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Chino Darín: su momento dulce, su tortura interna y el ejemplo de su abuela

Logotipo de Icon Icon 08/11/2018 Fernando Neira
Chino Darín confiesa que no quería ser actor. Pero ahora ya no tiene un plan B. En la imagen posa en exclusiva para ICON con jersey de cuello cisne Blauer y pantalón con pinzas Hermès. © Gianfranco Tripodo /Cristina Malcorra Chino Darín confiesa que no quería ser actor. Pero ahora ya no tiene un plan B. En la imagen posa en exclusiva para ICON con jersey de cuello cisne Blauer y pantalón con pinzas Hermès.

La cámara no siempre engaña. Cara a cara, Ricardo Mario Darín Bas resulta ser un hombre todavía más guapo de lo que ya sospecharíamos por la pantalla. Influyen esos ojos algo rasgados por los que papá Ricardo Darín le atribuyó el afortunado apodo que ha terminado erigiéndose en marca y emblema: Chino. Tiene la sonrisa fácil y capacidad de seducción: Chino sabe resultar cercano tanto como artista como a ras de suelo. Lo mismo en el off the record que con la grabadora en marcha. “Mi encanto quizá tenga que ver con que procuro ser atento. Y cuando lo logro, siento que soy empático”, enuncia.

A sus 29 años (nació en Buenos Aires en 1989) atesora tantos puntos a favor que inspira vértigo, cuando no algo parecido a la envidia. Responsable de una efervescente filmografía propia que transita ya por su decimocuarto título, hijo del actor más imponente en la escena hispanoamericana, novio canónico para la era Instagram de Úrsula Corberó, una de las intérpretes más brillantes, célebres y deseadas de su generación. ¿Alguien da más?

Chino es un torbellino, aunque suene a rima barata de rap. Acostumbra a ejercer como su crítico más feroz, el único que nunca le quita ojo a sus demonios más profundos. Ahí donde le ven, la nueva deidad argentina tras Messi y el papa Francisco se destapa algo más humana que estos. “¿Miedos?”, repite tras escuchar la pregunta y sumergirse en un silencio de duración insólita para alguien de su país. “A veces los miedos confabulan para que marchen bien las cosas, pero yo siento miedo a la burbuja. A lo efímero. Sin necesidad de ser un neurótico, claro que me torturo internamente. Es la tortura de nuestra propia endeblez”.

Darín, que viste chaqueta y pantalón Dsquared2 y jersey y camisa Façonnable, asegura que su poder de seducción viene de ser atento. Sí, claro. © Proporcionado por Icon Darín, que viste chaqueta y pantalón Dsquared2 y jersey y camisa Façonnable, asegura que su poder de seducción viene de ser atento. Sí, claro.

Él no iba para actor. Le atraía la tradición médica de una rama de la familia, podría haber ejercido como monitor de esquí, se matriculó en un curso de dirección audiovisual… Pero papá le consiguió un puesto, extenuante y mal pagado, para el meritoriaje de producción en El secreto de sus ojos, y unas cosas fueron llevando a las otras. Con todo, le horroriza que le consideren ya un artista “consolidado”, por mucho que este año lo contemplen cuatro estrenos. “Ese adjetivo me produce mucha vergüenza”, objeta. “Por ahora, solo puedo decir que he dejado de buscar un plan B en mi vida porque en estos momentos el cine me sirve como medio de subsistencia. Como refugio y tormento a la vez”.

Darín junior adora a su progenitor de la misma forma que se derretía con su abuela paterna, Roxana, auténtica matriarca de la dinastía. La mujer, de 87 años, dijo adiós apenas cinco días antes de esta entrevista y Chino decidió honrar su memoria subiendo una imagen a Instagram en la que se la ve apurando un cigarrillo, digamos, aparentemente enriquecido. “Ah, ¿sí?”, exclama con una mueca de guasa. “En cualquier caso, ella fue una revolucionaria, una vanguardista. Repetía que nunca le decía que no a nada, salvo al agua. Hacía topless en vacaciones y se dejó fotografiar en pelota picada en un velero. Encarnaba todo lo que una familia religiosa o tradicional veía con malos ojos. Ella sí que fue una auténtica Bombita”.

