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Análisis | Más pugilato que debate en el PSOE

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 16/05/2017 Antonio Papell

En un cierto momento, el subconsciente ha traicionado a Susana Díaz durante el debate: la lideresa andaluza ha reprochado a Pedro Sánchez su escasa afición a ‘hacer amigos', su modo de ejercer la secretaría general, dejando claro que el Partido Socialista no es una confederación de reinos de taifas… Semejante crítica, en respuesta a la fundada acusación de Sánchez de que su adversaria (y sin embargo conmilitona todavía) comenzó a cuestionar públicamente su liderazgo apenas a los tres meses de su elección por las bases, era una confesión en toda regla –excusatio non petita…—, un reconocimiento de que, en efecto, para corregir aquella anomalía no hubo más remedio que dar el solapado golpe de mano…

No midieron seguramente Susana Díaz y sus secuaces el alcance de aquella cuartelada, porque en el juego institucional de los partidos las vulneraciones de las reglas de juego son muy graves, y generan fracturas muy difíciles o imposibles de soldar. De hecho, este debate ha dejado de manifiesto varias evidencias, pero la más notoria es que será muy difícil, gane quien gane, evitar la fractura. Y ya veremos si la fractura se convierte o no en escisión. Porque por lo que hemos oído, lo que Susana Díaz quería discutir con Pedro Sánchez a la palestra pública no era alguna sutileza ideológica sino la distribución del poder. Lo ha dicho muchas veces: quiere ganar (lo cual es muy lógico y hasta saludable en un partido político), y quiere ser ella precisamente quien lo haga.

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Díaz ha utilizado un argumento malévolo y falsario para desacreditar a Sánchez: la acusación de que ya ha perdido dos veces y en cambio ella ha ganado “con holgura” las elecciones andaluzas. La realidad es que la gran catástrofe socialista comenzó en 2011, cuando el PSOE pasó a manos de Rubalcaba, quien, en un escenario todavía bipartito, perdió 4,3 millones de votos, el 38% de los 11,3 millones que había logrado Zapatero en 2008, quedándose con apenas 7 millones, en tanto el PP apenas subía un 6% sus sufragios, hasta los 10,9 millones desde los 10,3 millones anteriores, si bien conseguía con ellos la mayoría absoluta por el hundimiento del contrario. Pudo hablarse entonces de primer colapso del socialismo, a consecuencia de su modo de encarar y gestionar la crisis.

Entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015, se celebraron las europeas, las autonómicas y las municipales, a las que ya se incorporaron Podemos y Ciudadanos. El escenario de la consulta de 2015 fue, pues, cuatripartito, por lo que no cabe una comparación directa entre los resultados de una y otra. El PSOE de Pedro Sánchez quedó entonces reducido a 5,5 millones de votos, un 21% menos que los 7 de Rubalcaba; pero es que el PP perdió en 2015 un porcentaje mucho mayor, del 33%, con respecto a sus votos de 2011, hasta los 7,2 millones votos. Y ello fue así porque irrumpieron en escena dos recién llegados que se adueñaron de casi nueve millones de votos: 5,3 millones de votantes de Podemos y 3,5 millones de Ciudadanos. Si el cálculo se hace entre las elecciones europeas de 2009 y de 2014, el PSOE perdió el 41,15% de los votos, 15,8 puntos porcentuales y 9 escaños, de 23 a 14. Y al consumarse este declive en 2014, Pedro Sánchez era un perfecto desconocido todavía.

Y la sorpresa agradable del debate la ha aportado Patxi López, quien, aun a sabiendas de que no será él el elegido, ha recordado atinadamente a los contendientes su posición, la necesidad de no fracturar irremisiblemente el partido, la obligación de responder a unas expectativas de la opinión pública que obligan a mostrar un mínimo nivel moral a la hora de hablar de los intereses colectivos. López, que intenta en vano limitar los daños aun considerando, como Sánchez, que la abstención para facilitar la investidura de Rajoy fue un error, es desde ahora un referente importante del partido, por su conciencia de que los intereses generales deberían primar sobre los particulares.La confrontación entre proyectos concretos, intentada voluntariosamente por la conductora del debate, ha resultado estéril porque los debatientes estaban en otra cosa. Ha quedado de todos modos claro que Susana Díaz tiene un discurso plano, elemental, aprendido de memoria para la ocasión, que no tiene entidad ni es viga maestra de un proyecto gubernamental; Sánchez, en cambio, sabe en que terreno se mueve y cuáles son las grandes cuestiones de esta hora, de ascenso de los populismos, frustración social y postergación de la juventud.El otro elemento de descalificación de Sánchez ha sido el territorial: Díaz lo acusa, sin razón, de adherirse o no a la declaración de Granada, según sople el viento. Cuando lo cierto es que en ningún momento Sánchez ha cuestionado la unidad de la soberanía nacional (ni, por lo tanto, el rechazo inapelable al referéndum de autodeterminación), por más que, como le pasó a Zapatero, la delicada situación catalana y el papel que ha de jugar en ella el PSC obliga a Ferraz a un cuidado especial con las palabras: aceptar la plurinacionalidad del Estado no es una claudicación ideológica y sí el reconocimiento de que Cataluña tiene una singularidad histórica y cultural y por lo tanto posee un relativo derecho a la diferencia. La no comprensión de esta evidencia explica el rechazo frontal que Díaz suscita en Cataluña.

Será difícil, como se ha dicho, evitar una fractura en el PSOE, gane quien gane el día 21. Pero tampoco este asunto debe suscitar una preocupación sobrecogedora. Los viejos partidos rígidos, oligárquicos, cerrados, sacralizados, convertidos en instituciones solemnes e inaccesibles, han desaparecido o van a desaparecer, y en su lugar nacen organizaciones más ligeras, flexibles, capaces de adaptarse a las personas, a las necesidades de la coyuntura, a la voluntad cambiante de los electores. En Italia, el centro-izquierda se ha aglutinado en el Partido Democrático, que engloba al socialismo clásico, a la democracia cristiana de siempre y a otras varias sensibilidades de izquierdas.

En Francia, el centro-izquierda, destrozado por estas elecciones, deberá seguir el camino análogo. Aquí, el PSOE tendrá que convivir al menos con el ala menos radical de Podemos, que hoy está evidentemente en ninguna parte mientras el sector mayoritario se confirma en la extrema izquierda… Probablemente el buen sentido mantenga la unidad de la venerable organización socialista, pero el viejo PSOE controlado por un aparato ubicado en una remota hornacina ha terminado de existir. Serán los electores quienes marquen las principales pautas. Pedro Sánchez ha sido el primero en darse cuenta de ello.

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