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La enemistad Sánchez-Rajoy

Bolsamanía Bolsamanía 14/02/2016 Antonio Papell

La entrevista de ayer entre el candidato a la investidura, Pedro Sánchez, y el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, fue un disparate, de esos que devalúan la política a los ojos de una ciudadanía que ya está suficientemente irritada para que sus líderes la sometan a nuevas ceremonias de confusión.

© Proporcionado por Bolsamanía

En diversos medios institucionales y políticos existía el temor de que el encuentro entre ambos líderes, que se habían insultado mutuamente en el único debate preelectoral que mantuvieron, acabara en una querella escandalosa, y hay constancia de que se produjo más de una mediación de alto nivel para evitarlo. Finalmente, a punto estuvo de terminar mal la ceremonia, tras el supuesto desaire inicial de Rajoy a Sánchez al negarle en apariencia el apretón de manos (después se supo, por boca de Sánchez, que no había sido para tanto). En todo caso, el encuentro estuvo fuera de lugar, ya que no hacía falta celebrarlo si lo que se quería era tan sólo tranquilizar a todos sobre la vigencia de los grandes pactos de Estado.

Una vez celebradas las elecciones, la urgencia consiste en formar una mayoría de gobierno con los mimbres que han depositado sobre la mesa los electores. Rajoy desistió de hacerlo, y luego se enfurruñó absurdamente porque el jefe del Estado, como era natural, decidió tras su segunda negativa encomendar la tarea al líder del segundo partido.Sánchez no ha considerado pedir al PP el apoyo ni siquiera la abstención en su intento de alcanzar una mayoría de gobierno, por lo que carece de sentido el encuentro con el representante popular. Porque la búsqueda de una mayoría no es como la ronda de consultas del Rey, que sí requiere hablar con todos.

En cualquier caso, es exigible que los líderes políticos de las formaciones vertebrales mantengan una relación fluida, con independencia de sus filias y fobias personales, por la sencilla razón de que determinados consensos permanentes están en sus manos y es su obligación mantenerlos siempre y explicitarlos llegado el caso.

La hostilidad que hemos visto constituye además un contrasentido en las formaciones que, como el PSOE, proponían grandes pactos de legislatura e incluso una reforma constitucional. Los socialistas saben que no será posible modernizar la Carta Magna sin el concurso del PP. Primero, porque no sería democrático; y después, porque los populares tienen mayoría absoluta en el Senado. En estas condiciones, cultivar la enemistad política no aporta nada a la vida pública: ofrece un mal espectáculo a la comunidad internacional, presagia un largo periodo de inestabilidad y cierra el paso a un cambio político profundo que podía haber sido la consecuencia más valiosa de este singular proceso de transformaciones que estamos viviendo.

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