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Análisis | Escenarios tras la derrota de Pedro Sánchez

Bolsamanía Bolsamanía 05/03/2016 Antonio Papell
© Proporcionado por Bolsamanía

El socialismo ha podido experimentar en propia carne la verdadera entidad de Podemos, la formación de Pablo Manuel Iglesias, un histrión que cada día recuerda más las gesticulaciones de Beppe Grillo, que confunde el Parlamento con un teatro de barrio, que pasa de la risa al llanto en un suspiro y que a todas luces está mucho más interesado por la imagen que por el contenido intelectual de los mensajes.

Pedro Sánchez ya puso prudentemente pie en pared cuando Pablo Manuel Iglesias, eufórico y desaforado, desgranó en público tras visitar al Rey sus exigencias para colaborar con el PSOE en un hipotético futuro gobierno, que pasaban por obtener la primera vicepresidencia, con el CNI, el CIS y el Boletín Oficial del Estado, y varios ministerios. Exigencias basadas en la desconfianza explícita que manifestó hacia su socio, al que por lo tanto deseaba tener estrechamente controlado para que no se desmandara. Aquella humillación flagrante al PSOE, que Sánchez digirió con dificultad, constituía un mal presagio pero, además, demostraba la catadura personal, política y moral de Iglesias.

La alianza del PSOE con Podemos y sus confluencias y con IU-Unidad Popular representaba un total de 161 diputados, insuficientes para conseguir la investidura si no se aseguraba la abstención o el voto favorable de las organizaciones soberanistas, algo que el PSOE no puede lógicamente aceptar (de haberlo pretendido, Sánchez se hubiera encontrado en todo caso con la oposición frontal de sus barones). Por ello, el candidato socialista optó por pactar con Ciudadanos, una formación centrista y moderada con la que los socialistas han encontrado fácil encaje, junto a ciertas lógicas discrepancias no insalvables. Sánchez y Rivera prensaban, seguramente, que si lograban el acuerdo no se produciría la “pinza”, que sin embargo ha funcionado con rigor y puntualidad, como en los tiempos de Aznar y Anguita.

En cualquier caso, ese pacto transversal ha sido muy valioso y demuestra la madura nivelación ideológica que existe entre las corrientes intelectuales predominantes de nuestro país, dispuestas por supuesto a mantenerlo en el núcleo duro de la Zona Euro.

En su vejatoria negativa a votar afirmativamente la investidura de Sánchez, Podemos, que ha consagrado así la continuidad de Rajoy en funciones, no ha tenido en cuenta que el PSOE le ha entregado todas las alcaldías en que la nueva formación podía arrebatar la hegemonía al Partido Popular. A día de hoy, Podemos cuenta con el apoyo del PSOE en Barcelona, Madrid, Zaragoza, Coruña, Santiago, Valencia… No tendría mucho sentido que el PSOE no se replanteara esta colaboración, que lo desacredita cada vez que alguno de los alcaldes comete una estridencia descalificante.

LAS OPCIONES DE FUTURO

El abanico del futuro está abierto y la solución provendrá tanto de factores objetivos cuanto subjetivos. De entrada, puede afirmarse que la opción más probable es que la ingobernabilidad se termine dirimiendo otra vez en las urnas. Vemos el porqué.

El pacto ente el ciclotímico Pablo Manuel Iglesias y el PSOE parece muy difícil a estas alturas porque, aunque el de Podemos reste importancia a los insultos y descalificaciones por él emitidos atribuyéndolos a lo fragoroso del debate, los socialistas no pueden ni quieren relativizar el ninguneo, ni la gravísima falta de respeto a Felipe González, ni el tono hiriente y mordaz del verborreico líder hacia quien después de todo hubiera podido ser un aliado. Pero además, Sánchez no pasará por el mal trago de depender de las formaciones soberanistas en su investidura, como quiere Iglesias. Y, obviamente, el PSOE no va a firmar un programa común que incluya los referéndums periféricos, ni un incremento del gasto público de 96.000 millones de euros en cuatro años, ni que ponga en cuestión la separación de poderes.

Por otro lado, resulta también impensable que este Partido Popular, en su estructura y con su liderazgo actuales, pueda entrar en una fórmula tripartita junto a Ciudadanos y al PSOE. No se entendería que los socialistas acabaran pactando con la fuerza que más ha sido demonizada por ellos a causa de la corrupción y de la gestión de la crisis, ni siquiera si cambiase hipotéticamente el liderazgo socialista, algo que parece hoy por hoy francamente improbable porque el candidato fallido a la investidura se ha asentado incuestionablemente en su papel y se ha ganado la confianza de sus propias bases.

Zarzuela ya ha manifestado que el jefe del Estado sólo abrirá otra ronda de encuentros si un candidato le asegura que cuenta con apoyos para la investidura. Hoy por hoy, ese candidato no existe, por lo que podría abrirse un incómodo impasse que el propio Rey –se susurra también en el entorno regio- podría recortar en varias semanas para no tener que aguardar los dos meses que prevé la Constitución como plazo máximo antes de la convocatoria de nuevas elecciones (en este caso, se buscaría el contraste de constitucionalidad en una consulta al Tribunal Constitucional).

Unas nuevas elecciones son, por definición, una incógnita, pero empiezan a prodigarse la voces autorizadas de sociólogos políticos y otros especialistas demoscópicos que presagian un varapalo a Podemos por su insolvencia en los programas –veleidades de esta índole llevaron a Grecia al corralito, que todavía continúa-, su gran frivolidad en los planteamientos ideológicos, su radicalismo en las amistades –la consideración de Otegi como ‘preso político ha indignado a muchos- y el tono chulesco y faltón con que ha irrumpido Pablo Manuel Iglesias en un parlamento que ostenta la dignidad de ser la residencia de la soberanía popular.

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