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La defensa, ese misterio

AS AS 11/03/2014 Juanma Trueba

Existen mundos ignotos hasta para el más aplicado alumno de baloncesto. No digo que sea mi caso, pero podría serlo. Vale. Es mi caso. Ni varias vidas en vela me servirán para aprobar la última asignatura de la carrera de basket. Ni la lectura de las obras completas de Bill Simmons. Ni la compresión (aproximada) del triángulo ofensivo. Ni el liderato en el Fantasy de la ESPN (“Todos somos Oden”). Digámoslo sin tapujos: los aprendices jamás entraremos en el círculo. Lo nuestro es una beca de renovación infinita y progresión imposible (como las otras, aproximadamente). Cuando creas que sabes bastante, el experto te hará ver que todavía no sabes nada. Y lo que es peor: probablemente no tengas aptitudes para entenderlo jamás. Hablo de ese maestro zen que guía los pasos de cada pequeño saltamontes. Mi sensei es Iñako Díaz-Guerra, habrán oído hablar de él. Fumanchú era más piadoso.

El proceso siempre es el mismo. El novicio intenta incorporarse a una conversación ya iniciada con la misma candidez del niño que busca amigos en el recreo. Para integrarse, emite algún juicio de cierto riesgo. Por ejemplo: “En mi opinión, Josh Smith es mejor que Joe Johnson”. En caso de no obtener respuesta (lo más probable), el meritorio insiste y provoca: “Claro que, como Darius Miles, no ha habido nadie”. “Si exceptuamos al mejor John Salmons…”. La escalada verbal crece ante la ausencia de respuestas: “Para mí, el Allen bueno es Tony, no Ray, y puedo explicarlo…”.

No te dejan, naturalmente. Lo siguiente es un demoledor rapapolvo. Todos los jugadores que te gustan (Pau, Love, Ross, CJ Miles…) arrastran un pecado imperdonable y una pega insoslayable: no defienden. Por ahí morimos todos los aprendices, por la defensa. Su comprensión nos excede y de eso se aprovechan los expertos para echarnos por tierra, con dos palabras, cualquier revelación nocturna, cualquier talento recién descubierto, cualquier ilusión: “No defiende”.

Así es amigos principiantes. No hay mayor vulgaridad que dejarse seducir por un anotador que no defiende. Aunque peor todavía, y por simple extensión, es caer enamorado de un equipo que no defiende nada y anota mucho: Minnesota. En ese punto me hallo. Sin evolución posible. Ignorante por genética y japonés de tanto fruncir los ojos para entender una defensa. Paciencia, sensei.

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