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El primer gran éxito de un equipo legendario: San Antonio

AS AS 14/06/2014 Manuel de la Torre

Hoy en día, a un paso de conquistar su quinto anillo, los elogios para San Antonio se acumulan. No son pocas las voces que califican a los Spurs como el mejor equipo de lo que llevamos de siglo XXI. Dejando a un lado este debate, lo que sí resulta indudable es que la franquicia texana ya forma parte de la historia dorada de la NBA. Su manera de jugar, la facilidad para sacar talentos de debajo de las piedras y el hecho de que mantengan y consigan mejorar al mismo tiempo el bloque con el paso de los años hace que nos encontremos ante un equipo legendario. Pero, ¿hasta dónde hay que remontarse para encontrarnos con el inicio de este exitosa etapa? Los aficionados más jóvenes, aquellos que se encuentran inmersos en la ESO, no habían ni siquiera nacido. Hay que remontarse a las Finales de 1999 para poder contemplar los cimientos de su éxito. Nada más y nada menos que 15 años. Asusta, ¿verdad? Pues para ser justos, habría que bucear aún un poco más en el tiempo para dar con el verdadero origen de la leyenda.

Duncan y Robinson taponan a Sprewell, ante la mirada de Camby y Elliott. © Proporcionado por AS Duncan y Robinson taponan a Sprewell, ante la mirada de Camby y Elliott.

10 de diciembre de 1996. Horas antes de rendir visita a los Suns en Phoenix, el por entonces general manager de los Spurs, un tal Gregg Popovich, decidió despedir a Bob Hill, hasta la fecha el técnico que más lejos había conducido a los texanos en la Liga (final de Conferencia), para pasar a ocupar su lugar. Resuelta la primera parte de la ecuación, quedaba desvelar la segunda: encontrar un compañero de garantías para David Robinson, uno de los pívots más dominantes en la historia de la competición (por algo fue elegido entre los 50 mejores jugadores de todos los tiempos en la NBA). La solución llegó en forma de compensación a su desastroso curso 95-96, una campaña que había comenzado cargada de ilusión con el fichaje de Dominique Wilkins (en su cuesta abajo, eso sí) pero que las lesiones únicamente le permitieron al 'Almirante' Robinson disputar un total de seis encuentros y a Sean Elliot (un alero que se acabaría convirtiendo en el primer jugador en competir tras recibir un trasplante de riñón) la mitad del año. Como decíamos, el premio de consolación se tradujo en número uno del draft de 1997. Una elección que hizo que Tim Duncanaterrizara en El Álamo. Su llegada revolucionó por completo al equipo, el cual pasó de sumar apenas 20 victorias a cosechar 56 triunfos en simplemente 12 meses de diferencia. Algo comenzaba a moverse en Texas.

Ahora ya sí, una vez contextualizados los antecedentes, toca explicar los hechos. Curso baloncestístico (como diría un grande de esto, Andrés Montes) 98-99. El primero tras el segundo adiós a la Liga de su majestad 'Air' Jordan. Y también el del tercer y más longevo de los cuatro lockouts que ha sufrido la NBA. El cierre patronal de la Liga se prolongó hasta el mes de enero y obligó a acortar la temporada regular a sólo 50 partidos, así como a forzar la primera y única cancelación del fin de semana del All Star (el cual estaba previsto que se celebrase en Philadelphia). Como no podía ser de otra manera, estos hechos dejaron muy mermada la imagen de la Liga, huérfana de su gran referente y cuyo sistema de competición había saltado por los aires. Al rescate del por entonces comisionado David Stern acudieron los sorprendentes Knicks de Jeff Van Gundy, que se convirtieron en el primer y único equipo en llegar a la ronda decisiva tras partir como último cabeza de serie de su Conferencia. Este tipo de hazañas son las que ayudan a reparar el daño causado. En el deporte, y mucho más en el baloncesto, no hay enemigo pequeño. Las historias de superación, de David contra Goliat siempre gustan. Sin embargo, para decepción de los aficionados neoyorquinos por el camino se cruzó otra historia que el paso de los años ha acabado por demostrar que resulta incluso mejor. La de un grupo de amigos que, empleando el sentido común y las más elementales dosis de compañerismo y compromiso, levantó de la nada a la cuarta mejor franquicia de la historia de la Liga. Sólo Celtics (17), Lakers (16) y Bulls (4) tienen más anillos que San Antonio Spurs (cuatro a día de hoy).

En su segundo año en la Liga, y ya formando un tándem interior de auténtico lujo junto a Robinson, Duncan, quien tuvo que readaptarse al puesto de cuatro para formar semejante y exitosa sociedad, ya ejercía de líder. Ya era el hombre de confianza en la cancha de Gregg Popovich y sus números así lo demostraron (21,7 puntos, 11,4 rebotes y 2,5 tapones). Este último, además de ser el encargado de dirigir la franquicia desde la banda siguió ejerciendo como director de operaciones en los despachos hasta la llegada de R. C. Buford (otro genio en este arte de apostar por jugadores que pasan desapercibidos para el 99% de los mortales) apuntaló el roster con la contratación de Mario Elie, un veterano escolta que se haría un hueco en el quinteto titular. San Antonio concluyó la regular season con el mejor récord (37-13), igualando con los Jazz de un Karl Malone que le arrebató el MVP a Tim. La trayectoria del equipo en los playoffs fue aún mejor. Se plantaron en las Finales tras ceder un solo encuentro (en primera ronda ante los Timberwolves). Lakers y Blazers fueron barridos por la maquinaria spur.

