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El Tour más patético

El Periódico El Periódico 15/07/2016 Sergi López-Egea

Entre el esperpento y el caos, entre el desastre y la comedia, de las malas, de las que no provocan carcajadas, entre el peligro y un éxito de los que a veces matan, desbordados por las circunstancias, por decisiones que no figuran en los reglamentos, textos que no siempre son justos, pero que se han escrito para aplicarse. El Tour, al menos este jueves, fue una verdadera calamidad con una imagen que ya marcará esta edición. Si alguien creía que ya lo había visto todo en este deporte es porque no observó este jueves a Chris Froome corriendo a pie y sin bici por las cuestas del Ventoux.

El Tour, la perfección, la prueba solemne, considerada como un monumento aliado a la cultura, comete errores, un arco que se deshincha y le cae encima de un corredor que había atacado al resto, y en plena cruzada por la seguridad, con más gendarmes que nunca, policías por todas partes, como los que se pasearon el miércoles por la meta de Montpellier vestidos de paisano y con la pistola en la cintura (daba miedo verlos), nadie puede controlar a la masa, la que se reunió en los últimos kilómetros de un Ventoux recortado por la ventisca, rachas por encima de los 100 kilómetros, todo el público que ya el martes había tomado posiciones en lo más bello de la montaña provenzal, allí donde las piedras y la tierra se han comido a la vegetación, se concentraron en apenas dos kilómetros. La moto de la televisión que no encuentra pasillo; la motocicleta que frena porque nadie había previsto su acceso, que cae justo cuando captaba las imágenes de un Froome majestuoso, que había asestado un golpe ganador a Nairo Quintana, acompañado de su amigo pero rival Richie Porte y de Bauke Mollema, el trío más acertado en las cuestas del Ventoux. Y los tres se fueron por los suelos, los tres caídos frente a un muro de público tan denso como un bloque de hormigón.

Quedaban menos de tres kilómetros, poco importaba que, por delante, el belga Thomas de Gendt ganase la etapa ante su compatriota Serge Pauwels y el batallador Dani Navarro, el líder del Cofidis. La imagen, la que a los instantes comenzó a dar la vuelta a un mundo que respira de las redes sociales, era la de Froome, desconcertado, sin bici, corriendo a pie -y rápido pese al desnivel y las calas de sus zapatillas- buscando la meta desesperadamente. Un Froome (el ciclista, como todo deportista, debe conocer el reglamento, aunque a veces no sea justo) que, como cualquier otro corredor, puede ir a pie, si se le rompe la bici, como fue su caso -una segunda moto le impactó por detrás y dejó su bicicleta escacharrada- pero nunca jamás sin su vehículo. Una acción que, reglamento en mano (artículo 14) podía suponerle una sanción de 200 euros y la expulsión de carrera, o cuanto menos que el tiempo que empleó corriendo sin bici no le contabilizase.

La explicación de Froome

"Me puse a correr porque sabía que el coche de mi equipo con la bici estaba a cinco minutos. La moto me la había roto. La decisión de los comisarios de carrera ha sido la justa y por ello aplaudo a la organización», justificó un Froome a quien, en un primer y largo instante (cerca de una hora) se le había dado el tiempo perdido por el accidente, supuestamente (también reglamento en mano) «un incidente de carrera»: 1.40 cedido con Mollema, su compañero de fuga y el que mejor dribló a motos y público, y 1.14 con Quintana, en un mal día, asfixiado por el aire, precipitado en sus ataques y con decisiones en carrera difíciles de justificar. Cada día, y este jueves no fue la excepción, se le está escapando la opción de ganar el Tour, ante un Froome que a pie o en bici se muestra más fuerte que él.

Froome cruzó la meta en la segunda bici que recibió, la de su equipo, tras subirse a la del coche neutro, el que circula antes del de los vehículos de las escuadras, el que va más cerca de los fugados. Pero no era de su talla, no pedaleaba bien y hasta dio la impresión que las calas, las que movió como un maratoniano en plena carrera, no se ajustaban para dar impulso a las ruedas. Porte lo hizo un poco antes porque su bici no estaba averiada, para atravesar la línea de llegada igual de cabreado que el británico aunque sin morderse la lengua: "¡Esto es un desastre! ¡Hay público por todas partes! ¡Tienen que hacer algo!", chilló el ciclista australiano del conjunto BMC.

Los comisarios del Tour consideraron que el accidente de Froome fue «un hecho extraordinario» e hicieron la vista gorda a su carrera atlética por el Ventoux y, por esta razón, este viernes saldrá de amarillo y el último para tratar de golpear de nuevo a todos sus rivales, en el arte de la contrarreloj (37,5 kilómetros, en el departamento de Ardèche, en el margen derecho del río Ródano), una especialidad que domina mejor que nadie, como ya demostró en su primera victoria, en el 2013, puesto que el año pasado las ‘cronos’ quedaron excluidas del recorrido.

"A partir de ahora habrá que hacer un nuevo reglamento para que se aplique a cada corredor, según las circunstancias y en cada carrera", protestó Eusebio Unzué, mánager del Movistar. "El ciclismo es así. Fue una circunstancia de carrera", dijo Alejandro Valverde antes de conocer la decisión de los comisarios en un día de locos por el Ventoux.

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