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Iwao Hakamada: 48 años en el corredor de la muerte

MundoDeportivo.com MundoDeportivo.com 01/05/2014 David Llorens
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Ya ha cumplido los 78 años. No rige demasiado bien, a veces se desorienta y no recuerda su nombre, ni su vida. Su mente porosa, sus lagunas sin fondo, no son un achaque de la edad, sino una funesta consecuencia de sus últimos 48 años de vida, encerrado en una celda de aislamiento en el corredor de la muerte de una prisión japonesa. Nadie ha estado tanto tiempo como el recluso Iwao Hakamada esperando la fría caricia de la guadaña. Y lo peor del caso es que fue condenado por un crimen que seguramente no cometió.

Hakamada fue, tanto tiempo atrás que le parece otra vida, un buen boxeador, uno de los mejores del Japón. Lo sigue siendo, porque apenas ha conocido otra profesión que el pugilismo. Desde 1959 hasta 1961 fue campeón nacional del peso pluma y su nombre llegó a figurar en el sexto peldaño del escalafón mundial. Disputó 29 peleas como profesional (16 victorias, 11 derrotas, 2 nulos) y acabó por dejarlo porque en aquella época y en aquel país los boxeadores eran tipos mal vistos, y eso no encajaba con su carácter afable.

Como tenía que ganarse el pan entró a trabajar en una fábrica de miso, la pasta fermentada de soja y cereales que se utiliza profusamente en la cocina japonesa. Hasta que su vida se torció del todo el 30 de junio de 1966.

Aquel día se desató un voraz incendio en casa de uno de los responsables de la fábrica; Iwao, como muchos otros trabajadores, acudió para colaborar en las tareas de extinción. Dentro de la casa se hallaron los cadáveres del jefe, su esposa y sus dos hijos. Días después, el forense dictaminó que la causa de la muerte no fue el incendio, sino que les habían cosido a puñaladas. Además, habían sustraído 200.000 yens de la caja fuerte.

La policía no tardó en sospechar de Hakamada, estigmatizado por su pasado de boxeador. Los investigadores aseguraron haber hallado en su casa dos pijamas manchados de sangre y gasolina, suficiente para detenerle.También se encontró la presunta arma homicida, un cuchillo de pelar fruta. Un mes más tarde Hakamada, que tenía entonces 30 años, firmaba una confesión adjudicándose la autoría de los hechos. Caso cerrado. O no.

El primer día del juicio por asesinato múltiple se retractó de su confesión. Explicó que la policía le había interrogado durante 23 días seguidos a razón de 16 horas diarias, en las que no se le permitía ni comer, ni beber, ni ir al baño, y que le torturó. Además, en ningún momento le permitió hablar con un abogado.

Un error tras otro

Lo que aconteció los días sucesivos debería estar en los anales de la mala praxis policial y procesal. La fiscalía no presentó como prueba los pijamas, sino cinco piezas de ropa manchadas de sangre halladas en un bidón cercano a la fábrica 14 meses después del asesinato; sustentaba su hipótesis en el tipo sanguíneo de las manchas, que cuadraba con las víctimas y con el presunto homicida. Fue suficiente para condenarle: los tres jueces que presidían el proceso le declararon culpable y fue sentenciado a muerte. Corría el año 1968.

La Asociación de Boxeadores de Japón fue la primera que se movilizó en su defensa, argumentando que se le prejuzgaba por su pasado pugilístico. Incluso corrió con los gastos de las diversas apelaciones, que tras varios años llegaron hasta el Tribunal Supremo, quien las desestimó al fin y programó la ejecución del preso para el 11 de noviembre de 1980. Si no se cumplió la condena fue porque el Ministro de Justicia japonés se negó a estampar su firma, un trámite imprescindible, porque consideraba que el juicio no había probado la culpabilidad de Hakamada. Iwao fue confinado en régimen de aislamiento, prohibiéndole hablar con los guardias y sin permitirle apenas visitas.

Tras 13 años en prisión, el boxeador decidió seguir luchando y contrató, gracias a las ayudas de las voces que se habían levantado en su defensa, a un nuevo equipo de abogados, que se propuso reunir nuevas pruebas lo suficientemente sólidas como para obligar a repetir el juicio. Tardarían otros 13 años en lograrlo.

Descubrieron errores flagrantes: los pantalones ensangrentados que supuestamente pertenecían a Hakamada eran varias tallas más pequeños de lo que correspondía a su defendido, la supuesta arma del crimen no casaba con las heridas de los cadáveres, y la puerta por la que presuntamente accedió Hakamada a la vivienda estaba cerrada con llave por dentro. Es decir, la condena se sustentaba en pruebas tan volátiles como el humo.

Pese a las nuevas y palmarias evidencias, en 1994 se denegó un segundo juicio. Hakamada persistió, y recibió nuevas negativas en 2004 y 2006. Su caso ya ni siquiera estaba en sus manos; un movimiento de 500 amigos, entre ellos varios campeones del mundo de boxeo, estaba decidido a devolverle su reputación a cualquier precio. Y no hizo más que alimentar su determinación el hecho de que uno de los tres jueces que le condenó se retractara en 2007, solicitando incluso pedir perdón al preso personalmente, petición que le fue denegada.

Apoyo de 'Huracán' Carter

Amnistía Internacional hizo bandera del caso Hakamada, al que le llovían apoyos ilustres, como el de otro púgil, el estadounidense 'Huracán' Carter, que estuvo 20 años encarcelado por un crimen que no cometió, o el del actor británico Jeremy Irons. En 2010 se estrenó un documental sobre el polémico caso, que dio mayor eco a su tragedia personal.

En el año 2012, por fin, se pudo comparar el ADN de la sangre de las prendas con el de Iwao Hakamada. Como era de esperar, no casaba. La principal prueba acusadora se venía abajo.

El pasado marzo del actual 2014 fue liberado de prisión a la espera de un nuevo juicio, que se desarrollará próximamente. Llevaba 48 años en la cárcel. La celda de aislamiento acabó por corroerle las neuronas y siempre va de la mano de su hermana mayor, Hideko, porque se asusta y se pierde. Nadie sabe si vivirá lo suficiente para ver su nombre rehabilitado.

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