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El Gran Wyoming: "Si algún día me retiro será por el acoso que sufrimos los famosos"

Vanitatis Vanitatis 17/10/2016 Jose Madrid

Un beso en la frente. Así, como si se tratase de un niño, se despide la directora de 'El Intermedio' de el Gran Wyoming, presente en una larga y amena comida junto a periodistas en la que el mediático presentador de 'El Intermedio' presenta su libro '¡De rodillas Monzón!', un recuento agridulce de su infancia; la de José Miguel Monzón, un niño que creció en un barrio en el que corrían las ovejas, los curas se sobrepasaban con algunos pequeños y el peso de la dictadura hacía que las cosas más tremendas se viesen normales en los ojos de infantes "libres" que aún no estaban sobreprotegidos ni habían cambiado el pantalón corto y el balón por el móvil y la videoconsola. Un mundo lejano que este hombre de verborrea incontrolable y mirada más dulce y empática en las distancias cortas que en televisión, se encargaba de recordar este lunes por la tarde en La Ancha, un restaurante del barrio de la Prospe en el que creció.

Aunque se confiesa poco amigo de la nostalgia,Wyoming desprende, en lo personal, cierto aire de desencanto por una infancia y una juventud, la que retrata en su libro, que son irrepetibles hoy día en un mundo, el nuestro, que viaja a la velocidad del rayo. En este relato, el presentador de 'El Intermedio' tampoco olvida los momentos oscuros de aquellos años, relatados de forma ágil y con multiplicidad de personajes, como si de un guión de Rafael Azcona se tratase, descritos por un hombre que, pese a su certero análisis político y sus habilidades para sacar los colores e incomodar a los que merecen ser incomodados es, en el fondo y como le dirían al Bogart de 'Casablanca', un sentimental.

Pregunta: ¿De dónde ha sacado tiempo para escribir esta especie de memorias de la infancia?

Respuesta: Porque ahora mismo hay trabajando para mí, en 'El intermedio', un equipo de ochenta personas. Y yo soy el que se lleva el mérito, gran parte del presupuesto y los premios. El intentar no trabajar también supone un esfuerzo (risas) Cuando te conviertes en alguien famoso, y más en estos tiempos, porque antes se distinguía entre la buena fama y la mala, te conviertes en un suceso social a celebrar. Yo no paro de hacer cosas y escribir el libro ha sido una de ellas; una opción que la vida le da a pocos. Otra es la de 'te vamos a robar tu tiempo a cambio de una miseria de sueldo'. Entre esos dos extremos yo estoy en el primero. En mi situación, tienes que tener un poco de conciencia para acercarte a eso que llaman la felicidad porque hay gente que a pesar de tener todos esos privilegios es un amargado. Yo intento no serlo.

P: Leyendo el libro uno podría sacar la conclusión de que ya no hay infancias como las de antes. O, al menos, eso parece que quiere decir usted. ¿En qué se diferencian los niños de entonces de los de ahora?

R: Yo pertenezco a un mundo en el que sonaba a canción celestial era que te fueses y tuvieses tu propio espacio, y en ese ámbito en el que solo había niños, éramos felices. Era un mundo completamente distinto. Esto de aquí, por ejemplo (dice refiriéndose a su barrio) era antes un corral de ovejas. Los niños estábamos en una burbuja impermeable y éramos completamente ajenos a los adultos. Esto era bueno. Los de ahora están en permanente contacto con los mayores y tragan mucha mierda. Muchas veces te das cuenta de que no hacen comentarios de niños, sino de adultos. Cuando ya eres mayor, ya nunca más vas a ser un crío, no hay vuelta atrás. 

P: En el libro también habla de la enfermedad psiquiátrica de su madre, ¿cuánto le afectó?

R: Como cualquier ser humano, mi madre pasó una depresión clínica en aquel tiempo en el que ni era diagnosticada. Cuando estudié medicina vi que la depresión estaba tipificada como una enfermedad muy grave. Para un niño pequeño es tremendo, porque no entiendes nada. Y además vivía en un mundo en el que esto estaba muy mal visto.

P: ¿Qué tipo de relación tiene con la nostalgia? ¿Se considera nostálgico por haber escrito este libro?

R: No soy nostálgico porque la época de mis padres fue una mierda. Y la de mis abuelos no te quiero ni contar. Pero hubo un tiempo en el que esa etapa chunga la viví con total inconsciencia. Me gusta matizar lo bueno que había en el pasado porque lo he tenido que hacer muchas veces. A veces cuando hablo de la época de los grandes estudios de Hollywood, por ejemplo, de que ahí había gente importada de Europa como Billy Wilder o grandes de la literatura como Hemingway, me llaman nostálgico. Yo explico que no, que eso no es de mi generación sino de la de mis padres.

