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Un día con la campeona olímpica

SPORTYOU SPORTYOU 11/08/2016 Iñaki Cano
Así es un día de trabajo para Mireia Belmonte © Getty Images Así es un día de trabajo para Mireia Belmonte

Viéndola nadar y ganar medallas en Doha, quien esto escribe no se sorprende, pese a no ser este un país donde los deportistas de piscina brillen como los futbolistas, por ejemplo. Eso, al menos, antes de que 'la Belmonte' arrasara una y otra vez en estos Mundiales y se mezclara con las mejores del mundo en Juegos Olímpicos y en competiciones internacionales. Ella siempre sube al podio y por casualidad. 

Antes de los Mundiales de Barcelona 2013, Sportyou.es quiso vivir junto al equipo español de natación unos días de preparación en el CAR de Sierra Nevada de Granada. Son las siete de la mañana cuando entramos en las instalaciones, donde nos había citado su entrenador, Fred Vergnoux. Los empleados nos indican el camino hacia la pista cubierta, donde todo el grupo rema a un ritmo endiablado. 45 minutos después, siguen ejercitándose aunque la mayoría a menor intensidad. Casi todos menos Mireia, que no ha bajado el número de paladas por minuto.

Vernoux hace sonar el silbato y todos se marchan a desayunar. Sólo 40 minutos para reponer fuerzas porque a las ocho todos deben de estar ya en el agua. La primera, dando ejemplo, Belmonte; cuando llegan sus compañeros, ella ya está con Aschwin Wildeboer, calentando y estirando los músculos; le esperan muchos kilómetros y horas nadando. Antes de zambullirse, pasa por la báscula: su cuerpo pesa algo más de 60 kilogramos.

Ya en el agua, bajo la atenta mirada de su entrenador, Mireia devora los largos una y otra vez. Series de velocidad, aeróbicamente, y para concluir lo que ellos denominan "a ritmo de competición". Sinceramente, desde unos miradores situados por debajo el agua, no distingo cuál de los tres grupos es diferente porque los brazos y las piernas parecen molinillos eléctricos. Es impresionante y agotador ver cómo trabajan durante algo más de cuatro horas.

Por si todo lo anterior fuera poco, y cuando pensaba que subirían a descansar antes del almuerzo, el entrenador nos hace un gesto para que le sigamos. Un larguísimo pasillo nos lleva hasta la puerta del gimnasio. Por detrás de nosotros, el grupo, como si fuera el inicio de la jornada, como si lo anterior no fuese nada del otro mundo, se dirige entre carcajadas al que yo creía que sería el último potro de tortura de la jornada.

Vestidos con camisetas, pantalones cortos y zapatillas de deporte, se enfrentan a las pesas y a los balones medicinales. Los abdominales, las piernas y las espaldas se fortalecen con series cortas y repetitivas durante más de medía hora. Belmonte no hace ni un gesto de agotamiento y, al igual que con el remo, su ritmo le obliga a esperar a que acabe alguna de sus compañeras o compañeros para iniciar otra serie. Mientras se secan el sudor, caminan hacia la sala de los ordenadores, donde comprueban las gráficas; si son buenas, les motivan a esforzarse más; y si no son como esperaban, la tarea será mayor para la sesión de tarde. Para comprobar lo que marcan los PCs, una polea con pesas simula las brazadas en seco y es ahí, a su lado y de cerca, donde veo la competitividad de esta mujer: "Más peso, más carga, quiero más carga para tirar de ella". ¡Alucinante! ¡Qué bestia! Después de seis horas de trabajo, ella quiere más. Sólo viéndola trabajar estoy agotado. Para colmo, Mireia me guiña su ojo izquierdo y me sonríe buscando mi complicidad. La sonrío casi sin fuerzas, deseando que acabe este sufrimiento que por fin llega con el almuerzo, a las 13.30 horas.

Se gira y me dice que nos espera a las cuatro de la tarde en la piscina. "Pero por la tarde será más suave, ¿no?", la pregunto, y ella agita su mano arriba y abajo señalándome que lo que me espera es aún peor. Efectivamente: el entrenamiento vespertino es tan duro o más que la mañana. En el gimnasio contiguo a la pileta, el equipo nacional de natación se machaca durante medía hora con ejercicios durísimos: flexionan los brazos a pulso y suben y bajan en una barra fija sin que los pies toquen el suelo. Acabadas las repetitivas series, Mireia baja a la carrera a la piscina, donde la esperan series de 3 kilómetros. Cada cien metros la velocidad aumenta. Ella siempre es la primera de las mujeres y por delante de muchos de sus compañeros, con los que se pica constantemente. Cubiertos los 3.000 metros, como si de un triatleta se tratara, se calza las zapatillas, se pone la camiseta y otra vez a la pista cubierta, donde les esperan la comba y las escaleras que les llevarán tres pisos más arriba. Suben simplemente para después bajar y volver a saltar a la comba. Una vez, dos, tres, cuatro y hasta en cinco ocasiones hacen la misma transición para terminar de nuevo en la piscina nadando a toda pastilla más de dos kilómetros. La tarde concluye cuatro horas después de la siesta con más de 10.000 metros en la piscina. Los últimos mil, compitiendo chicos y chicas para saber quién es el más rápido. Mireia, siempre entre los tres primeros clasificados. Detrás de dos de sus compañeros y a veces la segunda.

Cuando se dirigen hacia la cena, le recuerdo que tengo una entrevista con ella. Me pide que espere a que acabe el masaje. Acabados los cuidados de los recuperadores me echa una mirada mimosa y me pide un poco más de tiempo: “Espérame en la piscina, en los nichos bajo el agua”. ¿Pero es que vuelves a nadar después de la cena?”, le pregunto. Con una gran carcajada me dice: “No. Es el lugar perfecto para ambientar una entrevista con una nadadora”. Pasadas las nueve y media de la noche, acude a la entrevista como si el día hubiera sido una fiesta.

Viví un día agotador y eso que la jornada no la llevó a la pista exterior, donde es habitual correr unos 15 kilómetros viendo muy a lo lejos la maravillosa ciudad de Granada. La altitud donde se realizan los entrenamientos ayuda a mejorar el rendimiento. Cierto. Pero Mireia Belmonte es una deportista bestial, que se cayó a la piscina siendo una niña para corregir una lesión en la espalda y se ha convertido en una devoradora de récords y en la mejor deportista española de la historia. Y es que, viéndola entrenar, no me extraña que sea tan enorme y colosal.

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