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Análisis | Podemos ni siquiera concede a Barberá un "minuto de gracia" en el Congreso

Bolsamanía Bolsamanía 24/11/2016 Antonio Papell

La democracia parlamentaria al estilo occidental se basa en un serie de criterios éticos, uno de los cuales es la existencia de límites a la enemistad política entre quienes aceptan las reglas del juego. Quiere decirse que entre los partidos que aceptan el marco democrático como sistema de resolución de conflictos, existe rivalidad pero no detestación ni odio. Como en el deporte, el adversario debe ser vencido en buena lid, pero ni se le pretende eliminar ni siquiera excluir de la competición. Sólo los totalitarismos buscan el exterminio del antagonista, la destrucción irremisible del enemigo.

Viene esto a cuento de la reacción que ha generado la muerte súbita de Rita Barberá de un infarto. Los designios de la vida y de la muerte son inefables, pero no es disparatado relacionar esta muerte con la zozobra de quien ha sufrido una despiadada campaña de descrédito, con razón o sin ella. Pero esta no es del todo la cuestión: lo grave es que, una vez conocida la muerte, se haya volcado tanto odio contra una persona a la que sólo se había acusado formalmente, y no de forma definitiva, de haber blanqueado 1.000 euros, y no en provecho propio sino en beneficio de su partido.

“Podemos” no ha querido respetar ni siquiera el escaso minuto oficial de silencio que el Congreso de los Diputados ha guardado para manifestar un momento efímero de luto, para expresar un simple rictus de dolor por el óbito. Iglesias está tan inmaculado, al parecer, que no ha querido rendir ni siquiera este ínfimo homenaje político a quien, después de todo, sirvió a la comunidad durante décadas. En el momento supremo de la muerte empieza la historia, pero hay un instante en que lo que cuenta es el sentimiento puramente humano, la piedad, el perdón.

© Proporcionado por Bolsamanía

Ni siquiera este minuto de gracia han concedido las gentes de Podemos a un personaje del viejo régimen que, antes de representar el pasado, se simbolizaba a sí mismo, como todo el mundo, con la carnalidad de lo mortal que a todos nos abarca. Es, en definitiva, difícil de entender este gesto duro de quien, al observar esa hora de la verdad que a todos nos aterra, no concede ni el más mínimo espacio al sentimiento humanitario. Algunos, tan cargados de dudas, nunca nos sumaríamos a una causa política que tiene tan rígidas convicciones y se escuda en tan sobrecogedoras seguridades.

A la vista de esta fiereza de una fuerza política, no es de extrañar que en las redes sociales se hayan vertido innumerables barbaridades para hollar la memoria de la ciudadana Barberá. De aquellos polvos, estos lodos. Resulta inquietante de todos modos que haya vasos comunicantes entre la reacción inclemente de un partido y la canallada diarreica de Twitter, por donde ha discurrido un galerna de atrocidad de proporciones incalificables. Mal se puede construir la épica de un país sobre unos cimientos tan degradados y repulsivos.

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