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Por qué la productividad es diferente en España

Logotipo de Cinco Días Cinco Días 19/05/2019 José Carlos Díez
. © Pixabay .

Todos los años en abril, los gobiernos de los países de la Unión Europea envían a Bruselas su Programa de Estabilidad. Para estimar los ingresos fiscales y el déficit público previsto en los siguientes tres años elaboran un cuadro macro de previsiones. Estiman el PIB, el empleo y el crecimiento de la productividad, que es el PIB dividido por el número de ocupados.

Adam Smith nos enseñó que la riqueza de una nación a largo plazo la determina lo que él denominó la división del trabajo. Después de la aportación del maestro, los economistas hemos denominado a esa variable “productividad por trabajador”, y es la que determina los salarios a largo plazo.

En el Programa de estabilidad el Gobierno reconoce que la productividad por hora trabajada en España hasta 2022 caerá más del 1%. La caída parece ridícula pero lo que debería pasar es que creciera el 1% anual o más si fuera posible si lo que queremos es aumentar los salarios, las pensiones y aumentar el presupuesto en sanidad y educación. ¿Habías leído esta noticia antes en el algún medio?

La crisis económica ha dejado paso a la crisis política e institucional y han bastado cuatro años de fuerte crecimiento del empleo, gracias a la política ultra expansiva del BCE, para que los españoles dejemos de hablar de economía. El mundo vive la mayor revolución tecnológica de su historia en las dos últimas décadas. Por lo tanto, la caída de la productividad indica que las empresas españolas, en promedio, no se están adaptando a la era de la tecnología global.

España es un caso único mundial en el que el crecimiento de la productividad es anticíclico. En las fases expansivas la productividad se estanca o cae y en las fases recesivas aumenta exponencialmente por la destrucción masiva de empleo. En eso también somos un caso único en el mundo en el que en las últimas tres recesiones desde 1975 la tasa de paro ha superado el 20%.

La productividad en España tiene un comportamiento dual y lo determina el tamaño de la empresa. Las empresas mayores de 50 trabajadores españolas tienen niveles de productividad similares a sus homólogas en la OCDE. Son empresas que han sabido adaptarse a la era de la tecnología global. El problema es que representan un porcentaje menor del total de empresas que en los países que tienen más renta por habitante. La baja productividad de la economía española se concentra en empresas pequeñas, especialmente en las micropymes de menos de 10 trabajadores que suponen casi el 90% del total y que tienen una productividad la mitad que las micropymes alemanas.

Los empresarios españoles tienen baja cualificación, comparado con el promedio de la OCDE y de los que menos gastan en formación y capital humano. Las organizaciones empresariales se han convertido en fábricas de excusas y lamentos culpando a los gobiernos del problema. En el país donde nació Inditex, la única empresa europea que ha entrado en el índice Global Titan 500 mundial, esas críticas no son creíbles. Amancio Ortega fue autónomo y ha creado 140.000 empleos. España necesita un plan estratégico para salir de la maldición del “que inventen otros” de Unamuno. Y es necesario que empresas y estado cooperen conjuntamente en ese plan.

Desde 2004 hasta 2011 los gobiernos de Zapatero triplicaron la inversión pública en I+D+i. Los gobiernos de Rajoy recortaron un 70% esa inversión. En 2018, con el gobierno de Sánchez la inversión pública en I+D+i fue igual a la del año 2000 y la mitad de lo que ha supuesto la subida de las pensiones públicas. En las comunidades autónomas los ajustes para reducir el déficit en 2012 se cebaron con la I+D+i y buena parte de las instituciones cuyo objetivo es promover la innovación empresarial, especialmente de las pymes, tienen pocos recursos.

Durante el gobierno de Rajoy el ICO creo Axis, un fondo de fondos que ha invertido 2.000 millones en gestoras de capital riesgo que ayudan a empresas a nacer y crecer y aumentar su tamaño. Además el Banco Europeo de Inversiones ha credo el FEI que también es un fondo de fondos que invierte en empresas en crecimiento. Esta es la tendencia internacional pero Europa y España están muy atrasados y hay que potenciarlas mucho más.

Durante la crisis se ha creado en España un ecosistema de start up que es un rayo de esperanza. España tiene condiciones óptimas de clima, conectividad, capital humano y salarios competitivos para atraer nómadas digitales europeos que desarrollen aquí sus negocios y creen empleos de calidad.

Las condiciones están, pero es evidente, por la escasa atención mediática que tiene la caída de la productividad, que la sociedad no percibe que tenemos un grave problema. Tampoco ha sido una prioridad para los partidos políticos en la campaña electoral. A todos se les llena la boca de bonitas palabras sobre la innovación, pero ninguno ha mostrado el plan estratégico que necesita España en sus programas electorales.

España es una economía altamente endeudada con el exterior, con la mayor deuda pública del último siglo, el mayor déficit público estructural de Europa y una población que envejece. O nos tomamos en serio la innovación, hacemos un plan y lo ejecutamos rápido, o nuestros salarios seguirán siendo precarios y nuestro estado de bienestar se verá seriamente amenazado.

José Carlos Díez es profesor de Economía de la Universidad de Alcalá

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