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Lo que no se ve de ‘Operación Triunfo’

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 13/01/2018 Lluís Pellicer
Centro de control de 'Operación Triunfo'. © Gianluca Battista Centro de control de 'Operación Triunfo'.

Alrededor de las 12.45 Pol Chamorro cruza la puerta y sube casi a brincos las escaleras. Apenas un par de minutos después, aparece en los monitores de la sala de realización. Empieza la clase de baile, y justo entonces bajan los Javis. En un momento revolucionan el office, a escasos metros de esa habitación. A pesar de la tranquilidad del lugar, el reloj siempre corre. Y parece que más rápido que fuera del edificio. Para los chavales, tal vez sea la directora de la Academia Noemí Galera quien mande. Pero en la primera planta, donde 150 personas trabajan mirando hacia la planta en la que residen los concursantes, la voz cantante la lleva el timing fijado. Más aún cuando Operación Triunfo (OT) ya no se debe solo a los horarios de la televisión, sino también a los tiempos que exigen todas las redes sociales y plataformas en las que se ofrece el producto. “Ya solo quedan 25 días. Los tengo contados”, suspira Galera gesticulando con los dedos.

Jordi Rosell, productor ejecutivo de Gestmusic, es quien mejor encarna esa batalla constante contra el tiempo. En apenas dos meses, la productora tuvo que convertir un edificio que la crisis había dejado sin acabar y sin uso alguno en la Academia del reality musical de La 1. “Esto era un armazón vacío, sin nada. No había ni desagües. Solo el suelo de cemento y las paredes”, explica. El edificio está en un pequeño polígono dedicado a la industria audiovisual de las afueras de Terrassa. Un entorno bucólico, en pleno parque natural de Sant Llorenç del Munt i l'Obac, si no fuera porque ese complejo en su día fue un sanatorio del que hoy perviven historias y leyendas sobre sucesos paranormales. Antes que OT, el equipo de Cuarto Milenio de Iker Jiménez ya estuvo allí. Pero durante la visita a esa suerte de trastienda de la Academia solo se oye el ruido de alguien de producción peleándose con una máquina de vending que se niega a escupir una bolsa de patatas. Nada paranormal.

La planta en la que se cuece el producto de OT es una sucesión de puertas, algunas incluso bautizadas con los grandes hitos del concurso. “Sala Mi música es tu voz”, reza un cartel. "Producción de milagros", se lee en otra. Tras ellas, siempre hay alguien observando una o varias pantallas. En la de producción, la primera con la que uno se topa, todos tienen puesta la vista en el ordenador mientras en los monitores los concursantes Agoney, Aitana y Miriam parecen concentrarse en los movimientos que les marca Pol. Al fondo, en un despacho, departen Noemí Galera y el director musical Manu Guix. El departamento de producción, explica Rosell, se encarga de solucionar cualquier problema que haya en el piso de arriba. Pero, al margen de los profesores, nadie habla directamente con los chavales. El enlace entre las dos plantas es la recepción de la vivienda de arriba. “Hay tres personas por turno y son los interlocutores con los concursantes. Son quienes comunican si los chicos necesitan algo o si hay un problema de pilas o micrófonos”, cuenta Rosell.

Al lado, repartidos en otras salas, están los redactores del programa diario, de la gala y los responsables de las redes sociales. Una de las encargadas de las cuentas de Twitter e Instagram de los concursantes repasa ahora los videos que ha dejado Alfred para subir a Instagram. En el circuito cerrado en el que trabajan, el concursante ha guardado unas imágenes que ha acompañado con las indicaciones sobre qué debe hacer con ellas y a quién debe enlazarlas. El uso de las redes es, sin duda, la apuesta de este año. Los productores ya no esperan a que los espectadores pulsen el botón 1 de su mando a distancia cada lunes. “Ahora vamos allí donde está el usuario”, dice Rosell. Y el espectador ya no está pegado a la pantalla del televisor. Se mueve en Twitter, en Instagram o en YouTube. “Queremos llegar a los millennials. Y para hacerlo hemos buscado los canales y los formatos adecuados de consumo masivo”, cuenta Lluís Alsina, jefe digital de Gestmusic.

