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Houston Rockets, de vacaciones: aroma a fracaso y algunas dudas

AS AS 05/05/2014 Juanma Rubio

Para poner la nota de final de curso a la temporada de Houston Rockets hay que entender de dónde venía y hacia dónde iba el equipo. Desde luego, ha sido una buena temporada. Houston ha jugado bien, en algunos tramos escandalosamente bien, y ha ganado 54 partidos. Ese 54-28 le elevaba nueve victorias por encima de su balance de la 2012/13 y le propulsaba del octavo al cuarto puesto del Oestemás igualado y competitivo que se recuerda. Y le tuvo hasta casi la línea de meta persiguiendo a los Clippers en busca del tercer puesto y un lugar en el podio del Wild West. 54 victorias: el mismo balance que los Heat y sólo peor que los de Spurs, Thunder, Clippers y Pacers. Y de ahí a un duelo trampa de primera ronda de playoffs ante unos Blazers también en 54-28 y que se impusieron tras seis partidos inolvidables, tres de ellos resueltos en la prórroga, y gracias a un triple de Lillard sobre la bocina en el sexto. Nueve décimas antes, Parsons había anotado la canasta que parecía sellar el 3-3 y el regreso a Houston para el punto y final de una serie que acabó sin embargo 3-4 para los Blazers a partir de una igualdad casi claustrofóbica: 672-670 en el total de puntos… a favor de los Rockets.

Tildar de fracaso una excelente Regular Season por un patinazo en playoffs tras una serie maravillosa y jugada al límite puede parecer duro, casi injusto. Pero la realidad es que para muchos analistas estos Rockets eran una amenaza de primer nivel para los favoritos de facto en el Oeste, para algunos incluso aspirante exprés al anillo. Y no deja de ser cierto que, circunstancias al margen, en el ecosistema caníbal de la NBA no dar un paso adelante a la hora de la verdad es dar dos hacia atrás: 4-2 en contra en los playoffs de 2013 ante Oklahoma City Thunder, 4-2 en contra en los de 2014 ante Portland Trail Blazers. Una vez octavo contra primero, la otra cuarto contra quinto: mismo resultado.

© Steve DYKES

La revolución Morey, en la encrucijada

Houston añadió el pasado verano a Dwight Howard (87’5 millones por cuatro años), en lo que en los Lakers se vio como el rapto de las Sabinas, para formar una de las mejores parejas interior-exterior de la NBA: James Harden-Dwight Howard. Dos All Star de 24 y 28 años en un salto de calidad que debería ser vacuna suficiente contra una eliminación temprana y que dejaba muy avanzada la revolución copernicana de Daryl Morey. Un salto al vacío en el que las cosas han salido francamente bien hasta ahora. Del equipo de hace dos temporadas, la 2011/12, quedaban en el arranque de esta Chandler Parsons y Greg Smith. Se fueron un núcleo de jugadores atractivo para la mayoría de General Managers de la liga. Chase Budinger, Goran Dragic, Samuel Dalembert, Jordan Hill, Courtney Lee, Kyle Lowry, Kevin Martin, Luis Scola… Morey tenía un plan.

El costalazo ante los Blazers tiene dos padres, uno arraigado en la confección del roster y otro relacionado con la mala ejecución en los minutos decisivos de la postemporada, el clutch time que separa el grano de la paja. El primero responde a las limitaciones estructurales que impidieron poner la guinda al pastel: los más de 20’5 millones de Howard junto con los 13’6 de Harden a los que hay que sumar los más de diez que han cobrado entre Omer Asik y Jeremy Lin… que serán casi 30 (14’8 por cabeza) en la 2014/15. Ingeniería de despachos que acabó en acrobacias de un Morey que no pudo colocar después al turco, ni en verano ni en enero, y que sabía que a partir de dos estrellas y un buen jugador (Howard-Harden y un Parsons todavía en 926.000 dólares de contrato rookie) el equipo funcionaría pero seguiría corto en dos posiciones: el base y el ala-pívot. Preferentemente se necesitaba un uno defensor y capaz de jugar lejos del balón y de tirar bien, y un cuatro que jugara abierto y despejara la zona para Howard. Por eso sonaron Rondo o Josh Smith y por eso suena ahora Carmelo Anthony, al que querrían replicando el rol de falso 4 que tan bien le funcionó en la temporada 2012/13 en Nueva York. Pero no sucedió nada y la Regular Season fue un casting que despejó pocas dudas.

