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[58FICX] Si os gustáis, pos liaros: 'Les choses qu’on dit, les choses qu’on fait'

Logotipo de Cinemanía Cinemanía 21/11/2020 redaccion@20minutos.es (Daniel de Partearroyo)
© Proporcionado por Cinemanía

En el ciclo Comedias y proverbios, compuesto por siete películas realizadas a lo largo de la década de los ochenta, Éric Rohmer abordó con su inteligencia y rigurosa sencillez las relaciones humanas, con los vaivenes del amor y el deseo que articulan el grueso de su obra cinematográfica, desde un prisma particularmente juguetón y luminoso. Por muy perdidos que se sintieran sus protagonistas, siempre sufriendo por amor, el director de El rayo verde nunca dejaba que la amargura se instalara definitivamente en sus atribulados corazones.

Emmanuel Mouret lleva dándole vueltas a cuestiones similares mediante una filmografía consagrada a la fluctuación amorosa y las leyes naturales del azar que se confabulan para gestar sentimientos. Su décimo largometraje, Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait, se presenta como un compendio de grandes dimensiones de todos aquellos flechazos, caprichos o equívocos que podrían dar pie a varias comedias románticas y aquí se superponen, entrelazan y retroalimentan durante más de dos horas de metraje liviano, como la confesión amorosa de un desconocido.

De hecho, así empiezan las cosas en Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait. Con el encuentro entre Camélia Jordana –la arrobada protagonista de Una razón brillante (Yvan Attal, 2017)– y el dolaniano Niels Schneider, el primo de su pareja, a quien interpreta Vincent Macaigne –tu lamentable mejor amigo en cualquier película francesa de la última década–. Son el tridente principal de un reparto coral por el que también desfilan Émilie Dequenne (Rosetta, claro) Louis-Do de Lencquesaing (Le père de mes enfants) y la flamígera Jenna Thiam (L'indomptée).

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El caso es que los recién conocidos deben esperar al tercero juntos en la casa rural donde van a pasar los próximos días. Lo que no tendría por qué haber llevado a nada pero una conexión especial surge entre ambos. Hay que decir que ayuda el hecho de que, nada más conocerse, se confiesen sus mayores descalabros sentimentales recientes –siempre con gente emparejada de por medio– con todo lujo de detalles.

Porque, en la línea de la mejor tradición del cine galo de la palabra, los personajes de Mouret hablan. Hablan mucho. Se explican, justifican y analizan, tanto sus sentimientos como sus actos; incluso cuando la ética de los mismos entra en el difuso terreno de lo complicado. Al fin y al cabo, eso es lo que hacemos las personas: parlotear sin descanso mientras nos encapricharnos y aburrirnos los unos de los otros. Pero claro, como recuerda el título de la película: Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait. Es decir, que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.

En las permutaciones e intercambios de pareja que surgen entre la media docena de personajes principales de la película existe material suficiente para dar consistencia a varias comedias románticas, pero Mouret adopta la misma velocidad febril de los sentimientos de su personajes. Propone, prueba y desecha. Los bailes sentimentales se suceden sin descanso (algunas parejas parece que solo se crean para tener la oportunidad de desintegrarse más adelante), formando una estimulante red narrativa de matrioskas adúlteras.

Como si El manuscrito encontrado en Zaragoza fuera una buena plantilla para llevar la cuenta de tu vida sentimental, la película de Mouret entrelaza deseos, atracciones, líneas narrativas e incluso la ficción de una relación ideal pero fingida. Porque todo el mundo sabe que la mejor historia de amor nunca es la que se está viviendo en el momento, siempre es la que se idealiza como la siguiente.

A competición en el Festival de Gijón con el sello de Cannes 2020 estampado en el lomo, con su elocuencia verbal y puesta en escena reposada, Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait viene a refrendar el pragmatismo inapelable de aquella pintada voluntariosa que proclamaba: "Si os gustáis, pos liaros".

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