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Análisis | USA: el mundo da un salto en el vacío

Bolsamanía Bolsamanía 09/11/2016 Antonio Papell
© Proporcionado por Bolsamanía

Un sector de opinión ha insistido machaconamente durante la larga campaña electoral norteamericana en que una victoria de Trump no tendría los efectos devastadores que a primera vista, y a la luz de sus discursos radicales, pudiera parecer.

La mayor parte de sus anuncios más extremos, desde la expulsión de todos los inmigrantes ilegales a la construcción de un muro en la frontera con México, pasando por el abandono del principio de socorro mutuo en la Alianza Atlántica, nunca se llevaría a cabo porque el sistema político americano está muy institucionalizado, mantiene muchas inercias y los sólidos contrapesos internos frenarían en la práctica cualquier estridencia. A pesar de que la acumulación de poder es en esta ocasión exorbitante: las dos cámaras parlamentarias y la presidencia de la nación son ya republicanas.

Sin duda, esta tesis tranquilizadora es cierta y se equivocarían quienes pensasen que nos abocamos a un cataclismo inminente, pero el efecto perverso de la victoria de Trump sobre la política global, sobre la estabilidad de Europa, no se debe tanto a la hipotética aplicación de sus propuestas concretas en el escenario doméstico, ni a la puesta en práctica de su política exterior introspectiva y proteccionista, sino que se desprenderá del hecho ya irreversible de haber situado a un personaje populista, misógino, racista y xenófobo al frente de la primera potencia mundial, del país que el siglo pasado redimió dos veces a Occidente de sí mismo, y cuya democracia guía como un faro, aun en las épocas de relativa decadencia, a todos los regímenes parlamentarios occidentales, salvo el británico que le antecedió.

Vivimos tiempos convulsos en sentidos muy diversos, que avanzan hacia una imparable globalización, que sin embargo no acaba de establecerse del todo ni de ser aceptada por amplios sectores sociales por los problemas que plantea en términos de inequidad y de falta de solidaridad. Las clases medias trabajadoras occidentales están irritadas con los tiempos nuevos porque la globalización provoca deslocalizaciones brutales, al tiempo que la automatización destruye puestos de trabajo. En ambos casos, los problemas surgen no tanto por el cambio que esos conceptos promueven cuanto porque se hacen mal las cosas: las fronteras comerciales no pueden abatirse si antes no se ha combatido el dumping social; y la automatización no debe imponerse si con anterioridad no se ha establecido un salario básico de subsistencia que garantice a todos, trabajadores o no, una vida digna, una subsistencia creativa, una integración real en la sociedad.

Pero hasta hoy, muchos pensábamos que era posible abordar esa irritación de las grandes mayorías dentro del sistema establecido. Y ahora, después del ‘brexit', la elección de Trump confirma que las muchedumbres occidentales ya han optado, y lo han hecho aceptando el salto en el vacío propuesto por lo populismos de UKIP –con su ‘brexit—, por Donald Trump, por el Frente Nacional francés o por la Alternativa para Alemania. Es sintomático que una de las primeras felicitaciones calurosas y vehementes que ha recibido Trump cuando ni siquiera se había confirmado su victoria haya sido la de Marine Le Pen, del Frente Nacional francés. Y también lo es que el primer ministro húngaro, Viktor Orban, partidario de cerrar la UE a la inmigración y radicalmente opuesto a las posiciones humanitarias de Bruselas, haya apoyado en solitario a Trump desde el primer momento en el seno de la UE.

Es triste reconocer la evidencia, pero Trump, que es un producto genuinamente americano pero que está intelectualmente familiarizado con esas corrientes europeas disolventes, enemigas de los códigos de derechos humanos que cifran nuestro modelo de civilización, ha ganado porque la sociedad americana ha transigido con la propuesta de devaluar sus códigos morales, con la renuncia al mestizaje que está en la génesis del ‘american way of life' basado en la tolerancia la libertad y el respeto. Es una ironía del destino que, después de dos mandatos de Obama, el primer presidente negro, con sus grandes avances en materia de integración y de cohesión social, llegue al poder quien está decididamente dispuesto a laminar su legado. Y es patético que lo haga con la aquiescencia del pueblo que se benefició de la experiencia. Tampoco se entiende que los trabajadores blancos e indignados, que son la cantera principal del apoyo a Trump según los sociólogos, hayan preferido el ultraliberalismo del candidato republicano a las fórmulas más sociales de Clinton, quien, entre otras propuestas, prometía una subida relevante del salario mínimo por hora.

Por último, una consideración nada trivial: se ha frustrado la posibilidad de que la presidenta de los Estados Unidos fuera esta vez una mujer, un dato que no es irrelevante porque como es bien conocido los 44 presidentes anteriores han sido varones. Pero dicho esto, hay que poner de manifiesto, en honor a la verdad, que sería hipócrita plantear las elecciones que acaban de celebrarse como una pugna entre ángeles y demonios. Clinton es una política vulgar, que representa como nadie los tics burocratizados de la política de Washington, sin el ingenio y sin la capacidad de liderazgo y el encanto de un Obama, pongamos por caso. De cualquier modo, y aunque ese gran país norteamericano sobrevivirá perfectamente a este inesperado shock, sigue siendo inquietante que el nuevo inquilino de la Casa Blanca sea un personaje caracterizado por el populismo, la chabacanería, el menosprecio a los derechos humanos, la ignorancia del cambio climático y la negativa a aceptar el básico principio de la ayuda mutua en la Alianza Atlántica, que es la coraza de seguridad que protege nuestras libertades.

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