En el puesto de base, Jeremy Lin es un anotador de rachas y trances de confianza, válido para el banquillo pero poco creador y apenas regular. Y discreto en defensa, donde el equipo necesita a un Patrick Beverley que trabaja a pleno rendimiento pero aporta muy poco en ataque. En playoffs fue especialmente evidente que cada uno da lo que quita el otro. Beverley, con la salud en el alambre, se ha quedado en 8’7 y 1’8 asistencias por partido. Lin ha acabado en 11’3 y 4’3 pero con la sensación de que un equipo en sus manos perderá más veces de las que gane: 4, 13, 5 y 14 puntos en los últimos cuatro partidos. Una montaña rusa. De las deficiencias en el backcourt queda como testamento el experimento Troy Daniels, el rookie sin draftear que apareció con la final avanzada y McHale buscando soluciones a la desesperada. Aportó, con un 53% en triples que incluyó el que ganó el tercer partido. Pero era, claro, más parche que solución. Con los sesos devanados, el técnico jugó un tramo del último cuarto del sexto partido con Beverley y Lin en pista… y Harden defendiendo en el puesto de center a Robin Lopez. No salió bien. Claro.

En la casilla del power forward las pruebas anteriores resultaron aún más estériles: Motiejunas ni debutó aunque jugó 62 partidos en Temporada Regular. Terrence Jones (una buena noticia: 22 años e incuestionable paso adelante en su segunda temporada) pasó de más de 27 minutos por partido a 23, apenas solución de urgencia según avanzó una serie en la que McHale encontró finalmente el equilibrio con la pareja Asik-Howard, un muro que limitó a Aldridge después de los 89 puntos y 26 rebotes que les había descerrajado el blazer en los dos primeros partidos de la serie. Una paradoja: la pareja imposible de centers sin tiro más allá de dos metros del aro fue una sugerencia de principio de temporada que el mercado no rompió y que obviamente sólo puede funcionar en tramos de partidos muy determinados o ante rivales muy concretos. Portland era, de hecho, uno de los que lo permitía por la estilo de un Aldridge al que perseguía Asik con ayudas largas de Howard. Una fórmula que desde luego no habría valido ante equipos con capacidad para recurrir muchos minutos a quintetos mucho más pequeños: Thunder, Spurs, Clippers o Warriors.

El estilo McHale, con transiciones rápidas y agresividad en el primer tramo de las posesiones, es ideal para la Temporada Regular pero no lo es tanto para el baloncesto de trincheras de los playoffs. Y bendice a Harden y Parsons pero lleva con la lengua fuera a Howard. Aunque McHale hilvanó bien sus mimbres, se atasca en los minutos decisivos de los partidos decisivos. Ahí es necesaria una ejecución en cinco contra cinco que ha resultado cuestionable. Un drama para un equipo que concede demasiado en defensa sin más especialistas que Beverley, Howard y, como mucho, Asik. Las lagunas de Parsons y los océanos indulgentes de Harden asomaban desde noviembre como el problema que ha acabado siendo. Los Rockets han sido el equipo más anotador (112 por partido) y el más reboteador (49’2) de la primera ronda. Pero han bajado sus porcentajes ante unos Blazers que tampoco especialistas defensivos por vocación y que les hicieron además 111’7 puntos por noche. En tramos largos de la eliminatoria, Houston pareció mejor. En la resolución de los partidos, los Blazers jugaron mejor sus bazas en ataque y defensa. Y tuvieron más estabilidad entre sus porcentajes de Regular Season y los de playoffs.

