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Cuando Sofía tomó café con Pat mientras su marido dibujaba una nueva España a Nixon

Vanitatis Vanitatis 26/01/2016 Fermín J. Urbiola

Lo habían planeado juntos, como todo lo que hacían en aquellos años, y desempeñaron fielmente su papel. La princesa Sofía, en un muy discreto segundo plano. El príncipe Juan Carlos, que ya había sido nombrado sucesor de Franco, ante el foco de todas las cámaras.

Este martes se cumple 45 años de aquel 26 de enero de 1971 en el que los príncipes de España llegaban en un helicóptero de la Infantería de Marina de Annapolis, que habían visitado el día anterior, a las inmediaciones de la Casa Blanca, donde fueron recibidos por el matrimonio Nixon.

El entonces príncipe Juan Carlos junto a Richard Nixon (EFE) © Proporcionado por Vanitatis El entonces príncipe Juan Carlos junto a Richard Nixon (EFE)

Así comenzaba la segunda jornada del viaje de los príncipes a Estados Unidos, que ha pasado a la historia como el primer y más importante espaldarazo de la primera potencia del mundo a los futuros reyes de España. Y, por lo tanto, a la decidida apuesta estadounidense por la apertura política –la democracia– en la España posfranquista.

Fue una visita de Estado, por decisión de la administración Nixon. Y como tal, después del protocolo inicial, ambos se entrevistaron a puerta cerrada en el despacho oval, con la única presencia de los respectivos embajadores, Robert Hill y Jaime Argüelles. Durante la hora y cuarto que duró el encuentro, la princesa Sofía permaneció en el salón Azul de la Casa Blanca, junto a la señora Nixon (Pat Ryan) y los periodistas acreditados.

Posteriormente, los dos matrimonios aparecieron ante los fotógrafos, en el balcón del pórtico sur de la Casa Blanca. La princesa Sofía –junto a la señora Nixon, en el centro–, compareció sonriente, con un sobrio abrigo oscuro y un ramo de flores en el brazo izquierdo.

Doña Sofía acompañó a su esposo en todos los actos celebrados durante los seis días que duró su estancia en Estados Unidos. Pero no hizo ni una sola declaración. No fue noticia en ningún momento. Ni su madre, la reina Federica, ni probablemente su sucesora, la reina Letizia, lo hubieran hecho mejor en las mismas circunstancias.

Objetivo: separarse del régimen

El mes de diciembre de 1970 había sido especialmente turbulento en España. Y en particular, para el príncipe Juan Carlos.

El Rey Juan Carlos junto a Richard Nixon (EFE) © Proporcionado por Vanitatis El Rey Juan Carlos junto a Richard Nixon (EFE)

Tras los juicios de Burgos contra 16 etarras, que provocaron numerosas manifestaciones contra las que había cargado violentamente la policía, las cinco condenas a muerte indignaron a la prensa internacional. Cancillerías de todo el mundo miraban a España con preocupación. Cientos de personalidades enviaron notas pidiendo el indulto para los condenados.

El régimen, siguiendo el patrón de su propia inercia, organizó una manifestación del apoyo a Franco en la madrileña plaza de Oriente, donde miles de fieles aclamaron al general frente a las críticas del “libertinaje democrático” internacional.

El problema para el príncipe Juan Carlos, el heredero, es que compareció inmediatamente detrás de Franco –y su esposa– en el balcón del Palacio Real. Aunque los halagos y las adhesiones no iban para él, a los ojos de todo el mundo aparecía junto al dictador que tenía sobre la mesa las cinco condenas a muerte… Es verdad que al final, Franco –enfermo y con síntomas de una progresiva ausencia de la realidad– anunció el indulto en su discurso de fin de año y la conmutación de la pena capital por la cadena perpetua.

Pero, para los príncipes, este lamentable episodio suponía un paso atrás en su discurso renovador y aperturista, nada conocido en España, aunque sí en las principales cancillerías europeas.

Y con ese fin precisamente, para distanciarse del régimen y ganar credibilidad, los príncipes habían aceptado la invitación de Nixon –que recibieron verbalmente del presidente americano durante su reciente visita a España– y organizaron el viaje oficial de mayor trascendencia para su futuro.

La administración Nixon temía por sus intereses (las bases norteamericanas) en una España posfranquista extremadamente inestable, en la que no descartaba una posible revolución de las fuerzas de izquierda, cuya capacidad de movilización había quedado patente durante las protestas por los juicios de Burgos.

La recomendación de Nixon

Nixon estaba obligado a defender sus bases militares, tan importantes estratégicamente para el control del Mediterráneo. Y por ello, también estaba obligado a respaldar a quien podría ser la clave de la estabilidad de España después de Franco y la llave de una transición pacífica hacia un sistema más aperturista.

Por eso, aquella mañana del martes 26 de enero de 1971, cuando el príncipe Juan Carlos se sentó ante Nixon en el despacho oval, confirmó sus sospechas sobre lo que significaba alojarse en la Blair House, frente al ala oeste de la Casa Blanca, la residencia reservada para las visitas de Estado. Estados Unidos quería expresar públicamente, a los ojos de todo el mundo, su apoyo a Don Juan Carlos y Doña Sofía como futuros reyes de la España posfranquista.

Los reyes eméritos de España durante su visita al matrimonio Nixon en Estados Unidos (EFE) © Proporcionado por Vanitatis Los reyes eméritos de España durante su visita al matrimonio Nixon en Estados Unidos (EFE)

Conocido es que Nixon recomendó a su invitado prudencia, paciencia, pequeños cambios y muy lentos… Los jóvenes herederos eran su apuesta, sus mejores aliados, los garantes de la estabilidad en una España “proamericana”.

Y conocido es, también, que los príncipes hicieron todo lo contrario durante su amplio periplo americano: anunciar su compromiso con la transición hacia una España democrática, equiparable a cualquiera de las democracias occidentales del momento.

Estrategia del doble discurso

Franco entendió, a su manera, el papel que había hecho el príncipe Juan Carlos en su periplo americano. Interpretó el espíritu democrático de su probable sucesor como parte del doble y oscuro discurso que él mismo utilizaba en sus relaciones con los mandatarios de otros países. Por eso, a su regreso a Madrid, le dijo: “Hay cosas que se pueden decir fuera y no ocurre nada; en cambio, aquí no se pueden decir, porque sí que pasan… No sería apropiado decir aquí lo que se dice fuera. Y, a veces, lo que se dice aquí mejor sería que no se supiese fuera”.

Por supuesto, las crónicas de los medios americanos, que sí tuvieron eco en Europa, no se difundieron en los medios españoles.

Fermín J. Urbiola © Proporcionado por Vanitatis Fermín J. Urbiola

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

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