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Mireia Belmonte: «Importa más el pelo de Sergio Ramos que mi récord»

ABC ABC 16/08/2016 Laura Marta

Mireia Belmonte, en Badalona.

Mireia Belmonte, en Badalona.
© Inés Baucells

Mireia Belmonte acaba de conseguir dos medallas en los Juegos Olímpicos de Río convirtiéndose así en la mejor nadadora española de la historia. Por su interés, recuperamos la entrevista realizada en 2013 por ABC.

Irradia optimismo, sencillez y elegancia desde lejos. Ataviada con sus pantalones cortos negros nuevos, su camiseta de tirantes y sobre unas zapatillas de deporte con tacones que todavía no ha domado, Mireia Belmonte luce moreno y figura construida en miles de horas de piscina. Le acompañan su madre, Paqui, y London, su mascota desde los Juegos Olímpicos en los que se hizo estrella nacional y con los que se situó en una élite que ella misma no cree merecer. Elige un granizado de limón, y después otro de fresa, con los que eliminar parte del calor que se acumula en la Rambla de Badalona donde mucha gente se fija en ella, pero es menos la que se atreve a felicitarla. Entre sorbo y sorbo, la doble medallista olímpica y triple medallista mundial dedica buena parte de la tarde a cuidar de su perro y conversar con tranquilidad y risas con ABC cuando los trenes lo permite.

Ya de vacaciones, por fin. ¿Qué es lo primero que ha hecho?

Dormir y luego quedar con los amigos. Hemos ido a la playa a nadar.

No está cansada de agua.

No, qué va, al revés. Si hay que ir a la piscina se va y si hay que tirarse de bomba, pues nos tiramos. Y si me retan a una carrera, voy. Aunque hoy hemos estado cogiendo peces. Lo único que me daba vergüenza verme con el bikini porque tengo toda la tripa blanca.

¿Se le va alguna vez la marca de las gafas?

No, es muy difícil de quitar con maquillaje, pero no quiero que lo haga nunca. Me ha costado mucho esfuerzo llevar ese símbolo.

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Tendrá que desconectar un poco.

Nunca lo haces del todo, me gusta mucho el mar y siempre hay alguien que te recuerda lo que has hecho y además esta mañana he tenido que levantarme para hacer un control antidopaje. He pasado siete en esta semana, de sangre y de orina.

¿Cómo se lleva la falta de intimidad?

Te acostumbras a todo. Por eso el mayor problema esta mañana ha sido saber qué ponerme. No iba a salir en pijama. Cuando hice el récord del Mundo normalmente te acompaña un guardaespaldas, pero en esa ocasión no hubo nadie y fui yo: «Hola, tengo que hacer el control, ¿no?». Si no, no te lo validan.

¿Qué va a hacer con el premio?

Guardarlo para lo que venga. Para pagarme la próxima Copa del Mundo o recuperar el dinero que he gastado en esta.

¿Salió de su bolsillo?

Sí, cuando me iba me dijeron: «Son 500 euros del hotel». Gracias. La Federación no nos pagó nada. Y fuimos solas, no había ni entrenadores ni fisioterapeutas ni nada. El resto de equipos llevaban al menos a una persona para que coordinara el grupo o de acompañamiento; nosotras, nada.

Encima, se exigen resultados.

La historia del récord del mundo es mejor. Tuve que viajar en un autobús durante nueve horas desde Eindhoven a Berlín, con las piernas totalmente encogidas. Llegué que las tenía reventadas. En cuatro días nadé dieciséis pruebas y necesitaba relajarme, pero ya me tuve que aguantar.

¿Faltan muchas ayudas?

Tenemos que aprender. Sí me ayudó el COE y las becas ADO, pero creo que si haces un esfuerzo y dedicas toda una vida a representar a tu país, lo mínimo es que te lo reconozcan y te ayuden todo lo posible.

Todo este esfuerzo no se ve cuando se consiguen las medallas.

La gente tiene que saber que detrás de ese éxito hay muchísimas horas y la carencia que tenemos de todo. Ayer salió que los de fútbol iban a meterse muchas horas en un avión para un partido, pero van en primera y seguro que les acompañan cien personas entre médicos y fisios. Soy la primera mujer en bajar de los ocho minutos en la historia de la natación, pero es más importante el rumor de un fichaje o el color de pelo de Sergio Ramos.

Es otra liga.

Sí, no podemos competir contra eso, pero debería venir la gente a pasar una o dos semanas con nosotros en Sierra Nevada, por ejemplo, para que se valorara más lo que hacemos.

