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Lagarto va a ser el reducto de España en el Mundial de Brasil

AS AS 09/06/2014 Aritz Gabilondo

Una lluvia ligera alivia el calor que desde primera hora se siente en Lagarto. El mercado ambulante se despierta sin apenas movimiento mientras la gente desayuna Pain de Queixo en la plaza Philomeno Hora. La avenida Presidente Vargas, la que corta de manera transversal Lagarto, es transitada por coches, muchas motos y hasta caballos montados por agricultores de localidades cercanas. Es un día más en la ciudad que vio nacer a Diego Costa, aquella en la que cultivó su pasión por el fútbol y de la que salió con 15 años para convertirse en estrella. Y lo logró.

Pero en Lagarto es algo más que eso. En Lagarto Diego es motivo de orgullo para sus vecinos, gente hospitalaria, generosa y humilde como el delantero de la Selección. Hablamos en el mercado con vendedoras que ordenan piezas de yuca y lo consideran casi un hijo. Tomamos un zumo en la taberna de Nilma y sus fotos, con el Atlético y también con la Selección, presiden el local. Nos adentramos en la escolinha Bola de Ouro de la que un día salió y comprobamos que no hay niño en Lagarto, en Sergipe entero, la región, que no le tenga como un ídolo.

Debate. “Algún día quiero jugar en Europa y ser como él”, cuenta alguno mientras da toques a un balón. “La culpa de que no vaya con Brasil no es suya, es de Scolari. Felipao no confió en él cuando debió hacerlo”, sentencia el más mayor de ellos con el discurso aprendido casi de carrerilla. Es el sentir generalizado. Todo el mundo en Lagarto quiere ver a España llegar muy lejos.

Lagarto es una humilde ciudad de comerciantes en la que no hay grandes lujos. © Aritz Gabilondo Lagarto es una humilde ciudad de comerciantes en la que no hay grandes lujos.

Ese anhelo de los chicos es lo que llevó a Diego Costa a recuperar la escolinha cuando hace unos años económicamente apenas subsistía. “Siempre que puede habla de Lagarto y de Sergipe. Le estamos muy agradecidos”, recuerda el alcalde Lila Fraga, encantado como buen político de aparecer en el momento oportuno y en el lugar oportuno.

Cerca de la calle Laudelino Freire, la arteria comercial, nos reunimos con Mercinho, amigo personal de Diego de la infancia. Nos lleva al campo de Sé Bento, a varios kilómetros del centro, allá donde el asfalto se convierte en camino rural: “Hasta aquí veníamos en bicicleta todos los días para jugar. Yo siempre quería ir en su equipo. El que iba con él ganaba”.

Es tierra de comerciantes y se percibe a las puertas del vetusto estadio de la ciudad, cuyo equipo, el Lagartense, apenas alcanza la categoría regional. Allí, un entrenador del que nadie prefiere acordarse rechazó a Diego cuando pasó una prueba siendo niño. Vaya olfato.

Afortunadamente para él no había pruebas en casa de la abuela, a las afueras de Lagarto, pasado el cartel de piedra que saluda al caminante al pasar. En esa granja tranquila de los Costa se respira paz y tranquilidad, pero también capacidad de superación y trabajo. “Siempre fue un chico humilde y obsesionado con el fútbol”, revela su padre José. De allí, de un recóndito pueblo llamado Lagarto, salió para siempre el niño que perseguía en bicicleta el sueño de ser futbolista...

No es ni capital del estado más pequeño del país

Lagarto está al nordeste de Brasil, en la región de Sergipe, la más del país. La capital del estado es Aracajú, a unos 75 kilómetros, también aeropuerto principal de la zona y por donde deben acceder y partir los lagartenses que quieran desplazarse fuera de su localidad. Sus 100.000 habitantes se dedican mayoritariamente a la agricultura. Hace unos años Lagarto era famoso por sus cultivos de café y naranjas, pero últimamente le han superado otros productos de la tierra como la yuca.

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