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...Y las 'subprime' apagaron la música: HSBC y New Century anunciaron la crisis al mundo hace 10 años

Logotipo de Bolsamanía Bolsamanía 08/02/2017 Pedro Calvo

El destino quiso ser caprichoso. Concentró en una única fecha, la del 8 de febrero de 2007, dos síntomas evidentes de que la fiesta inmobiliaria y financiera se había acabado en Estados Unidos. Dos sociedades, la hipotecaria New Century y el banco HSBC, reconocieron que un tipo de hipotecas, las denominadas 'subprime', estaban haciendo un agujero en sus cuentas. Fue el origen de todo. Porque el problema no se ciñó a EEUU. Ni se limitó a las 'hiptecas basura'. La peor crisis en 80 años estaba en marcha. Y 10 años después bien que se sigue notando.

Ese 8 de febrero de hace 10 años, HSBC se vio obligado a realizar el primer ajuste sobre la previsión de beneficios ('profit warning') de su historia. ¿El motivo? La entidad británica tuvo que realizar unas provisiones de 10.600 millones de dólares, muy por encima de las previstas, para cubrir el repunte de la morosidad que estaba sufriendo su negocio hipotecario en EEUU en el segmento de peor calidad, el de las denominadas hipotecas 'subprime' o de alto riesgo -también traducidas como hipotecas basura-. Ese día, los títulos del banco cayeron un 2%.

Mucho peor -tanto como 18 veces peor- le fueron las cosas a la estadounidense New Century. En la noche del 7 de febrero, con el mercado ya cerrado, la compañía hipotecaria anunció que debía rehacer sus cuentas para reflejar el auténtico impacto que estaban sufriendo por el empeoramiento de ese mismo segmento, el 'subprime'. El 8 de febrero, New Century, que en ese momento era la segunda mayor compañía de préstamos hipotecarios de alto riesgo en EEUU, se hundió un 36% en bolsa.

Así, en un mismo día, casi a la misma hora, el mundo presenció el comienzo del fin. El inicio del desmoronamiento del festival crediticio e inmobiliario vivido durante la década anterior. Tuvo su epicentro ahí, en EEUU, en su mercado hipotecario, y más en concreto en su segmento 'subprime'. En un comienzo, parecía un mal acotado. Al fin y al cabo, aunque se habían duplicado desde comienzos del siglo XXI, las hipotecas basura sólo representaban el 12,5% del mercado hipotecario norteamericano.

Falsa impresión. Como previno -y, sobre todo, como profetizó- el economista Raghuram Rajan en el simposio de banqueros centrales celebrado en Jackson Hole de 2005, "las economías podrían estar más expuestas que en el pasado a las crisis inducidas por el sector financiero". O dicho de otro modo: lejos de disipar o limitar los riesgos, el desarrollo financiero los había diseminado por el mundo. Los hechos le dieron la razón. Y empezaron a hacerlo desde aquel 8 de febrero.

DIEZ AÑOS DESPUÉS...

Tras el monumental estruendo provocado por todo lo que ocurrió luego, con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 como el acontecimiento que otorgó a la crisis una dimensión histórica, con los rescates multimillonarios de los bancos en varias de las principales potencias del planeta, con los problemas de deuda de los países del euro, con los tipos de interés en el 0% -o incluso por debajo- durante años y con los billones de euros inyectados por los bancos centrales para mantener en pie el sistema financiero y tratar de obturar la peor crisis económica mundial desde la Gran Depresión, aquellos episodios de febrero de 2007 apenas son unos susurros. Pero por algo se empieza. Y a esta crisis, bautizada primero como 'Crisis subprime' precisamente porque detonó a partir de estas hipotecas y luego ya como Gran Recesión para reflejar claramente que era la peor desde la Gran Depresión, se le comenzó a ver con aquellas escaramuzas de hace 10 años.

Una década después, el mundo sigue curando las profundas heridas de la crisis. Porque tanto sus consecuencias como mucha de la medicina aplicada para intentar superarlas -principalmente, la recetada por los bancos centrales- continúan vigentes. El mundo, que en la década previa la crisis crecía por encima del 4%, ahora lo hace a tasas del 3%. En especial, esta nueva normalidad, que ha dado lugar a que se hable de 'Estancamiento secular' o 'Nueva mediocridad', se siente entre los países desarrollados, que han dejado atrás tasas de crecimiento próximas al 3% para hacerlo al 2% o menos.

En algún terreno, eso sí, ya ha dado tiempo a curarlo todo. Como en Wall Street. El Dow Jones, en marzo de 2009 se hundió hasta los 8.000 puntos, su nivel más bajo desde mediados de los 90, no sólo ha vuelto a los 16.000 puntos en los que se movía antes de que se desatara lo peor de la crisis, sino que en 2017 ha traspasado la barrera de los 20.000 puntos por primera vez en su centenaria historia.Además, el menor crecimiento, la lenta mejoría del empleo o la desigualdad de la recuperación han generado un profundo malestar social que, en los últimos tiempos, se ha reflejado en la política y los resultados electorales. El triunfo del Brexit en el referéndum británico de junio de 2016 o la victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos de noviembre de 2016 son, sin duda, las mayores expresiones de esta nueva realidad.

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Lo que no se ha solucionado es el problema de la deuda. Porque ahora hay más que antes de la crisis. De hecho, el mundo nunca había acumulado tanta. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), la economía mundial está sentada sobre una 'bomba' de deuda de 152 billones de dólares. Por eso aconsejaba manejarla con cuidado.

Porque fue el castillo de naipes de la deuda, el crédito y el dinero abundante el que empezó a desmoronarse hace 10 años. Vamos, lo de costumbre en las crisis financieras. "Cuando la música pare, en términos de liquidez, las cosas serán complicadas. Mientras la música sigue sonando, tienes que levantarte y bailar. Todavía estamos bailando", declaró el entonces presidente de Citi, Charles Prince, a 'Financial Times' para acuñar la que sin duda fue la frase que describió mejor los excesos y la inercia que mandaron en las finanzas mundiales antes de 2007. Acertó. La música dejó de sonar. Y en el silencio sólo se oyó a la crisis. De hecho, diez años después aún se le escucha. Aunque la música... ha vuelto a sonar.

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