¿Qué hacen las Ledecky, Franklin o Meilutyte?

No sé lo que hacen, pero lo hacen muy bien. Sobre todo los americanos van a por todas, y si no lo consiguen, no pasa nada. Aquí te dan de palos.

Es algo muy difícil de cambiar.

Hay que intentarlo. Aquí todo es fútbol; en otros países como Francia, la natación es uno de los deportes más importantes. En Australia los niños quieren ser nadadores, no futbolistas.

¿El Mundial pudo ayudar algo?

Me quedé impresionada porque no me esperaba que estuviera todo tan lleno. La imagen para mí es la de la grada coreando mi nombre.

¿En qué ha crecido más desde Londres para que coreen su nombre?

Sobre todo en confianza, en sentirme más segura cuando me lanzo al agua. Fred (Vergnoux) siempre me dice que las medallas se ganan en los entrenamientos y las recoges en el torneo. Hice mucho trabajo mental con psicólogos que me ha ayudado a enfrentarme a las cosas.

¿Y los planes de Vergnoux?

El domingo me manda el esquema de la semana siguiente, aunque no sé si ese día va a ser fuerte o no. Solo sé que empiezo a las seis de la mañana.

¿Es verdad que parte de sus éxitos son suyos?

Y de todos los entrenadores por los que he pasado. Desde el que me enseñó a nadar aquí, hasta Jordi Murio, Fred... Y con todos he tenido mucha confianza porque si no no acatarías todas las órdenes. Saben mucho más que tú y puedes interactuar y contar las impresiones, pero no puedes decidir sobre su trabajo.

¿Quién más la sustenta?

Mis padres, mi hermano. La base que te construye es muy importante. Si mis padres no me hubieran traído a la piscina municipal día tras día desde que tenía seis años yo no estaría aquí. Me fui a Francia y aguanté una semana.

¿Qué queda de esa Mireia?

Todo. Sigo siendo ella.

Más madura, con más medallas.

Pero ella.

Esa Mireia ahora forma parte de un grupo de élite junto a Rafa Nadal o Pau Gasol.

No, yo no estoy entre ellos. No me puedo comparar con Nadal, que para mí es el mejor deportista de la historia, estoy a años luz.

¿Lo conoce personalmente?

No, y me encantaría. A ver si puede ser en septiembre.

Como él, nunca tira la toalla.

Tienes momentos en los que no puedes con tu alma, pero los objetivos de ese año pueden con todo. Y cuando ganas la medalla se te olvida todo.

¿Ni siquiera cuando pasó esos meses inciertos tras romper con el Sabadell?

Eso es algo que ya pasó y no se puede cambiar ni quiero hacerlo. Mi único objetivo era no ver el Mundial, sino nadarlo. No quería estar en la grada.

¿Sabe que lograr su objetivo hizo feliz a mucha gente, en Londres y en Barcelona?

Sí, impresiona. Y ser un ejemplo me enorgullece mucho.

Sobre todo en tiempos de crisis. ¿La nota fuera del deporte?

Por supuesto. Hasta hace poco ni mi hermano ni mi padre tenían trabajo. Es duro. No estamos ajenos al mundo.

El accidente de tren en Santiago la pilló compitiendo.

Y fue un golpe para todos. Lo mínimo que pude hacer fue dedicar la medalla.

Y con la crisis, ¿qué podemos o debemos hacer?

Trabajar. Si un día laboral son ocho horas, debes utilizar las mismas para buscar trabajo si no lo tienes. Y formarnos. Aunque tengo amigos que se han ido al extranjero.

¿No es contradictorio?

Tenemos que aprender a valorar lo que tenemos en casa.

Y ayudar a los demás como hizo usted con el banco de alimentos de Badalona.

Gané un torneo y el dinero tenía que ir a una obra benéfica. Casi siempre va a otros países, pero vi que aquí también había mucha gente que lo estaba pasando muy mal. Doscientas familias comen de ese banco y me pareció que había que hacerlo.

¿Cuándo veremos una fundación con su nombre?

Me encantaría. Y lo haré en un futuro, seguro.

¿Qué recuerda del podio de Londres?

Que era mucho mejor de lo que había soñado.

¿Ve sus propias carreras?

Intento no hacerlo porque estoy todo el rato pensando que debería haber hecho esto o lo otro o lo de más allá. Me sirven para aprender de los errores, pero si pudiera volvería a nadar una y mil veces la misma carrera hasta hacerlo bien.

Se la ve muy feliz, ¿lo es?

Sí.

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