Finalmente, y por encima del resto de debates, emerge el cubo de Rubik que sólo resuelven los equipos verdaderamente ganadores: cómo dar el salto al siguiente nivel, lo que claramente no han hecho los Rockets, y en qué hombros apoyarse para hacerlo. Y ahí es donde se recrudecen los análisis porque el escenario que podría haber demolido a Dwight Howard está sepultando en realidad… a James Harden. O al concepto de equipo, quizá basado en dos grandes segundas espadas y no en una primera y media como se pensaba el pasado verano. O eso parece ahora, cuando todo ha terminado mal.

Harden, en la encrucijada

Dwight Howard ha jugado una excelente eliminatoria. En su mejor momento físico de los últimos tres años, ha defendido en su mejor versión, un ancla con los errores minimizados que actuó como una plaga sobre los porcentajes de los Blazers cerca del aro. Además, ha resultado fiable en ataque y por encima de las lagunas que parecían impedirle ser determinante en los minutos decisivos: tiros libres y juego al poste. No en vano los Rockets vivieron durante ocho minutos del último cuarto del sexto partido de trece puntos seguidos del pívot, que ha terminado promediando 26 puntos, 13’7 rebotes, 2’8 tapones por noche con un 54’7% en tiros y un digno 62’5% en tiros libres. Sin aspavientos y sin pérdidas de nervios. El mejor Howard se fue elevando según avanzaba la eliminatoria como la piedra sobre la que se edificaba la resistencia rocket más allá de la irregularidad de Parsons con el estoque… y de la soledad James Harden.

Harden es el expediente X de estos playoffs. Limitado por dos excepcionales defensores de perímetro como Matthews y Batum, ha pasado un vía crucis rematado con dos fallos en el último minuto del último partido, en el que salió como un tiro pero terminó pareciendo minúsculo. Cabizbajo y taciturno, superado por las dificultades, ha pasado por la serie en 26’8 puntos de engañosa media: se ha quedado en el 37% en tiros de campo y un inadmisible 29% en triples: ha tirado nueve y ha metido menos de tres por partido. Ha necesitado 133 tiros de campo para meter 166 puntos. Ha bajado sus visitas a la línea de tiros libres y ha necesitado 3’5 pérdidas para dar 5’8 asistencias. Un ratio bajo. Casi nada le redime: ni constante en el liderazgo ni decisivo en las resoluciones ni mucho más implicado en defensa (casi nada) que en cualquier partido de Regular Season. Con vicios impropios de sus 24 años que le han limitado en ataque a forzar demasiado a partir aclarados resueltos con tiros bien contestados, poco para un jugador de su talento y al que no se puede enterrar ahora como jugador franquicia -recuerdo: 24 años- si bien sale de estos playoffs muy afeado por una actuación en formato deja vu.

En la final de 2012, la que escenificó su ruptura con los Thunder, Harden desapareció ante los Heat preso de una melancolía que le dejó sin sitio y en 12’4 puntos y casi más pérdidas que asistencias con, además, un 37% en tiros. Venía de firmar hasta entonces en playoffs casi 18 puntos por partido. Esta eliminatoria no destruye, ni siquiera ante el espejo de 2012, a James Harden, pero le define en el punto actual de su carrera y le entrega un objetivo claro para el futuro a corto plazo.

En Houston no ha cundido el pánico y todo apunta a que seguirá un McHale que ha cubierto el último año garantizado de su contrato pero que tiene el apoyo del vestuario y la bendición del propietario, Leslie Alexander. El equipo, el proyecto Morey, ha dado dos zancadas enormes en dos años aunque no estaba tan cerca de la línea de meta como pensaban los analistas más optimistas. Hasta ahora ha sabido construir a partir de la política de tierra quemada, con creatividad y riesgos. Ahora viene lo más difícil: el empujón, un salto definitivo a una categoría de candidato a todos los efectos que ahora mismo no tiene.

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