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Europa sin el Reino Unido

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 05/06/2017 Antonio Papell
© Proporcionado por Bolsamanía

El Reino Unido celebra esta semana unas elecciones que marcarán la senda del ‘brexit'. Parece que finalmente Theresa May no logrará la holgada mayoría absoluta que pretendía, aunque todo indica que se confirmará su victoria, en un modelo que vuelve a caminar hacia el bipartidismo, si se consuma la prevista recuperación del labour.

Pero mientras el Reino Unido avanza hacia su emancipación, con serias dudas sobre la procedencia de una medida tan drástica, el Reino Unido actúa reactivamente y avanza hacia una mayor integración. De hecho, han desaparecido los obstáculos sistemáticos que Londres oponía al proceso de federalización de Europa, por lo que, en cierto sentido, los europeístas debemos estar satisfechos de la salida de los británicos. Las premoniciones del general De Gaulle se han acabado cumpliendo.

A veces conviene recordar que la Unión Europea surgió tras el horror de la Segunda Guerra Mundial como el gran antídoto que debía lograr, mediante la integración de todos los beligerantes europeos, la desactivación de los nacionalismos que habían conducido por dos veces al mundo a una gran conflagración. Vencedores y vencidos, los aliados y la derrotada Alemania, intentaron con rara unanimidad aquella gesta —Churchill, por ejemplo, ya propuso en 1946 “los Estados Unidos de Europa”— en medio de un singular debate entre federalistas y funcionalistas, entre Altiero Spinelli y Jean Monnet. Aquel debate concluyó con los Tratados de París y Roma y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado. Los términos de la opción siguen siendo hoy los mismos: Federación o Comunidad; Estado Federal o Unión de Estados.

Desde la firma del Tratado del Carbón y del Acero (CECA) en 1950 por los seis socios fundadores (Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos), Europa ha evolucionado, se ha ampliado y ha alcanzado un grado de integración muy notorio a pesar del fracaso de la Comunidad Europea de Defensa en 1954, abortada contra pronóstico por la Asamblea Francesa y que supuso un frenazo a la unión política. El Tratado de Roma en 1957 –acaban de celebrarse los 60 años— afirmaba en su preámbulo que los estados signatarios estaban "determinados a establecer los fundamentos de una unión sin fisuras más estrecha entre los países europeos". Así quedaba claramente afirmado el objetivo político de integración progresiva entre los diversos países miembros. En la práctica, lo que se creó básicamente fue una unión aduanera — el "Mercado Común"— y la Política Agraria Común, que ha consumido hasta ahora la mayor parte del exiguo presupuesto comunitario (y cuyo fin consiste en evitar el equilibrio entre lo rural y lo urbano y mantener por tanto la tradicional estructura social europea). Se trataba, en definitiva, de iniciar un proceso en el que la progresiva integración económica fuera allanando el camino al objetivo final de la unión política, que quedaba planteada como un objetivo a largo plazo.

Aquella Unión Política ha sido desesperantemente lenta, como hemos podido comprobar al afrontar la gran crisis que apenas ahora, una década después, empezamos a remontar. Y en general, puede decirse que Europa no alcanzó, como pretendía, el estatus de gran potencia, en parte por falta de ambición, en parte también porque en materia de política exterior vivió cómodamente bajo la tutela y el amparo de los Estados Unidos, que, después de haber liberado al Viejo Continente de la horda nazi, lo siguió protegiendo de otros totalitarismos durante la interminable guerra fría. La última ampliación a 28, que supuso el ingreso de democracias muy jóvenes recién emancipadas del yugo soviético, terminó de diluir los contenidos políticos de la UE… hasta que los últimos acontecimientos en el mundo anglosajón la han sacado de su letargo. Primero fue el ‘brexit' y después la llegada de Trump, y ambos sucesos han generado como un resurgimiento del europeísmo, como una recuperación de la amortiguada identidad y de la vocación europeas, desvaída en una mediocridad que ahora ha saltado por los aires.

Las reacciones al viaje de Trump a Europa —al G-7, a Bruselas, a la OTAN— son bien expresivas. La pacífica canciller de Alemania ha hecho afirmaciones tremendas al observar la indolencia del sucesor de Obama, sin interés por pactar nada con Europa y dispuesto a romper el orden nuevo –el tratado de París- que todos estábamos buscando. Para Merkel, la presidencia de este sujeto atrabiliario constituye “el fracaso de los Estados Unidos como una gran nación” ya que “antepone sus intereses nacionales al orden internacional”. El socialdemócrata Gabriel, ministro alemán de Exteriores y miembro del SPD, ha añadido que “las políticas cortas de miras del Gobierno estadounidense son contrarias a los intereses de la Unión Europea”… “Occidente es ahora más pequeño o al menos más débil”. Y Merkel, ha añadido: “somos y seguiremos siendo defensores de las relaciones trasatlánticas pero los europeos debemos tomar nuestro destino en nuestras manos”. Gracias a Trump, Europa se ha reencontrado a sí misma y ha marcado, parece, un potente destino común.

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