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Análisis | Sánchez pierde la partida

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 02/10/2016 Antonio Papell

La dimisión de Sánchez, tras una votación por la cual se aplaza la celebración de un congreso y se designa a una gestora, pone fin a una pequeña guerra interna, una más de la agitada historia del Partido Socialista. La noticia parece aproximar objetivamente la gobernabilidad del país ya que la cuestión de fondo que se dirimía era la abstención o no del PSOE en una nueva investidura de Rajoy, y aunque los críticos –victoriosos- no han aclarado todavía este extremo, todo indica que saldremos del túnel y pronto habrá nuevo gobierno. Muy condicionado, eso sí, por las fuerzas que lo hagan posible.

Hay una lista antigua de fracturas socialistas, precedentes de la actual: Santos Juliá recordaba este sábado la ruptura del PSOE en 1936, con el ya legendario enfrentamiento entre Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero que provoco la parálisis del partido en el momento más crítico, en mayo de 1936, cuando Azaña le ofrecía participar en el gobierno “de unidad nacional”, desde Maura al mismo Prieto por la izquierda, en la misma noche del 18 de julio.

Mucho más recientemente, el PSOE cobró relevancia en la democracia española a partir de una nueva confrontación, que dio lugar a una escisión. Los jóvenes cuadros socialistas del Interior dieron en el Congreso de Suresnes de 1974 –el 13º en el exilio- un golpe de mano que postergó a los viejos dirigentes, con Rodolfo Llopis a la cabeza, que habían mantenido la llama de aquella formación política durante la travesía del desierto del franquismo, para facilitar la renovación. Desde entonces, y en la primera transición, coexistieron el PSOE histórico y el PSOE renovado…

Quiere decirse que el PSOE, fundado en 1879, tiene un largo historial de rupturas. Pero quizá ninguna tan absurda como la que estamos presenciando, cuando la democracia se ha depurado, cuando hay por lo tanto cauces civilizados en las instituciones para resolver los conflictos, y cuando la política española parecía haber adquirido unos hábitos florentinos, educados, propios de sistemas adelantados, alejados de los clásicos modelos bananeros que todavía ilustran jocosamente algunos telediarios. Esta vez, en Ferraz, ha habido insultos, gritos, lágrimas, zarandeos, enfrentamientos a cara de perro, todos los ingredientes de una tragicomedia antigua, más propia de una corrala que de la sede moderna de un partido político.

EL ETERNO Y AGÓNICO COMITÉ FEDERAL

Las posiciones enfrentadas eran conocidas: los críticos, agrupados en torno a Susana Díaz, han exigido el reconocimiento de que la dimisión de parte de la ejecutiva suponía la desautorización del órgano y la destitución del secretario general, por lo que se imponía la formación de una gestora que conduzca al partido hacia un congreso a medio plazo.

Los oficialistas, en torno de Pedro Sánchez, han interpretado que las normas reglamentarias disponen que cuando la ejecutiva se queda sin quórum ha de convocar un comité federal que estatutariamente está obligado a convocar un congreso extraordinario.

Cuando la confrontación inflamada ya ha concluido, tiene ya una importancia relativa quién tiene razón en el pleito estatutario, aunque parece que es el oficialismo el que apostaba por la vía adecuada (hay en Internet varios análisis de expertos de prestigio en eta dirección; véase por ejemplo http://hayderecho.com/2016/09/29/pedro-sanchez-sigue-siendo-secretario-general-del-psoe/ ). Lo que trasciende es el espectáculo denigrante de unos representantes políticos, muchos de los cuales perciben salarios públicos, que son incapaces de organizar su propio papel institucional y, a los ojos de todos, se desangran unos a otros mientras dilapidan un caudal de votos del que tan sólo depositarios.

© Proporcionado por Bolsamanía

EL DESENLACE DE LA GOBERNABILIDAD

Por ello mismo, el desenlace, del que depende la gobernabilidad –ahora sí que es escandaloso que por esta causa sigamos padeciendo la inestabilidad y el desgobierno-, tiene que administrarse con cuidado, y haciendo pedagogía. Porque si pareciese que ha sido necesario un golpe de mano para restaurar la gobernabilidad, nuestro sistema político saldría debilitado. Sea como sea, todo indica que el largo periodo de inestabilidad está próximo a concluir. Ahora sólo resta que el nuevo gobierno haga los cambios oportunos en las normas para que sea más fácil formar gobierno. El modelo vasco de investidura, en que los parlamentarios tienen que votar sí o abstenerse pero no pueden votar no, podría ser la fórmula inteligente.

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