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Análisis | Europa: nuestro destino en nuestras manos

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 31/05/2017 Antonio Papell

Por dos veces, Europa tuvo que ser salvada de sí misma en el siglo XX, que fue a la vez el del gran salto tecnológico de la humanidad y el de las mayores atrocidades y matanzas de la historia. La misma sociedad universal que descubría la luz eléctrica, el motor de explosión, la telefonía o el aeroplano formaba en sus adentros monstruos que llevarían a cabo el Holocausto… Por ello, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa, enajenada, tuvo miedo de sí misma y centró sus esfuerzos no en recuperar protagonismo internacional sino en atacar de raíz los fantasmas nacionalistas que habían provocado aquella gran destrucción.

La Unión Europea surgió tras el horror de la Segunda Guerra Mundial como el gran antídoto que debía lograr, mediante la integración de todos los beligerantes, la desactivación de todos los nacionalismos que habían conducido por dos veces al mundo a una gran destrucción. Vencedores y vencidos, los aliados y el Eje que incluía a la derrotada Alemania, intentaron aquella gesta -Churchill, por ejemplo, ya propuso en 1946 “los Estados Unidos de Europa”- en medio de un singular debate entre federalistas y funcionalistas, entre Altiero Spinelli y Jean Monnet. Aquel debate concluyó con los Tratados de París y Roma y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado. Los términos de la opción siguen siendo hoy los mismos: Federación o Comunidad; Estado Federal o Unión de Estados.

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Desde la firma del Tratado del Carbón y del Acero en 1950 por los seis socios fundadores (Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos), Europa ha evolucionado, se ha ampliado y ha alcanzado un grado integración muy notorio a pesar del fracaso de la Comunidad Europea de Defensa en 1954, denegada sorpresivamente por la Asamblea Nacional Francesa. El Tratado de Roma en 1957 -acaban de cumplirse 60 años- afirmaba en su preámbulo que los estados signatarios estaban "determinados a establecer los fundamentos de una unión sin fisuras más estrecha entre los países europeos". Así quedaba claramente afirmado el objetivo político de integración progresiva entre los diversos países miembros. En la práctica, lo que se creó básicamente fue una unión aduanera -por eso se le llamó el "Mercado Común"- y la Política Agraria Común. Se trataba, en definitiva, de iniciar un proceso en el que la progresiva integración económica fuera allanando el camino al objetivo final de la unión política, que quedaba planteada como un objetivo a largo plazo.

Aquella Unión Política fue despaciosa -los sucesivos de Tratados de Maastricht en 1992; de Amsterdam en 1996; de Niza en el 2000 y de Lisboa en 2007 fueron añadiendo pilares al edificio-, como hemos podido comprobar al afrontar la gran crisis que empezamos a remontar. Y en general, puede decirse que Europa no alcanzó, como pretendía, ni una integración política real ni el estatus de gran potencia, en parte por falta de ambición, en parte también porque en materia de política exterior vivió cómodamente bajo la tutela y el amparo de los Estados Unidos, que, después de haber liberado al Viejo Continente de la horda nazi, la siguieron protegiendo de otros totalitarismos durante la interminable guerra fría. La última ampliación a 28, que supuso el ingreso de democracias muy jóvenes recién emancipadas del yugo soviético, terminó de diluir los contenidos políticos de la UE… hasta que los últimos acontecimientos en el mundo anglosajón la han sacado de su letargo. Primero fue el ‘brexit' y después la llegada de Trump, y ambos sucesos han generado como un resurgimiento del europeísmo, como una recuperación de la amortiguada identidad europea, desvaída en una mediocridad que ahora ha saltado por los aires.

Las reacciones al viaje de Trump son bien expresivas. La pacífica y moderada canciller de Alemania, ha dicho cosas tremendas al observar la indolencia del sucesor de Obama, sin interés por pactar nada con Europa, sin intención de influir en sus aliados, sin otra preocupación que la política interna y el interés concreto y directo de sus ciudadanos. Para Merkel, la presidencia de este sujeto atrabiliario constituye “el fracaso de los Estados Unidos como una gran nación” ya que “antepone sus intereses nacionales al orden internacional”. El socialdemócrata Sigmar Gabriel, ministro de Exteriores, ha añadido que “las políticas cortas de miras del Gobierno estadounidense son contrarias a los intereses de la Unión Europea”… “Occidente es ahora más pequeño o al menos más débil”. Y Merkel, ha añadido lapidariamente: “somos y seguiremos siendo defensores de las relaciones trasatlánticas pero los europeos debemos tomar nuestro destino en nuestras manos”. Gracias a Trump, Europa se ha reencontrado a sí misma y ha marcado colectivamente, parece, un potente destino común. Si el proceso de renacimiento resulta fecundo, el error de los norteamericanos habrá resultado fecundo para Europa.

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