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Análisis | Guerra abierta en Podemos

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 12/12/2016 Antonio Papell

Podemos, que irrumpió sorprendentemente en el panorama español aunque con una potencia menos indescriptible de lo que esperaban sus líderes, parece declinar antes de haber alcanzado su posición estable y su velocidad de crucero. Los jóvenes universitarios que interpretaron como nadie la irritación social y supieron improvisar una respuesta convincente que se ha abierto camino como ninguna otra fuerza de nueva creación en toda la etapa democrática, se han hecho mayores, ocupan un lugar significativo en el arco parlamentario –han asentado la tercera fuerza que le disputa al PSOE la hegemonía de la izquierda— y, concluido el efecto sorpresa inicial, han de acomodarse al entorno y a la coyuntura. Y tratan de hacerlo pero tropiezan con una seria fractura interior.

Como era previsible, los exitosos dirigentes de la nueva organización se han convertido en elites y por lo tanto se arriesgan a ser confundidos con la casta. La precauciones iniciales, que por ejemplo limitaban drásticamente sus salarios, han decaído, y se da por ejemplo el caso de que Ramón Espinar, uno de los más aventajados discípulos de Pablo Iglesias, acumula ya hasta tres cargos (senador, diputado autonómico y secretario general de Podemos Madrid), pese a que las normas internas los limitan a dos como máximo, sean cargos institucionales u orgánicos (la comisión de garantías, que debió velar por el cumplimiento de lo acordado, ha decidido mirar hacia otro lado en este asunto, no sin que se hayan producido algunas expresivas dimisiones, rápidamente acalladas).

© Proporcionado por Bolsamanía

Esta declinación hacia lo prosaico era seguramente inevitable, por lo que habrá que darle solo la importancia que tiene. Más grave es el debate ideológico que está teniendo lugar a trancas y barrancas, camuflado bajo el ropaje de las diferencias procesales. Porque está bien a la vista que en Podemos no hay un único proyecto político sino dos, e incluso tres, y que no es en absoluto fácil conciliarlos por la que sencilla razón de que son en buena medida antitéticos entre sí.

En el origen, pareció predominar en Podemos el populismo latinoamericano posmarxista (Ernesto Laclau), que pretendía generar un movimiento transversal orquestado por las no-elites, por los excluidos. Errejón llevaba consigo este bagaje intelectual, tomado del kirchnerismo argentino, con orígenes en Gramsci y en Althusser. Sin embargo, Pablo Iglesias, tras rechazar la alianza con Izquierda Unida en la etapa previa a las elecciones del 20D de 2015, aceptó la coalición en los prolegómenos del 26J, lo que dio lugar a Unidos Podemos… que obtuvo un resultado sensiblemente inferior al que lograron por separado IU y Podemos en las elecciones anteriores. Aquel pacto ser hizo contra la voluntad de Errejón y los suyos, ya que evidentemente la transversalidad pretendida era incompatible con el confinamiento del pacto Podemos-IU, auspiciado calurosamente por Julio Anguita, en el nicho que había ocupado desde 1978 el PCE, con ese nombre o envuelto en los ropajes de Izquierda Unida. Hoy, Podemos es, al menos nominalmente, marxista leninista, una adscripción que, además de anacrónica, disfruta de bien contadas simpatías.

Ahora, ante el congreso de Podemos en febrero, lo que está en juego es la línea política. “Lo que aquí parece dilucidarse –ha escrito Ramón Cotarelo— es una antigua polémica de la izquierda entre un sector más reformista, gradualista y posibilista que generalmente se ha identificado con la socialdemocracia y otro mas rupturista, revolucionario, doctrinario que suele identificarse con el comunismo y la doctrina leninista del partido”. Pablo Iglesias pretende imponer su criterio al de Errejón, para lo cual aspira a vincular su propuesta a su liderazgo y reducir al adversario –el errejonismo- a una posición testimonial, como ya ha sucedido en Podemos Madrid (en el modelo orgánico que Podemos está construyendo, las minorías son arrinconadas a posiciones irrelevantes). Lógicamente, Errejón prefiere que se debata primero la línea ideológica y que después de vote el liderazgo. Es una pretensión vana e inútil porque supondría la autoinmolación de Iglesias, algo que evidentemente no sucederá. Aunque el triunfo de la línea política de Iglesias reduzca grandemente las posibilidades de expansión de la fuerza resultante, que se situará por definición extramuros del núcleo central del poder.

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