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"Me cambiaron por una planta"

SPORTYOU SPORTYOU 23/02/2016 Javier Coloma

Rafa Benítez. © EFE Rafa Benítez. Resulta curioso cómo han evolucionado las plantillas en las últimas dos décadas. Hay vestuarios que se han convertido en ghettos, en ecosistemas tan particulares y herméticos que ya solo aceptan la consanguineidad para negociar con ellos. Se acerca el momento en el que los vestuarios de los equipos sólo cederán ante ex-futbolistas del club. Hubo un tiempo en el que el Madrid encontró el equilibrio de su plantilla en Del Bosque; el Barcelona, con Guardiola (lo perdió con Martino y volvió con Luis Enrique); el Atlético con Simeone, la Selección Española con Luis Aragonés... En los banquillos, cada vez se extiende más la sensación de que sólo se admite gente que hable la jerga. Se han sustituido los entrenadores por profesores de plástica.

Con ese propósito llegó Zidane. A Zidane nadie le pide ecuaciones. Nadie esperaba que revolucionara los onces, que pusiera a Marcelo de extremo, que sentara a Cristiano o que fichara a Faubert. Su misión era amansar a una plantilla difícil a la que se le van los puntos de la tabla de la misma manera que le vuelan los del carnet de conducir. Medio ordenar una plantilla tan buena -pensaría el presidente del Madrid- que sería imperturbable a la deriva filosófica de un club que serpentea entre Pellegrini y Mourinho; entre Ancelotti y Benítez.

Florentino eligió a Zidane como la figura amable que logra la armonía entre todas las partes. Armonía que empieza por una afición que se dividió con Mourinho y después con Casillas, y que encuentra por fin el consenso en él, no de una manera práctica sino espiritual. El convenio se explica a través de un mismo anhelo. En cierto modo, con Zidane aparecía en el subconsciente colectivo la vaga idea de que, en un momento determinado de un partido, decidiría calentar él mismo en la banda y salir al campo a arreglar un entuerto. Parece difícil entenderle como entrenador habiendo sido tan buen jugador. Zidane siempre será visto como un futbolista, igual que las modelos nunca dejan de ser modelos porque nunca dejan de ser guapas.

Más allá de mirar al futuro, su fichaje fue una apuesta sugerente donde el Real Madrid viajaba al pasado para encontrarse consigo mismo. Su figura encarna todo lo que la afición echa de menos: divertise en el estadio sin pararse a contar los abrazos, sin hacer lectura de las sonrisas de Cristiano, sin saber si Kroos cenará el miércoles con sus compañeros. Zidane recuerda a las ruletas, a aquella volea de la novena. Zidane es el espíritu ganador, la elegancia y el romanticismo que el Madrid ha perdido entre los cheques del banco y los recibos de las camisetas (ahora parece mentira recordar que uno de los mejores futbolistas de su historia firmó su contrato en una servilleta).

Pero ha llegado el momento -y no ha tardado mucho- en el que a Zidane no le basta con el espíritu de Steve Jobs. Deberá cambiar algo si la cosa no funciona, coger las riendas, tomar decisiones; romper el consenso por algún lado. Su presencia no puede notarse tan sólo en las ruedas de prensa. Ahí ha inventado la media sonrisa al final de cada intervención como si “flasheara” a los periodistas al estilo Men in Black. La usa como los emoticonos del Whatsapp: todo vale si detrás hay una mueca. Tampoco puede notarse solo en las celebraciones de los goles o en los brillos de las miradas. Mientras él entrena, Benítez habla en Inglaterra de su despido como si fuera Amador Rivas, y cada vez puede tener más credibilidad su discurso: “Me despidieron y me cambiaron por una planta”.

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