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Pedro Sánchez tiene las de ganar

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 05/05/2017 Antonio Papell

El 24 de abril de 1998, el entonces secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, y el exministro socialista José Borrell disputaron en primarias la candidatura a la presidencia del Gobierno en las elecciones que se celebrarían en el 2000. Almunia, que en junio de 1997 había sucedido a Felipe González al frente del PSOE, prácticamente por designación del expresidente del Gobierno que había perdido frente a Aznar las elecciones de 1996, tenía el pleno apoyo del aparato de Ferraz y de la inmensa mayoría de las federaciones territoriales, y por supuesto el del propio González, lo que le proporcionó muchos más avales que los que consiguió Borrell. Y sin embargo, las bases, molestas por la atonía del partido, incómodas con aquel personaje gris y anodino que era Almunia, cansadas de su propia falta de protagonismo, se rebelaron contra el dictado y dieron a Borrell una victoria clara: logró 114.254 votos (el 54,99%), y Almunia cosechó 92.860 (el 44,67%). El total de las papeletas escrutadas fue de 207.774 (el 54,18% del censo). Hubo 507 en blanco y 207 nulas.

¿Qué había pasado para que la victoria en avales no se correspondiera con una victoria en votos? Pues muy sencillo: que los avales son personales y nominativos y el voto es secreto. Entre la militancia de los partidos hay muchas personas que ocupan cargos públicos institucionales o cargos internos de partido, y en muchos casos los afiliados son aspirantes a desempeñar alguna tarea de responsabilidad; ello explica que no quieran enemistarse con quienes tienen el poder real, con el aparato, aunque estén disconformes con él. Y en este caso, avalan al candidato ‘oficial' pero votan a su rival.

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La traslación de aquellas primarias al presente es una obviedad que no requiere explicación: Susana Díaz inspiró el golpe de mano que descabalgó a Sánchez y auspició la actual gestora, tiene poder institucional en Andalucía, controla el aparato de su comunidad y posee el apoyo de la mayoría de los gobiernos y aparatos territoriales de su formación. Es difícil y poco pragmático enfrentarse a ella si se tienen aspiraciones políticas… a menos que se tenga la certeza de que va a perder.

Lo ajustado del número de avales entre Díaz y Sánchez, teniendo Díaz como queda dicho toda la fuerza de un aparato manifiestamente hostil a Sánchez (tan hostil que le defenestró), demuestra que al rechazo que suscita Díaz entre las bases es mayor que lo que se creía.

En resumidas, cuentas, la victoria de Díaz es pírrica porque muy probablemente se transformará en derrota cuando los electores den rienda suelta a su libre albedrío. Algún medio ha manifestado que al haber quedado Díaz en primer lugar, podría ser de aplicación la "teoría de marketing electoral y político del caballo ganador", basada en la llamada "teoría de la espiral del silencio" de la politóloga alemana Noelle-Neumann, que estima que la mayoría de electores vota por aquellos candidatos que dan la sensación de que serán los ganadores, para así sentir que pertenecen a un grupo poderoso e influyente. En este caso, lo ajustado de los resultados obrará muy probablemente el efecto contrario: los militantes indecisos, conscientes de que una parte importante del apoyo a Díaz se quedará por el camino, acabarán decantándose por quien ha dado sorprendentemente pruebas de su gran fortaleza, de su sintonía con las bases, cuyas inclinaciones ha interpretado mejor que nadie.

Naturalmente, este es un pronóstico basado en razonamientos teóricos, que podrían frustrarse por cualquier incidente. Y si las encuestas, que se basan en trabajos de campo, fallan a veces, con mayor razón pueden fallar las especulaciones intelectuales. Después de todo, si ya supiéramos el resultado de las elecciones, sería absurdo celebrarlas.

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