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Robos, violencia y racismo: la gran pesadilla americana de un proyecto ÑBA

Marca Marca 21/10/2015 Guillermo García

Ilusión y esperanza. Esas fueron las dos cosas que, junto a la ropa, José Alberto Jiménez (Coín, 1996) metió en la maleta para poner rumbo a Estados Unidos y cumplir con el gran sueño americano. El exjugador de las categorías inferiores del Unicaja y de la selección española se embarcaba en la aventura más grande de su vida sin saber que esa odisea no iba a tener el final feliz que él hubiera deseado.

El jugador malagueño tomó la decisión de marcharse a Estados Unidos para compaginar su gran pasión por el baloncesto con los estudios universitarios. Un viaje que otros, como él, han emprendido, y que en la mayoría de los casos ha terminado con éxito. Sin embargo, a José Alberto le tocó vivir la cara más amarga de esa moneda.

Fichado por Eastern Florida State College, el malagueño no podía ocultar su alegría el pasado verano pocos días antes de marcharse. “Aquí en España es muy complicado encontrar el equilibrio entre el baloncesto y los estudios. Es la mejor opción”, aseguraba en una visita a MARCA el pasado mes de agosto.

Incumplimiento de la beca

Apenas dos meses después Jiménez está de vuelta en España tras enfrentarse a un auténtico calvario de penurias, violencia y racismo. Tres ingredientes que convirtieron su gran sueño en la peor de las pesadillas posibles. Una mala experiencia que comenzó en el mismo momento que puso un pie en su nueva universidad.

“Los primeros días estuve durmiendo en un colchón roto en el suelo y ellos sólo eran capaces de decirme que no habían llegado las camas. ¿Qué habría pasado si aquí tenemos a un jugador internacional, recién aterrizado en el país, durmiendo en el suelo?”, apunta el alero malagueño en su relato a MARCA. “El problema es que no me dieron nada de lo que me habían prometido cuando me concedieron la beca”.

“Me prometieron que iba a poder vivir dentro del campus y me alojaron en un apartamento a 30 minutos de distancia del mismo. También habían incluido la ropa de entrenamiento y me dieron una camiseta vieja y usada que estaba rota. Incluso dijeron que podía llamar a un asistente cuando tuviera problemas de cualquier tipo y siempre que le llamé estaba ocupado o no podía venir a ayudarme. No me dieron lo que me tenían que dar. Hable con ellos muchísimas veces para ver qué estaba pasando y las cosas no cambiaron”, rememora.

Fue sólo el primer infierno del particular purgatorio que tuvo que vivir en Florida. Tras solucionar el tema de la cama, Jiménez tuvo que afrontar la falta de alimento que le llevó a estar dos días enteros sin probar bocado. “Al principio me dijeron que el dinero de la beca no había llegado y lo entendí. Pero cuando ya llevas un mes y medio comiendo prácticamente nada te mosqueas”, cuenta el alero. “Es muy duro estar dos días sin comer nada de nada. No comía porque no me dieron los bonos para poder comer. Por suerte tenía un compañero dominicano que sí tenía los tickets y muchas veces era él quien me daba comida”.

Toda una serie de promesas incumplidas por contrato que se vieron mezcladas con un ambiente cargado de violencia y racismo en el seno de un equipo problemático.

Clima hostil en el College

“Mis compañeros no estaban de acuerdo con la igualdad de las personas, había diferencia de razas”, rememora el internacional sub 19. “Me llevaba bien con compañeros de la propia ciudad que eran blancos, y me pasaba casi todo el día con un buen compañero que tenía dominicano. Con el resto no me llevaba bien porque me estuvieron robando comida, ropa y dinero. Hacer bromas de ese tipo durante dos meses, llegando incluso a las amenazas físicas, no son una novatada”.