Redacción de 'Operación Triunfo'. © Proporcionado por EL PAIS Redacción de 'Operación Triunfo'. Redacción de 'Operación Triunfo'.Gianluca Battista

El programa ha rebasado con creces sus objetivos en ese terreno. En el área digital de Gestmusic, cuenta Alsina, se proponían ser trending topic en España en las galas. “Hemos conseguido serlo a diario desde octubre”, añade. Al acabar el concurso, cada participante recibe su perfil y la contraseña. “Se lleva una cuenta con más de 150.000 seguidores que van a estar ahí”, recuerda Alsina. Y eso que no todos los chavales tienen la misma querencia por las redes. Amaia solo ha colgado dos videos, mientras que Ricky ha sido el concursante más productivo. Y a pesar de ello, Amaia es la concursante con más seguidores en las redes.

Salto digital

El uso de las redes y plataformas sociales ha supuesto un salto adelante para OT. Pero no es el único cambio que pone de manifiesto la nueva era del programa. Xavier Mir, el jefe de realización de la Academia, recuerda que en la última edición, hace seis años, trabajaban todavía con cintas. “Teníamos cintas y cintas almacenadas. Ahora va todo a un disco duro”, recuerda. La sala que comanda es el corazón de la primera planta del edificio. Desde allí cuatro grupos en los que trabajan una docena de personas por turno va controlando todo cuanto hacen los concursantes. Los programas y los redactores les dicen cuáles son los focos: la grabación de Ana Guerra, un ensayo de Miriam o lo que puedan estar haciendo en el comedor. Tienen 44 cámaras robotizadas y otras siete con operadores a su servicio, lo que les permite disponer de varios ángulos del mismo espacio. Cada vez que presiona un botón, en el monitor aparece un escenario visto desde varios puntos: el salón, el estudio de grabación, la sala de estar, la terraza... Todas esas imágenes pasan luego a otros equipos que las editan y preparan para los espacios diarios o los que se emiten programa del lunes. “Lo grabamos todo desde que se despiertan hasta que se van a dormir. Nos interesa sobre todo su actividad en relación a la música, pero hay otros momentos de los que estamos muy atentos porque muestran su evolución durante su estancia en la Academia”, asegura Mir.

En teoría, a las once de la noche deberían estar durmiendo y la actividad debería acabar. “Peeero nunca se duermen a las once, ya tú sabes…”, bromea Noemí Galera, quien de reojo mira cómo los chicos se sientan a comer a la hora y recuerda que ella todavía no ha tenido tiempo de hacerlo. Tiene todo el planning en la cabeza: se levantan a las 8.30 –“les cuesta, pero se despiertan”, apostilla—, desayunan, van a educación física, toman clases teóricas, luego de baile, comen, ensayan toda la tarde y cenan. Y a la cama otra vez. “El horario del equipo de profesores es exactamente el mismo que el de ellos, pero sin hacer las clases, preparándolo todo de lunes a domingo. Es bastante sacrificado, la verdad”, dice sin perder el sentido del humor.

La sala de realizacion de 'Operación Triunfo'. © Proporcionado por EL PAIS La sala de realizacion de 'Operación Triunfo'. La sala de realizacion de 'Operación Triunfo'.Gianluca Battista

La noche en la que se emite la gala, los lunes, Galera duerme en una habitación contigua al office. El reloj sigue en marcha y el martes por la mañana es clave. “Al terminar la gala ya tenemos un repertorio previo para la siguiente”, cuenta Rosell. “Pero todo cambia en función del expulsado y los nominados, que eligen canción. Y eso condiciona el resto de los temas para que no haya demasiada balada o para que tengamos un equilibrio entre canciones en inglés y castellano”, prosigue. A las dos y media de la mañana, cuando termina el chat en directo, todas las canciones de la siguiente gala deben estar claras. “Al día siguiente hay que tomar los tonos, encargar los playbacks y grabar el viernes para que el lunes las canciones ya se puedan descargar”, añade.