Mi generación es otra, pero también sé ver y apreciar ese talento. Ha habido momentos de la historia en los que han pasado cosas importantes. Pasó en los años 60, por ejemplo. En el mundo de la música, en el que yo estaba muy metido, todo era la hostia. Escuchas aquellas canciones ahora y ves que no son una mierda. Los músicos más jóvenes que se ponen canciones de los Rolling, o Jimmy Hendrix, alucinan. Había un tiempo en el que la gente, a nivel de masas, podía ser auténtica, mucho más que ahora. El único que puede hacerlo hoy en día es el que siempre ha tenido poder adquisitivo. Eso nunca cambia.

P: Volviendo al presente, antes me ha hablado de la denuncia de Prisa a El Confidencial por competencia desleal. Me gustaría saber qué piensa alguien como usted de la prensa de hoy

R: La profesión de periodista era mítica. Uno imaginaba a un tío que sabía mucho, que bebía whisky hasta altas horas de la madrugada y daba noticiones, como en las películas. Sin embargo, hubo un CIS hace cinco o seis años, y la profesión de periodista era una de las que peor valoraban los ciudadanos y estaba por debajo hasta de los banqueros. Algo ha pasado entre un oficio mítico y ser la escoria de la sociedad. Si tú sacas una noticia que es verídica y afecta a alguien, pues que cada palo aguante su vela. Un tío no puede ejercer su poder para decir: "Todos los que trabajan en esos periódicos, fuera". 

Portada del libro '¡De rodillas, Monzón!' (Planeta) © Proporcionado por Vanitatis Portada del libro '¡De rodillas, Monzón!' (Planeta)

P: También nos ha hablado a los compañeros del peso de la fama y de lo poco que le gusta que le pidan fotos continuamente, aunque lo acabe haciendo. ¿Cómo lleva ese tema?

R: Todo el mundo que viene al programa se va con la foto hecha. Lo cual es una tortura. Tú te estás muriendo y te queda un minuto de vida, y el que se quiere hacer la foto sigue haciéndola. Hablando en serio, lo cierto es que vivo en un mundo en el que está muy bien estar. Estoy muy contento. Llevo ya grabados mil y pico programas y me divierte hacerlo porque hay adrenalina, tensión y es algo que me mantiene ocupado. Pero desde luego, si me retiro algún día, que ya lo he pensado, será por esta cosa moderna de acoso al famoso. Ahora tienes una herramienta: la foto en el móvil que antes no existía, y eso es un agobio. El famoso ahora es un acosado y el hecho en sí es difícil de asumir. La gente no entiende que se trata de acumulación. Imagina que la foto es un pellizquito en la cara. Si te dan uno, bien, pero si te dan trescientos ya es un dolor inmenso. Pues esto es diario.

P: También conlleva cierto tipo de amenazas cuando se es alguien como usted, que no se calla...

R: Yo me levanto por las mañanas y nunca he pensao que me van a matar, pero estoy amenazado por gente como el señor Fabra, que en dos ocasiones, una de ellas cuando salía de la cárcel, ha declarado que me va a hundir. Y este es un tío que tiene mucho más poder que yo. Yo no soy nadie; luego me voy a mi casa y soy una mierda. No tengo ningún tipo de influencia ni nada parecido. 

P: ¿Tiene miedo de que la audiencia se canse de un programa político por efecto acumulación y prefiera evadirse viendo otro tipo de cosas?

R: Si estás hablando todos los días de corrupción acaba por no ser noticia. El hecho de que se haya dado quiere decir que ya no existe, ya no es noticia. Este programa tiene un sentido, porque empezó con entrevistas a periodistas pero resulta que las secciones que hablaban de política eran las que tenían picos de audiencia tremendos, cuando contábamos lo que no se contaba en otro sitio. Entonces cubrimos un hueco que no existía y tuvimos éxito. Y por suerte, nuestra audiencia aún no se ha cansado de ello. 

P: Si tuviese una máquina del tiempo, ¿qué consejo se daría a sí mismo? ¿o cuál le daría a alguien más joven?

R: Lucha contra aquello que te impongan y sigue los dictados de tu conciencia. Tanto en el campo profesional como en la vida, alguna vez me he comido una hostia. Sin embargo, siempre me ha dolido más el haberme callado que la hostia que me han dado. Es mejor contestar y pagar las consecuencias que tragar. En lo profesional, las veces que he transigido me he arrepentido toda mi vida. Y las veces que me han despedido por no transigir, siempre he dicho: "¡qué bien hice!". Lo que pasa es que no todo el mundo puede elegir. Hay gente a la que humillan y tiene que aceptarlo. Y cada vez se puede elegir menos...

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