Un clima hostil que se agravaba con aquellos compañeros que no habían nacido en Estados Unidos. “Los más veteranos me decían que tenía que aguantar, que eso llevaba mucho tiempo sucediendo por todo el país y que esta temporada había tocado allí. Pero claro, ellos no sufrían nada de eso, más allá de la violencia en los entrenamientos”.

Entre todo lo que Jiménez ha tenido que sufrir en Florida, merece un capítulo aparte el tema de la violencia. El alero cajista asegura haber recibido amenazas por parte de algunos de los compañeros que vivían en el mismo bloque de apartamentos que él.

Maneras de intimidar

Una manera de intimidar que no era ajena al resto de jugadores, ni mucho menos al entrenador del equipo, Jeremy Shulman. “Recuerdo que hubo un enfrentamiento entre un blanco y un negro —compañeros de equipo— y al que apartaron del equipo fue al blanco y no al negro”, ironiza un jugador que también tuvo problemas por la diferencia de trato también en la cancha.

“Aunque me fui para estudiar no podía permitirme estar una temporada sentado y menos en un Junior College”, confiesa un jugador al que se le llevaban los demonios mientras estaba en el banquillo. “Veía el nivel y me veía en el banquillo y me estaba comiendo las uñas. Entrenadores de nivel me vieron y me preguntaron que si me pasaba algo y que por qué no jugaba. Fue entonces cuando decidí volver”.

Jiménez prefirió no contar nada a sus padres, a 7.000 kilómetros de distancia, para no preocuparles. “Al principio sí me compré mi comida, pero luego se acabó y me daba palo llamar a mis padres para pedirles más dinero. Se supone que tú vas con una beca completa y no quería preocuparles. Era mi sueño y mi ilusión estar allí para estudiar y no quería hacer ver a mis padres que estaba así y no les pedí nada durante el mes y medio que estuve en esa situación”. Indignación y resignación en una misma frase.

Sin embargo, el alero sí acudió a su entrenador para intentar solucionar los problemas con sus compañeros. “Le conté todo al entrenador y me dio dos soluciones: poner un pestillo en mi puerta para que no entraran a robarme y que jugara de base. Me indigné porque esa no era la solución para los problemas fuera de la cancha. La solución a que me roben pasaría por una reunión con el equipo y medidas disciplinarias”, confiesa indignado el alero malagueño antes de recordar el detonante de su vuelta a España.

“Todo pasó en un torneo en Tallahasee. El entrenador me sacó y al minuto y medio recibí solo en la esquina y me jugué un triple. Lo metí, pero él enseguida me sentó y me dijo que yo sólo podía pasar el balón, que no tenía permiso para tirar. No volví a jugar en todo el partido y al día siguiente tampoco. Fue entonces cuando hablé con mi agente y mis padres y decidimos que había llegado el momento de volver”.

Le negaron la despedida

Un regreso que no fue bien recibido en el seno del Eastern Florida State College. Hasta el punto que le negaron la entrada en la universidad durante su última semana en Melbourne. “Me fui a despedir de mis compañeros y mi entrenador y rechazaron mi despedida. Me negaron el adiós con la mano y me cerraron la puerta. Creo que no me echaron del apartamento porque allí seguía siendo menor de edad”. Fue el punto y final a una pesadilla de la que le está costando despertar.

Ahora Jiménez ha vuelto a casa, y lo ha hecho en todos los sentidos. Mientras espera la llamada de algún equipo con el que jugar esta temporada —no descarta volver a Estados Unidos—, su Unicaja le ha abierto las puertas para entrenarse con los que eran sus compañeros. Un grupo que le ha hecho llegar todo su apoyo en estos momentos tan difíciles.

Un cariño que también ha recibido por otra sorprendente vía. “El primo de LeBron (Duane James juega en el Covirán Granada de LEB 2) me llamó al enterarse de mi historia para decirme que no todo el mundo en su país es así ni todos los de su raza son así”. Una llamada que le ha ayudado a reconciliarse con el mundo.

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