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Redskins: la franquicia perseguida

AS AS 24/04/2014 Dani Hidalgo

En el mundo del deporte, hay pocos equipos que den tanto qué hablar a causa de su nombre como los Washington Redskins de la NFL. Y, casi siempre, por motivos negativos. En Estados Unidos se han producido numerosas controversias por nombres y mascotas en el deporte profesional a lo largo de las décadas y, en general, la masa enfurecida siempre ha sido más fuerte que la defensa y prosperó el deseo de cambio. Por ejemplo, por razones de supuestas alusiones a la violencia, los Colt 45’s de la MLB (nombrados por una pistola revólver) se convirtieron en Astros en 1964. Tres décadas después, los Washington Bullets de la NBA (nombrados por un tren ‘bala’) se transformaron en los Washington Wizards en 1997… Pero el tema más sensible en Estados Unidos es la raza y en eso recae la polémica con el equipo de fútbol americano.

El censo estadounidense de 2010 dividió la población del macropaís entre las siguientes razas: blanca caucásica (72,4 %), hispana (16,3%), afroamericana (12,3%), India americana o alaskana nativa (0,9%), asiática (4,8%), otra raza (6,2%), hawaiana nativa o isleña nativa (0,2%) y mestiza (2,9%)... No hace falta resaltar que EE UU, conocido durante gran parte del siglo XX como el ‘melting pot’ (crisol en inglés), probablemente sea el país más étnicamente diverso del planeta. Tampoco es necesario refrescar la memoria para recordar la precocidad del primer poder mundial y, con menos de dos siglos y medio de historia, todos los capítulos horrorosos que le hicieron indigna de considerarse una civilización: el genocidio de los indios nativos, la esclavitud, la segregación...

Los Redskins, junto a los Cleveland Indians de la MLB (Major League Baseball), son las franquicias profesionales más perseguidas por polémica racial. Tampoco se salvan los Chicago Blackhawks (NHL), Atlanta Braves (MLB), Golden State Warriors (NBA), Kansas City Chiefs (NFL) y los Edmonton Eskimos (CFL, liga canadiense de fútbol americano). Todos hacen referencia, algunos más que otros, a poblaciones de ‘indios’ nativos de Norteamérica.

El argumento de los descendientes de los americanos nativos es que no viene a cuento ver una imagen estereotipada de sus ancestros como mascota en ligas donde los rivales son delfines, toros, huracanes, titanes, mantarrayas... Dicen que es insultante y que los Estados Unidos erradicaron o mermaron sus poblaciones, y que es inaceptable que sigan los agravios en tiempos modernos. También argumentan que la palabra ‘redskin’ es directamente un insulto racista. Incluso, en 2013, Katt Williams (un famoso cómico afroamericano de monólogos) estalló ante una cámara de TMZ:Estados Unidos tiene que despertar. ¿No nos damos cuenta de que sigue habiendo un equipo que se llama los Redskins? Es una vergüenza. Qué será lo próximo, ¿¡un equipo llamado los pieles amarillas o un equipo de Brooklyn llamado los Blackskins?!”.

Susan Harjo, presidenta del Morning Star Institute (un grupo de apoyo para la población indígena), es la cara del movimiento anti Redskin. Su primer pleito ante el Departamento de Patentes de EEUU llegó en 1992 y fue desestimado. Pero en 2006, su caso fue aceptado y en los próximos meses se llevará a las cortes. Entre sus argumentos está que George Preston Marshall, el exdueño que puso nombre a los Boston Redskins (antes de trasladarlos a Washington), era racista y que por ello fue el último equipo en aceptar a jugadores de otras razas (en 1962). Un argumento, en cambio, que hizo daño a su defensa fue presentar un informe alegando que la palabra ‘redskin’ significaba ‘cabellera de nativo’, que los colonizadores guardaban como trofeos cuando mataban a indígenas. Esto, sin embargo, fue desacreditado unánimemente por expertos en historia y lingüística.

Los activistas, sin embargo, sí han hecho mella a lo largo de los años. En Atlanta se deshicieron de Chief Noc-A-Homa (‘Kock a homer’ en inglés significa batear un home run), su mascota indígena que se refugiaba en un tipi entre las gradas y salía siempre que el equipo local puntuaba. En 1994, la universidad de St. John’s de Nueva York cambió su logotipo de Red Men (hombres rojos) a Red Storm (tormenta roja). Y en 1997 la Universidad de Miami, en Ohio, cambió su nombre de Redskins a Redhawks (halcones rojos). Los Golden State Warriors también han retirado su logotipo indígena y ahora en él sólo se ve el puente de Golden Gate. Los Indians de Cleveland, por su parte, también ya lucen una simple ‘C’ de Cleveland para evitar más polémica.

Los que defienden que los Redskins permanezcan como son argumentan que el equipo lleva 80 años llamándose así y que no se trata de un término peyorativo, sino todo lo contrario. Dicen que no es una palabra ofensiva y que se está haciendo honor a un legado. En 2004 se hizo una encuesta entre la población nativa americana y sólo un nueve por ciento consideró el nombre como ofensivo. Además, argumentan que los orígenes de la palabra no son negativos y que no se trata bajo ningún concepto de un insulto racista. La franquicia gana con ese nombre, símbolo y colores y no tendría ningún sentido querer ser representado con una figura ofensiva o negativa.

Meses antes de fallecer en 1997, Jack Kent Cooke vio su sueño realizado de trasladar a los Redskins del muy anticuado RFK Stadium a un complejo nuevo. Durante años, el anterior dueño de la franquicia quería adquirir terrenos dentro de la ciudad de Washington, pero el gobierno local se lo impidió, poniéndole como condición un cambio de nombre. El empresario canadiense se negó y, por ello, eligió el pueblo de Landover (Maryland) para albergar la nueva casa de los Redskins. En 2013, la historia ahora se repite… El actual dueño del equipo, Dan Snyder, también quiere buscar un sitio más accesible para construir un estadio, pero Vincent Gray, alcalde actual de la ciudad, también le ha dicho que para negociar “sería necesario cambiarlo”. El alcalde, por su parte, se considera un gran seguidor de fútbol americano, pero en sus discursos se niega a citar al equipo por su nombre y habitualmente lo evita diciendo “nuestro equipo de Washington”.

Cabe recordar que en Estados Unidos, por desgracia, se ha perdido gran parte del dramatismo que tendría que acompañar un cambio de nombre o ciudad de una franquicia (por lo que supone para su afición), algo inimaginable y casi imposible en Europa por motivos estructurales.

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