Por su parte, en los Knicks el camino no fue tan apacible. Las expectativas creadas en torno a la franquicia con las incorporaciones de Marcus Camby y Latrell Sprewell se enfriaron al poco de iniciar la temporada. La química en el vestuario no se construye de la noche a la mañana y si las lesiones se ceban con tu gran referente, Patrick Ewing, y con otros jugadores llamados a ser protagonistas como el propio Sprewell, las circunstancias se agravan. Con el puesto de Jeff Van Gundy en la cuerda floja y en plena pugna por hacerse con la octava posición en el Este, la franquicia optó por despedir a Ernie Grunfeld, general manager y auténtico arquitecto de la plantilla. Los de Manhattan acertaron y consiguieron obtener el último billete para la postemporada. Ya en ella, acabarían deshaciéndose (3-2) en primera ronda de los Heat gracias a un lanzamiento sobre la bocina de Allan Houston en el quinto duelo. Seguían adelante. Atlanta e Indiana no supondrían un problema. Los poderosos Spurs pasaban a ser el último obstáculo que se interponía de cara a conseguir el tercer anillo.

Sin embargo, la baja de Ewing tras la lesión que sufrió en la pierna izquierda durante la final de la Conferencia Este acabó siendo determinante. New York añoró en exceso a su pívot y no consiguió parar a las 'Torres Gemelas' texanas. Robinson y Duncan supieron sacar provecho de esta circunstancia. Entre ambos promediaron 44 puntos y más de 25 rebotes y 5 tapones a lo largo de una serie que no se acabaría prolongando en exceso. Los de Popovich firmarían el certificado de defunción de sus mermados rivales en el quinto encuentro, precisamente el más igualado de toda la eliminatoria y el único que se resolvió en los instantesfinales. Curiosamente, fue Avery Johnson el héroe de aquel encuentro disputado en el Madison Square Garden. El base honró la confianza ciega que Popovich tenía puesta en él con un lanzamiento desde la esquina izquierda a 47 segundos del final que estableció el definitivo 77-78. Antes Duncan había vuelto a dominar a su antojo (31 puntos y 9 rebotes), dando réplica al partidazo de Latrell Sprewell (35 puntos y 10 rebotes), el gran referente knick a lo largo de las Finales. Sin embargo, su lanzamiento a la desesperada no logró sortear el poderío de la pareja de pívots texana, sirviendo dicha imagen como metáfora de lo que fue la serie.

Antes los Spurs se impusieron con claridad en los dos primeros duelos, los únicos que jugó como local. Con el traslado a Nueva York, los Knicks encontraron un resquicio en el tercer encuentro (89-81) gracias a la gran actuación de Allan Houston, autor de 34 tantos (la única vez que superó la barrea de los 20, otro indicio más de lo carentes que estuvieron de referentes anotadores). En el cuarto duelo ambos quintetos rayaron a buen nivel, pero la superioridad texana en el rebote (49 capturas por 34) acabó resultando crucial. Avery Johnson simplemente remató dos días más tardes el gran trabajo de San Antonio, a la par que los Knicks fueron iniciando de una manera lenta y dolorosa su descenso a los infiernos.

Aquellas Finales nos depararon dos datos a tener en cuenta. El primero, el de las pobres anotaciones logradas por ambos equipos. Ni Spurs ni Knicks alcanzaron los 100 puntos en ninguno de los cinco partidos, es más sólo los de Popovich pudieron superar los 90 en una ocasión (96 en el cuarto duelo). Tal escasa producción no es achacable a ninguno de ambos contendientes, sino a la vorágine defensiva en la que se encontraba inmersa la Liga durante aquella época. El otro dato revela la forma de entender el baloncesto que tenían y siguen teniendo los Spurs de Pop. Ese apuesta por el juego en equipo, el movimiento de balón con criterio, la necesidad de lograr ese extra pass para encontrar a un compañero mejor situado se traduce en la escandalosa cifra de asistencias sumadas a lo largo de la eliminatoria: 101. Más de 20 por encuentro.

Ese es la cifra que indica que los texanos han marcado una época. Que su legado, independientemente de lo que ocurra en el desenlace de estas Finales, irá mucho más allá que el número de anillos que puedan esgrimir. Lo destacable es la manera y el cómo los consiguieron. Un equipo inmortal, que se ha mantenido impasible al paso del tiempo. El 'Almirante', Johnson, Elie o Elliott ya no continúan en el equipo, pero los Ginóbili (casualidad o no, drafteado ese mismo verano), Parker y ahora Leonard se han mantenido fieles a una tradición que guardan dos leyendas de las que, agradézcanselo a quien quieran, aún podemos disfrutar en vivo: Gregg Popovich y Tim Duncan.

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