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España es vulnerable: la deuda externa amenaza el futuro de la economía

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 10/01/2017 Óscar Giménez

La economía española está en una senda de recuperación que, por ahora, no se ha traducido en reducir su principal vulnerabilidad. Ni siquiera con el benigno entorno de tipos de interés bajos ni con la capacidad de financiación generada en los últimos años. El saldo de deuda externa permanece cerca del 90% del PIB, lo que implica riesgos ante posibles shocks futuros en los mercados financieros.

“La deuda pública ha aumentado y se mira mucho, pero la clave está en el endeudamiento exterior -incluyendo tanto deuda pública como privada-”, explica un alto cargo del sector financiero a 'Bolsamanía'. En concreto, la deuda pública ronda el 100% del PIB, mientras que el Tesoro tiene como objetivo la emisión neta -diferencia entre los fondos captados en nuevas emisiones y los fondos necesarios para amortizar los valores emitidos anteriormente- de 35.0000 millones de euros adicionales en 2017. Pero los expertos insisten en la necesidad de ir más allá de la deuda pública y ponen el acento en la dependencia exterior en la financiación tanto del Estado como de los emisores privados.

La preocupación del ejecutivo financiero la comparte el Banco de España (BdE), que alerta de ello en el boletín económico de diciembre. En él, estima que la deuda externa bruta -incluye únicamente los pasivos que general obligaciones de pago, en torno al 75% del total en el caso español- se incrementó en tres puntos porcentuales en relación al PIB entre diciembre de 2015 y junio de 2016, hasta alcanzar el 171,4% del PIB. Es decir, cerca de 1,9 billones de euros.

No obstante, el BdE incide en la posición de inversión internacional (PII) neta -la tenencia de no residentes de activos emitidos por instituciones españolas en comparación con la tenencia de residentes de activos emitidos por instituciones extranjeras- de la economía española, que se incrementó en 2.400 millones de euros durante la primera mitad de 2016, aunque se redujo levemente en relación al PIB por el mayor crecimiento de esta variable. Así, la posición financiera internacional neta, que incluye tanto al Estado como a los agentes privados, se situó en el 88,5% del PIB. El indicador es la diferencia entre el activo y el pasivo de un país en relación con el exterior, de tal manera que si el saldo es negativo como ocurre en el caso de España se habla de deuda exterior.

“Es uno de los principales problemas de la economía española, ya que su deuda externa neta es de las más altas de los países desarrollados, sólo superada por los países europeos rescatados -Irlanda con un 208%, Grecia con un 133%, Chipre con un 129% y Portugal con un 109%-”, señala Joaquín Maudos, profesor de la Universidad de Valencia e investigador del Ivie. “Refleja la falta de competitividad de la economía que durante años tuvo fuertes déficits en balanza por cuenta corriente”, añade.

España es una economía que históricamente ha tenido un saldo deudor en su relación financiera con el exterior. La deuda externa neta superó los 100.000 millones en 1996 y desde entonces se multiplicó por ocho hasta alcanzar los 859.883 millones a finales de 2007, lo que exhibe los desequilibrios de la economía española en la época de crecimiento precedente a la crisis. Entre 2008 y 2009, subió hasta superar el billón de euros. Desde entonces se ha moderado, pero sin alejarse de este umbral. En el tercer trimestre de 2016, según los últimos datos publicados por el Banco de España que aún son provisionales, alcanzó los 980.000 millones.

El organismo gobernado por Luis María Linde repite varias veces en el documento que el “todavía elevado” nivel de la posición deudora neta de la economía española frente al resto del mundo es un “elemento de vulnerabilidad”. El BdE insiste: “Las cuantiosas necesidades de refinanciación que dicha posición genera exponen a esta economía a eventuales vaivenes en los mercados internacionales”. Es decir, la tenencia de deuda española, pública y corporativa, por parte de inversores internacionales, en general institucionales, aumenta el impacto potencial en los títulos emitidos por instituciones españolas de los shocks en el mercado de renta fija, lo que en última instancia afecta a la economía. Esto ya ocurrió en 2012, cuando la prima de riesgo -diferencial entre el bono a 10 años alemán y el español- superó los 600 puntos en medio de las turbulencias del mercado y las dudas sobre la economía española, frente al entorno de 120 puntos en el que ha iniciado 2017.

