornada prácticamente llana en su totalidad, que a priori no cuenta con la más mínima relevancia y que, salvo sorpresa, se resolverá al esprint. Sin embargo, entre estos dos puntos de la región de Emilia-Romagna existe un lazo de unión entre dos de los ciclistas más grandes de la historia de este deporte: Fausto Coppi y Gino Bartali.

Porque fue en Módena, cuna del vino lambrusco, del queso parmigiano reggiano y del vinagre, el aceto balsámico que aquí consideran como su oro negro, donde el Campionissimo se vistió de rosa por primera vez en su carrera, en el Giro de 1940. Y fue en Salsomaggiore Terme donde el que sería su gran rival durante muchos años, Il 'Ginettaccio' Bartali,conquistó una victoria de etapa en su primera participación en la ronda italiana, la edición de 1936.

Es precisamente al corredor toscano, a quien la Segunda Guerra Mundial privó de un palmarés muchísimo más rico, a quien hoy rinde homenaje la corsa rosa en el año que celebra el centenario de su nacimiento.

Fue en aquella edición y por estas tierras donde se colocaron las primeras piedras de un corredor que acabaría siendo monumento nacional. Porque la historia de Bartali, vencedor de tres Giros de Italia (1936, 1937 y 1946) y dos Tours de Francia (1938 y 1948), no es sólo la de un ciclista eterno. Es también la de un hombre que utilizó su poder mediático para ayudar a toda una nación en momentos de extremo peligro.

La II Guerra Mundial interrumpió una carrera que, aunque brillante, pudo ser aún más grande. Sin embargo, Bartali volvió a correr tras la victoria aliada y ganó de nuevo. Sin embargo, y aunque pudiese sonar contradictorio, la guerra le dio la que quizás fue la victoria más grande lograda antes por un deportista.

Italia vivía bajo el régimen de Mussolini, aliado de Adolf Hitler. Bartali era uno de tantos iconos de la época que el gobierno supo utilizar para convencer a las masas y que clamaran a favor de sus mandatarios. Era una época en que el deporte –ya lo había hecho Hitler en los Juegos Olímpicos de ese mismo año 36– era un instrumento perfecto para hacer política a través de la propaganda.

Piadoso Bartali

Y Mussolini, al igual que su colega alemán, bien sabía de ello. Es por eso por lo que el triunfo de Bartali en el Tour del 38 ensanchó el ego del Duce, que con este triunfo quiso apuntarse un tanto contra la enemiga Francia. Pero Bartali, aunque durante décadas etiquetado como el ciclista del fascismo, supo, aunque en la sombra y como hacía en las carreras, escapar a todo ello. Ferviente católico, un tipo sencillo, humilde, trabajador y de profundas y arraigadas tradiciones desde que llegó al mundo en Ponte a Ema, a las afueras de Florencia, el ciclista del pueblo decidió que, ya que no podía seguir engordando su palmarés ciclista, agrandaría su leyenda como persona.

Y fue por ese motivo por lo que, tres años después de su muerte en el año 2000, salieron a la luz unos documentos que guardaban el mayor de los secretos que escondía el toscano. En esos archivos se descubrió que Bartali había dedicado dos años de su vida a salvar a unos 800 judíos durante el último gran conflicto bélico mundial.

La red clandestina

Aprovechó su fama nacional para, dentro del cuadro de su bicicleta, transportar pasaportes y salvoconductos falsos para evitar que los fugitivos perseguidos por el fascismo desfilaran en trenes de la muerte hasta los campos de concentración nazis. Toda una red clandestina confeccionada por Giorgio Nissim –su hijo fue el que descubriría los documentos hace poco más de una década– y que incluía también a obispos y otros miembros de la jerarquía eclesiástica, que escondían a los judíos en sus iglesias.

El artífice, el mensajero del bien y el libertario Bartali, era el enlace perfecto. Recorría cerca de 300 kilómetros diarios para salvar vidas y cuando la Policía le paraba ni se molestaba en preguntar. Daban por hecho que estaba entrenándose e incluso se fotografiaban con él y le pedían autografos. Lo que no sabían es que en esa inocente bicicleta llevaba la libertad de cientos de personas que dependían de sus piernas para poder vivir su vida.

Un acto heróico como algunos otros ejemplos de la época. Fue el caso del empresario Oskar Schindler o, también en el mundo del deporte, del boxeador alemán Max Schmeling, que ayudó a varios judíos a librarse de la muerte segura en los campos de exterminio nazi dándoles dinero y escondiéndolos en diferentes lugares para que más tarde pudieran escapar.

La mejor decisión

También el púgil aprovechó su gancho mediático tras haber pasado a la historia por vencer al aún joven –aunque ya Bombardero– Joe Louis en un combate en Nueva York por el título de los pesos pesados en 1936, año en que Bartali ganaba su primer Giro y tras el que a punto estuvo estuvo de abandonar el ciclismo debido a la prematura muerte de su hermano Giulio.

Pero su familia logró convencer al gran Gino Bartali de que no lo hiciera. Por suerte para él, para el ciclismo y para la vida de cientos de personas que sin su proeza hoy no podrían recordarle en el homenaje que se le rendirá en la aparentemente intrascendente décima etapa entre Módena y Salsomaggiore Terme.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de Marca

image beaconimage beaconimage beacon