Toda esa rebotica queda cubierta por una cortina y persianas el viernes por la tarde. Ese día, los concursantes bajan al primer piso para hacer las pruebas de maquillaje y de vestuario y grabar las canciones en el estudio. No pueden ver a nadie ajeno a los profesores y al enlace de recepción. Los trabajadores, de hecho, ni tan solo hablan cerca de la puerta del edificio, puesto que está justo debajo de la terraza donde salen a tomar el aire los concursantes –una gran ventaja respecto a la anterior Academia de Sant Just Desvern, coinciden todos—. “Los chicos no tienen contacto con nadie, solo con unas cuantas personas con las que pueden hablar. Lo hacemos para que no les llegue información sesgada que les pueda afectar en su estado anímico. Pero ellos ya saben a quién pueden dirigirse y a quién no”, dice Rosell.

Eso no significa que sean completamente inocentes respecto a lo que pasa fuera de esa isla de las afueras de Terrassa. Han salido en pocas ocasiones, para correr por el parque natural o para ir a votar en las elecciones catalanas (quienes tenían derecho a hacerlo). Pero fue cuando regresaron a casa a pasar la Nochebuena el momento en que se percataron de que “lo están petando”, en palabras de Galera. “Son conscientes de lo que pasa fuera desde que se marcharon a casa en Navidad. Volvieron algo trastocados, pero hemos conseguido que se hayan ido olvidando de esa repercusión y que se concentren y vuelvan a la rutina”, agrega.

Van a necesitar esa concentración y mucha más. Quedan poco más de 20 días, pero lo que viene es, añade Galera, de “traca matraca”. Entre otras, están a punto de llegar las galas para elegir la canción y el representante para ir a Lisboa en mayo para representar a España en el Festival de Eurovisión y la gran final. Después de eso, la Academia, ese espacio que ha logrado compaginar el frenesí del tiempo con la tranquilidad de tenerlo todo pautado, volverá a cerrar. Luego vendrán los conciertos multitudinarios como el del Sant Jordi y la continuación de la carrera musical de unos y otros. No se van con las manos vacíos. Se llevan la experiencia de actuar ante millones de personas, lo aprendido en las clases y los seguidores que se han ganado en cada actuación. “Y a nosotros nos van a tener siempre al lado”, remacha Galera.

Noemí Galera ha vivido todas las ediciones de OT. Desde la primera, esa en la que Rosa López se ganó el título de Rosa de España con su voz y candidez, David Bustamante no dejaba de lllorar y David Bisbal y Chenoa inmortalizaron un Escondidos que sigue dando que hablar. Ha sido directora de cásting, jurado y en esta ocasión se ha puesto al frente de la Academia. Es la edición, dice, que ha vivido “más intensamente”, porque pasa allí todo el día. “Todos pensábamos que este formato no se iba a volver a hacer. Haberlo recuperado y que la gente lo acepte nos encanta, porque creemos mucho en él. Son muchas horas, pero luego lo echaremos de menos”, asegura.

OT ha cambiado mucho respecto a la primera edición. Pero sus concursantes, en cambio, son los más parecidos en años a los que llegaron a ese nuevo programa de 2001 que nadie sabía si iba a tener éxito. A Galera esta edición también le recuerda mucho a la primera. Por la “Inocencia y la naturalidad de los chicos”. “Son conscientes de dónde están, pero no vieron la primera edición de OT y no tienen como referencia otras ediciones”, explica. Cuando empezó todo, en 2001, ellos apenas eran críos de tres o cuatro años. “Están siendo ellos mismos y eso ha enganchado al espectador de nuevo”.

Como sucediera también entonces, muchos temen la salida. Ellos mismos se refieren a la Academia en muchas ocasiones a “la burbuja”. “Algunos tienen miedo a salir porque saben que aquí siempre tienen alguien al lado. Les da vértigo encontrarse fuera y pensar: qué va a pasar ahora. Y es lógico: llevan dos mes y medio encerrados”, prosigue Galera. Ella intenta que sigan con los pies en el suelo. Les recuerda que todo cuanto están viviendo tal vez no les vuelve a suceder. Y que si son famosos, es porque salen en la televisión. Y el medio es cruel: cualquiera puede ser el más conocido y de un día a otro caer en el olvido. Es su forma de sacarlos de la burbuja, aunque confía en ellos. “Son muy jóvenes, pero con la cabeza muy bien amueblada. Están formados, por ejemplo, casi todos tocaban un instrumento. Espero que no se les vaya la pinza del todo”, añade. Porque, concluye, la música tiene muchos caminos. Y no todos pasan por estar encima de un escenario o ser una gran estrella.

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