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Análisis | Un acto de locura

Bolsamanía Bolsamanía 24/07/2016 Antonio Papell

Las primeras impresiones divulgadas por la seguridad del Estado alemán en relación al asesinato múltiple de este viernes sugieren que el autor de la matanza era un desequilibrado, un germano-iraní de apenas 18 años que acumulaba información sobre ataques y atentados masivos y que se encontraba en tratamiento psiquiátrico.

En este sentido, la masacre se parece más a los crímenes múltiples que suceden con recurrente pertinacia en los Estados Unidos que a los atentados islamistas de raíces ideológicas. Lo cual tiene, para la sociedad circundante, ventajas e inconvenientes, motivos de satisfacción y de preocupación al mismo tiempo.

NO SON HECHOS AISLADOS

© Proporcionado por Bolsamanía

Si bien los alemanes de Múnich pueden congratularse de que no tengan en su seno (al menos que se sepa) a islamistas radicales dispuestos a practicar la sharia, lo cierto es que no existen vacunas contra los locos de atar que se desahogan provocando una gran catástrofe. En última instancia, el crimen cometido por el alunado nativo en la ciudad de Múnich está implícito en el riesgo vago y general que todos afrontamos por el simple hecho de salir a la calle: siempre se puede derrumbar sobre nosotros un edificio, o nos pueden atropellar... o podemos ser víctimas del furor de un loco.

Pero no estaría bien ni sería sensato que nos refugiáramos en el fatalismo: estas expansiones homicidas como la de Munich el viernes pasado, o la de Orlando en junio contra un bar de homosexuales que costó 49 vidas, o como la de la isla de Utoya en Noruega en julio de 2011 que se saldó con la muerte de 69 jóvenes no son hechos completamente aislados sino el resultado de una malformación social que engendra monstruos.

El establecimiento de las relaciones causa-efecto en el caso de los homicidios masivos es un asunto arduo y complejo que no cabe por supuesto en el escueto ámbito de estas líneas, pero que nadie dude que hay una relación entre la violencia ciega y la inadaptación social, la no integración de las minorías, la falta de expectativas y de horizontes de los jóvenes, la convicción racional de muchos adolescentes de que no encontrarán fácilmente un acomodo en al vida. No todos los inadaptados se volverán locos ni cometerán asesinatos múltiples, pero tampoco podremos alegar que hechos como el de Múnich son totalmente fortuitos y provienen de la pura espontaneidad.

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