Alude Chino al memorable personaje que su padre interpreta en el cuarto episodio de Relatos salvajes, lo que nos obliga a preguntarnos sobre la dificultad de emprender una carrera en una disciplina donde tu predecesor ha acreditado un nivel superlativo. “Solo puedo decir que he desarrollado mi trayectoria cinematográfica de manera más temprana que él, pero eso no significa ser mejor actor”, concede. “Hubiese vivido con la misma intensidad cualquier otra dedicación, pero en ninguna como esta tendría tanta conciencia de estar labrándome mi propio camino”.

Por suerte, el hijo no ha tenido que afrontar ningún papel semejante a los de su viejo, lo que palía la tentación de las comparaciones. Esta circunstancia pudo haber cambiado dos años atrás, cuando Chino recibió en Argentina una oferta para protagonizar Sugar, comedia musical con la que su padre triunfó de joven. Y la rechazó.

Tampoco es que papá fuera un virtuoso de los musicales, pero a la hora de bailar yo soy pésimo”, se excusa. ¿De veras? “Sí. Y cantando, más nefasto aún. Todo proviene de mis prejuicios hacia mi propia voz”. Y llega la confesión: “Mi voz es sincera en exceso, aporta demasiado de mí. No puedo disfrazarla ni revestirla. Me escucho en las entrevistas y me siento expuesto, crudo. Desnudo”.

El actor argentino, que viste camisa de cuello alto y jersey Hermès, posa cual prócer de la patria argentina. Un Belgrano de pasarela. © Proporcionado por Icon El actor argentino, que viste camisa de cuello alto y jersey Hermès, posa cual prócer de la patria argentina. Un Belgrano de pasarela.

La voz fue precisamente su mayor quebradero de cabeza en Durante la tormenta, que protagoniza junto a Adriana Ugarte y donde le veremos (se estrena el 30 de noviembre) expresándose por vez primera sin deje porteño en la piel del inspector Leyva. “Me tocó doblar algunas secuencias y me inspira pudor, porque no me reconozco”. Todo el pudor que no sintió en El ángel, que se acaba de estrenar y que en Argentina supera de lejos el millón de espectadores. Su papel de compinche del querúbico Robledo Puch, el mayor asesino en serie de la historia en Argentina, está llamado a colarse en la memoria colectiva por dos secuencias: en una aparición televisiva donde baila con pantalones de campana, y en un tórrido encuentro con un rico coleccionista. “¿Que si hay algún doble? No, lo rodé todo yo”, advierte con cierta picardía.

¿Cómo encaja Chino Darín saberse también deseado por una parte del público masculino? “¡Me divierte! Y me causan gracia los comentarios”, avisa. “Gran parte de la sexualidad, da igual si hetero u homosexual, tiene que ver con el juego. Y a mí me gusta prestarme a ese juego de la seducción. En el amor vanaglorias la sinceridad, mostrarte tal cual eres, pero siempre conviene revestir todo eso con algo de chispa”. Darín llegaba aprendido a El ángel, porque su primer papel protagónico, el de Muerte en Buenos Aires (2014), fue el de un policía gay. “Vivimos momentos de escozor. Había escenas con Demián Bichir que se repetían y se repetían; las barbas raspan y, claro, luego había que andar retocando el maquillaje”.

Teniendo en cuenta la aceptación clamorosa del filme y que su producción corresponde a El Deseo, no parece descabellado pensar en Chino como un venidero chico Almodóvar. Él aparenta casi sorpresa al respecto. “Me cuesta aceptar esa teoría de proyectar al universo. A mi exnovia [Carla Rivero] le funcionaba. Ella acabó haciendo cine con mi padre [Tesis sobre un homicidio] tras anotar en una libreta de diez en diez veces: ‘Voy a trabajar con Ricardo Darín, voy a trabajar con Ricardo Darín…’. En cambio, yo solo consigo los trabajos para los que he llegado a sentir que no serviría”.

Cuando Chino Darín se embala, su voz parece argentinizarse más. “Mis mejores resultados los he obtenido utilizando el recurso inverso. Y ello es aplicable para la profesión y para la sexualidad”. ¿También con Úrsula? “Ciento por ciento. Ella estaba demasiado acostumbrada a que proyecten sobre su figura. Yo la pillé con la guardia baja”. Bien jugado, Chino, bien jugado.

Asistente de fotografía: Juan Francisco Gómez. Asistente de estilismo: Paula Garlina. Maquillaje: Piti Pastor.


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