El BdE recomienda continuar la senda actual de reducción de la deuda externa neta, para lo que aconseja obtener superávits externos de manera recurrente y “preservar en las ganancias competitivas que los hacen posibles”. El organismo no da un nivel a partir del cual se disipa la volatilidad. Algo que, en todo caso, es difícil de establecer, aunque la Comisión Europea habla de desequilibrio macroeconómico a partir del 35% del PIB. En este sentido, Maudos argumenta: “La buena noticia es que está cayendo porque la economía está creciendo con superávit externo. Pero necesitamos muchos años de superávit para reducir la posición actual del 88,5% hasta el 35% que determina la Comisión Europea”.

Esta mejoría se produce con cinco años consecutivos, entre 2012 y 2016, de superávit por cuenta corriente, algo sin precedentes para la economía española. Es decir, a falta de que se publique el dato del último año, España ha desterrado su tradicional recurso al ahorro externo y ha generado una mayor capacidad de financiación de 767 millones en 2012, 22.933 millones en 2013, 16.386 millones en 2014 y 23.053 millones en 2015, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE). El pasado año, en los tres primeros trimestres el saldo arrojó un superávit por cuenta corriente de 15.600 millones. Estos datos contrastan con la necesidad de financiación previa a 2012, con un déficit que llegó a rozar los 100.000 millones de euros en 2007 y 2008. La cuenta corriente, que refleja la interacción con el resto del mundo, está aliviando la deuda externa acumulada a pesar de las administraciones públicas. Aunque los expertos consideran que se necesitaría una década adicional unida a los últimos cinco años de superávit para compensar el incremento anterior de la vulnerabilidad por la dependencia con el exterior.

MÁS DEUDA A LARGO PLAZO

En el desglose del saldo deudor de la economía española el BdE matiza que tres de cada cuatro euros de la deuda externa son instrumentos de largo plazo, “que normalmente conllevan menores riesgos de refinanciación”.

En cuanto al tipo de instrumentos, destaca la inversión en cartera de los no residentes, con un 52,3% del PIB al terminar la primera mitad de 2016. En este sentido, las tenencias de los extranjeros de activos emitidos por bancos y empresas españoles “volvieron a reducirse, lo que está en línea con el proceso de desendeudamiento en el que están inmersos", explica el Banco de España. Por el contrario, “las tenencias de deuda pública por parte de los no residentes aumentaron, si bien el incremento fue más moderado que en años anteriores, en un contexto en el que, en el mercado de su programa de compra de activos, el Eurosistema -el BdE hace referencia al Banco Central Europeo (BCE)- continuó adquiriendo este tipo de títulos”.

© Proporcionado por Bolsamanía

FRENO DEL CRECIMIENTO

La deuda externa no sólo implica la vulnerabilidad de una economía, sino que reduce el crecimiento potencial. Los intereses que tienen que pagar los emisores, instituciones privadas o públicas, salen del país, con lo que suponen un elemento de resta en la balanza de pagos y es dinero que no se transforma en consumo, ahorro o inversión en la economía.

“Cuando el Estado, o una empresa, paga intereses de deuda a un inversor local, el dinero no sale del país y la balanza de pagos no se mueve. Es un coste para el emisor que se traduce en inversión o consumo. Pero si la mayor parte de la deuda es externa, eres vulnerable y se reduce el crecimiento, ya que ese dinero se paga o se reinvierte en otros países”, resume José Ramón Pin, profesor del IESE, que advierte de una subida de los tipos de interés con el retorno de la inflación. Es decir, la vulnerabilidad aumentará sin un retroceso del saldo neto de deuda exterior.

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