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El duro trance de Adriana Abenia: así ha superado un tumor

Vanitatis Vanitatis 18/04/2016 M. Bolonio

A Adriana Abenia cuesta imaginársela sin su sonrisa. La presentadora siempre ha hecho del optimismo su modo de vida, es de esas que dice que hacia atrás ni para tomar impulso y de las que responde con una simpática carcajada a esas preguntas que a otros les ofenden. Sin embargo, la rubia más feliz del panorama televisivo también llora y, según ella misma acaba de confesar, ha atravesado este mes de marzo la que probablemente sea la experiencia más amarga de su vida. En un control médico rutinario le detectaron un tumor en el cuello que derivó en una complicada operación que casi hace trizas sus aspiraciones profesionales. Afortunadamente, todo ha quedado en un susto y para tranquilizar a los suyos ella misma ha descrito lo sucedido en su blog de '20 minutos', donde además ha querido agradecer públicamente los cuidados recibidos durante su convalecencia.

“Muchos habéis intentado contactar conmigo durante semanas, sin éxito, pero hay veces que la vida se vuelve del revés y hay que hacerle frente. En mi caso, he tenido la gran suerte de estar acompañada por la gente que me quiere y que no se ha separado de mí ni un minuto”, empieza la maña en el que es su primer post en el citado diario.

Una vez aclarado el motivo de su 'desaparición', la atractiva comunicadora empieza a explicar el proceso médico en el que ha estado inmersa durante las últimas semanas: “Hasta hace poco tenía la sensación de ser invencible. Pero un intruso, que desde luego no era bienvenido, se alojaba en mi cuello empujando la tráquea. Tras varias ecografías y un PAAF sospechoso –en la que yo creía que era una revisión médica rutinaria–, me vi obligada a cruzar el pasado marzo las puertas del Hospital Gregorio Marañón (Madrid) muy temprano y en tiempo récord. Y es que, para las cosas importantes, sigo confiando en la Sanidad Pública”.

Adriana relata con todo detalle todo lo que recuerda antes de ser anestesiada. Sus sensaciones, sus emociones y cómo tuvo que reprimir el llanto al despedirse de su familia.

Adriana Abenia (Gtres) © Proporcionado por Vanitatis Adriana Abenia (Gtres)

Una vez operada quedaba lo peor del proceso: descubrir una severa afonía que a punto ha estado de retirarla para siempre de la televisión. “Pese a todos los cuidados, cuando al despertar me vi afónica, todas mis ilusiones y mis sueños se desvanecieron de repente. No me importaba la dimensión de la cicatriz e incluso olvidé preguntar si era cáncer; tan sólo deseaba poder volver a reconocerme, reír y desarrollar mi trabajo y mi vida con normalidad. Había perdido mi voz y nadie me aseguraba al 100% que volviera a recuperarla. Me sentía como un futbolista que sufre una lesión grave y duda de si volverá a pisar el césped, completamente desolada. Así que mentí al mundo y disfracé de anginas y afonía pasajera una paresia en la cuerda vocal izquierda, dañada por tracción de uno de los dos nervios recurrentes al sacar el tumor, demasiado grande. Me prohibieron hablar por teléfono y llorar, esto último fue lo más difícil de cumplir”.

Finalmente, gracias a la labor de una logopeda y de unas oraciones hacia un Dios en el que dice ella misma que ni siquiera cree, Adriana recuperó su voz y con ella sus ilusiones y su autoestima. Completamente recuperada, le toca agradecer a los suyos su apoyo y su ayuda en este duro trance. No se olvida de nadie. Ni siquiera de sus suegros: “Al Dr. Enrique Mercader, por el cariño y atención que ha demostrado desde el principio, interesándose por mi estado, casi a diario, hasta que he estado perfecta. A mi madre, por haber dormido conmigo en el hospital, acompañado al baño y cocinado sano y blando durante días. A Sergio, por haberme bañado con dulzura, no soltar mi mano y haber llorado conmigo. A mi abuela, que no entendía por qué no podía hablar conmigo por teléfono y que al hacerlo la semana pasada pude explicarle que no me habría entendido, contestándome ella que “siempre me había entendido muy bien”. A mi padre, por estar a su manera y vigilar que no faltaran historias que reunieran risas. A mi hermana, que se comió la comida que no quise del hospital y me ha frito a whatsapps hasta que ha comprobado que todo estaba en orden. A mis suegros, por preguntar por mí cada día y buscar a una carnicera que pasó por algo similar, hasta averiguar cuándo recuperó ella la voz, mientras yo me arrastraba en la bata que me habían regalado, durante demasiadas horas. Y, por supuesto, gracias a esos amigos que nunca fallan: tenemos mucho que celebrar”. 

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